Tiempo de Cosecha

Capítulo 2

Desapariciones en el Campo

Laria era una de las cocineras jóvenes que había traído el capataz: una mujer que apenas llevaba una semana en el lugar, y cuya suerte parecía torcida, pues no había dejado de llover desde su llegada.

No era una lluvia suave, sino una de esas que golpean la tierra como si quisieran arrancarle secretos enterrados. Al amanecer, los campos estaban empapados; el aire olía a barro y hojas rotas, y los trabajadores llegaban con los pantalones arremangados y el fastidio pegado a la piel.

Había entablado conversación con Mateo, aunque más que amistad, parecía que él intentaba cortejarla. Sin embargo, al otro día el joven no había llegado.

—Será por la lluvia —dijo Laria cuando Mateo faltó aquel día.

El capataz, Don Eusebio, un hombre de rostro duro y voz áspera, se limitó a encogerse de hombros.

—Si no vino, peor para él —dijo—. Aquí el trabajo no espera a nadie.

Y la jornada siguió.

Pero al día siguiente, volvió a llover.

Otra vez intensa, otra vez interminable. Los truenos sacudieron la noche y el viento se coló por las rendijas de las casas como un susurro inquietante. Nadie durmió bien.

Y al amanecer… faltaba otro.

—Esto ya no es normal —murmuró Rosa, una de las cocineras más antiguas.

Nadie se iba sin cobrar ni dejaba sus cosas atrás.

Las botas de Mateo seguían en el rancho.

Y ahora, también las de Tomás.

Fue entonces cuando alguien habló de ella.

—Mi abuela decía que después de lluvias largas… aparece una mujer —susurró un Laria—. Una mujer que no es de aquí.

Todos se echaron a reir. Don Eusebio golpeó la mesa con el puño al escucharlos.

—Aquí no quiero cuentos o viejas leyendas. El que falte mañana, queda despedido. Y punto.

Pero esa noche.

La lluvia regresó.

Más fuerte.

Más oscura.

Más viva.

Esa noche, Carmen una de las jóvenes que trabajaba limpiando y atendiendo a la esposa del capataz, se despertó a las tres de la madrugada, sin saber por qué.

No fue un sobresalto, sino una sensación incómoda, como si algo invisible la hubiera empujado suavemente fuera del sueño. Abrió los ojos en la oscuridad espesa de la habitación, con el corazón latiendo más rápido de lo normal, tratando de entender qué la había despertado.

El silencio era extraño. Pesado.

No se escuchaban grillos, ni el susurro del viento colándose entre las rendijas de la casa. Todo parecía contenido, como si el mundo entero hubiese decidido callar al mismo tiempo. Solo permanecía el eco distante de la lluvia, cayendo de forma constante sobre el techo de zinc, marcando un ritmo lento y monótono… casi hipnótico.

Carmen frunció el ceño.

Había algo más.

Algo que no era el sonido de la lluvia, pero que se escondía entre sus pausas. Un murmullo débil, arrastrado, como si alguien caminara descalzo sobre el barro… o como si la misma casa respirara en la oscuridad.

Se acercó para cerrar mejor la ventana… y entonces la vio.

Allí, en medio del campo.

Una figura.

Una mujer.

De pie, inmóvil, bajo la lluvia.

No llevaba abrigo. Su vestido, largo y blanco, se pegaba a su cuerpo como una sombra húmeda. Su cabello caía lacio, cubriéndole parte del rostro.

Carmen sintió un frío que no venía del clima.

La mujer no se movía.

Solo estaba allí.

Esperando.

Entonces levantó la cabeza.

Y Carmen juró que la estaba mirando directamente.

Sus ojos no parpadeaban. Permanecían fijos, hundidos en la oscuridad, pero imposibles de ignorar. Había algo en esa mirada que no era humana: una quietud antinatural, como si llevara siglos observando desde el mismo lugar.

Carmen se apartó de golpe de la ventana, con el corazón desbocado, golpeándole el pecho con fuerza. El aire le faltaba. Sintió un frío recorrerle la espalda, clavándose en la base de la nuca.

No volvió a asomarse.

No gritó. No hizo ruido.

Se quedó en su cama, encogida entre las sábanas, temblando, con los ojos abiertos en la oscuridad, contando los segundos entre cada gota de lluvia, como si eso pudiera mantenerla a salvo. Afuera, el sonido continuó durante horas… hasta que, de pronto, cesó.

El silencio regresó.

Y fue aún peor.

Al amanecer… faltaba otra persona.

Carmen, en la mañana, armó un gran revuelo. Su voz, quebrada y urgente, rompió la rutina del lugar. Llamó a todos, repitió lo que había visto una y otra vez, señalando hacia la ventana como si aquello aún estuviera allí, esperando.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 13.05.2026

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