Tiempo de Cosecha

Capítulo 6

Los Agrónomos

En El Rosario, municipio de San Juan de la Maguana, la tierra tenía fama de ser generosa. Los cultivos crecían más rápido que en cualquier otro lugar del país. Las mazorcas eran más grandes, los frutos más dulces, las hojas más verdes. No importaba la estación ni las lluvias: siempre había abundancia. Los campesinos hablaban de bendición. Los comerciantes, de milagro.

Fue esa bendición lo que llamó la atención de un grupo de agrónomos enviados desde la capital. Cinco en total. Especialistas en suelos, plagas y rendimiento agrícola. Llegaron con equipos, libretas, cámaras… y la certeza de que encontrarían una explicación científica.

El camino hacia El Rosario era largo y polvoriento. A medida que el vehículo avanzaba, la vegetación cambiaba. El verde se volvía más intenso, más denso, casi sofocante. Los árboles parecían inclinarse ligeramente hacia la carretera, como si observaran el paso de los forasteros. El aire era húmedo, espeso, con un olor profundo a tierra mojada… pero había algo más debajo, un matiz metálico, apenas perceptible, que se pegaba en la garganta.

Cuando llegaron, el silencio fue lo primero que notaron. No era la ausencia de sonido, sino un silencio pesado, expectante. Los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista: surcos perfectamente alineados, cultivos altos, robustos, de un verde oscuro que rozaba lo antinatural. Ni una hoja marchita. Ni una plaga visible. Todo demasiado perfecto.

Los campesinos los recibieron con sonrisas corteses. Sombreros bajos, miradas tranquilas… pero persistentes. No hacían preguntas. No parecían interesados en los equipos ni en los procedimientos. Solo observaban. Siempre observando.

El primero en notar algo extraño fue Ernesto, el experto en suelos.
—Esto no es normal —dijo, arrodillado, dejando que la tierra oscura se deslizara entre sus dedos.

La tierra era tibia. No por el sol… sino por sí misma. Se deshacía con facilidad, como si respirara. Un leve vapor se elevaba cuando la removía, casi invisible, llevando consigo ese mismo olor metálico que ahora parecía más evidente.

—Está demasiado… viva.

Los demás rieron al principio. Una risa breve, incómoda, que se perdió rápidamente en la inmensidad del campo. Lo atribuyeron al entusiasmo profesional. A la sugestión del entorno. Pero con el paso de los días, las bromas desaparecieron.

El viento no soplaba igual allí. A ratos, recorría los cultivos en ondas lentas, como una caricia… o un susurro. Las hojas se rozaban entre sí produciendo un sonido bajo, constante, que a veces parecía formar palabras. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo habían notado.

Las muestras no coincidían con ningún patrón conocido. La composición era rica, sí, pero inestable. Bajo el microscopio, las partículas parecían reorganizarse lentamente, como si reaccionaran a la observación misma.

Como si no quisieran ser entendidas.

Uno de ellos juró haber visto un leve movimiento en una de las bandejas de análisis. Otro comenzó a registrar lecturas inconsistentes, valores que cambiaban sin razón entre una medición y otra. Nada era fijo. Nada permanecía igual.

Y luego estaban los campesinos.

Amables. Callados. Siempre presentes.

Aparecían al amanecer, inmóviles en los bordes del campo, como figuras plantadas junto a la cosecha. Observaban cada paso, cada toma de muestra, cada anotación. Y al caer la tarde, desaparecían sin despedirse, disolviéndose entre los cultivos como si fueran parte de ellos.

Nunca hablaban de la tierra.
Nunca respondían directamente cuando se les preguntaba sobre el origen de aquella fertilidad imposible.

Solo sonreían.

Y esa sonrisa… nunca alcanzaba sus ojos.

Por las noches, en la pequeña casa donde se hospedaban los agrónomos, el ambiente cambiaba aún más. El calor no disminuía. El aire se volvía denso, casi irrespirable. Y desde los campos… llegaba un sonido.

Un murmullo bajo. Rítmico.

—No les gusta que estemos aquí —comentó Laura, mientras revisaba datos bajo la luz tenue de una lámpara.

La bombilla colgaba de un cable viejo, oscilando suavemente como si algo invisible la empujara. Cada balanceo proyectaba sombras largas sobre las paredes de madera, deformando las figuras de los cinco agrónomos hasta volverlas irreconocibles. Afuera, el campo susurraba con ese sonido constante, como un roce interminable de hojas… o de algo arrastrándose entre ellas.

—Es normal —respondió Andrés, sin levantar la vista de sus notas—. Llegamos sin avisar, hacemos preguntas… incomodamos.

Pero no era solo eso.

El ambiente se sentía distinto desde la noche anterior. Más cerrado. Más denso. Como si el aire hubiera sido usado demasiadas veces. Nadie lo decía, pero todos dormían peor. Interrumpidos. Inquietos. Con la sensación persistente de que algo se movía bajo el suelo de madera, apenas fuera del alcance de sus sentidos.

Había algo más.

En la mañana siguiente, el sol salió opaco, filtrado por una bruma ligera que no terminaba de disiparse. El rocío sobre los cultivos no brillaba; parecía más espeso, como si se aferrara a las hojas. El campo estaba en silencio absoluto, ni siquiera el viento se atrevía a recorrerlo.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 13.05.2026

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