Tiempo de Cosecha

Capítulo 3

Jueves de Cosecha

En Azua, donde la tierra es roja y fértil y el sol cae con una fuerza que parece bendecir cada cosecha, cultivaban todos los jueves tomates en grandes cantidades. Eran famosos en todo el país: grandes, firmes, de un rojo intenso que brillaba como si guardaran luz propia. Su sabor era dulce y profundo, con ese toque ácido perfecto que hacía que cualquiera los recordara. El aroma, fresco y húmedo, se esparcía por los campos al amanecer, mezclándose con el olor de la tierra recién removida y el canto lejano de los gallos.

Las matas crecían alineadas como soldados verdes, cargadas de frutos que pesaban tanto que a veces doblaban las ramas. El viento suave de la madrugada las hacía susurrar entre sí, como si compartieran secretos antiguos. Los jornaleros llegaban temprano, machete en mano, riendo, conversando, con la esperanza de otra cosecha abundante.

Todo cambió un jueves.

Don Pedro, capataz de la finca, hombre de piel curtida por el sol y mirada firme, caminaba como de costumbre en el terreno. El calor apenas comenzaba a levantarse, y una bruma ligera todavía se aferraba a los surcos. Se detuvo cerca del “Sombrero”, un árbol enorme y retorcido que se alzaba solitario en medio del campo, con sus ramas extendidas como si quisieran cubrirlo todo.

Apoyó la espalda contra el tronco áspero. La corteza era rugosa, caliente, y tenía ese olor seco a madera vieja. Cerró los ojos un momento, dejando que el silencio lo envolviera… hasta que sintió algo.

Una gota.

Luego otra.

Un líquido espeso, tibio… que le cayó directo en el rostro.

Frunció el ceño. Se limpió con la mano. Al verla, el color lo dejó inmóvil: rojo oscuro.

El olor lo golpeó después… metálico, denso, inconfundible.

Sangre.

El corazón le dio un brinco en el pecho. Levantó la vista lentamente, como si el mismo aire se hubiera vuelto pesado.

Y lo vio.

El cuerpo colgaba de una de las ramas más altas.

Era de un hombre joven. Delgado. Descalzo. Sus pies sucios y arañados se balanceaban apenas con el viento. La ropa, rota y húmeda, parecía adherida al cuerpo como una segunda piel. La cabeza estaba inclinada hacia un lado, en un ángulo imposible.

Pero lo peor…

No tenía rostro.

O al menos, Don Pedro no pudo distinguirlo. Donde debía haber facciones, solo había sombra, una oscuridad espesa que parecía moverse, como si algo vivo se ocultara ahí. Era como si la luz misma evitará tocar esa parte.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¡Dios mío! —gritó, retrocediendo, tropezando con sus propios pies.

Su voz rasgó el silencio del campo.

Los peones llegaron corriendo, dejando caer canastas y herramientas. Sus pasos levantaban polvo seco, y sus respiraciones agitadas rompían la calma que minutos antes parecía eterna.

—¿Qué pasó, Don Pedro?
—¡Miren! —señaló con la mano temblorosa.

Uno a uno alzaron la vista.

El murmullo se apagó.

Nadie habló por varios segundos.

El viento dejó de soplar.

Los tomates, tan rojos como la sangre que aún goteaba, parecían observar en silencio.

—¿Quién es? —susurró uno.

Pero nadie respondió.

Nadie reconoció al muerto.

Ni por la ropa.
Ni por el cuerpo.
Ni por ese vacío donde debía estar el rostro.

—Hay que bajarlo —dijo finalmente un hombre mayor, tragando saliva.

Asintieron, aunque ninguno parecía dispuesto a dar el primer paso.

Se alejaron para buscar una escalera. El sonido de sus pasos se fue perdiendo entre los surcos, dejando atrás el árbol… y el cuerpo.

El tiempo pareció detenerse. El sol comenzó a subir lentamente, quemando la bruma, iluminando cada rincón del campo.

Cuando regresaron…

El árbol estaba vacío.

No había cuerpo.

No había sangre.

No había señal alguna de que algo hubiera estado allí.

Solo la rama.

Inmóvil.

Intacta.

Como si nunca hubiera cargado peso alguno.

Como si nunca hubiera existido nada.

El silencio regresó, más pesado que antes.

Uno de los hombres se persignó con manos temblorosas.

Otro murmuró una oración.

Don Pedro sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda.

Y entonces, algo cambió.

El aroma de los tomates… ya no era el mismo.

Seguían siendo rojos. Hermosos. Perfectos.

Pero ahora, al acercarse… tenían un leve olor metálico.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 13.05.2026

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