El molino
En el municipio de Bohechío nadie se acercaba después del anochecer a un molino viejo y abandonado en las afueras. El camino hasta la colina estaba cubierto de maleza seca y árboles retorcidos que parecían inclinarse sobre quien pasara por allí. De día el lugar ya resultaba inquietante, pero de noche se convertía en algo peor. Una neblina espesa descendía desde las montañas y cubría el terreno como un sudario húmedo. Las aspas enormes, podridas por la humedad, chirriaban incluso cuando no había viento. El sonido viajaba por todo el valle como un lamento largo y oxidado.
Los viejos decían que el lugar estaba maldito desde la época de la hambruna, cuando media aldea murió de hambre… y la otra mitad hizo cosas peores para sobrevivir.
En las noches silenciosas algunos juraban escuchar golpes dentro del molino, como si alguien siguiera trabajando allí. Otros aseguraban haber visto una luz encendida detrás de las ventanas rotas o sombras moviéndose entre las aspas.
Pero el hambre siempre encuentra la forma de regresar.
El verano llegó seco y cruel. El río comenzó a disminuir hasta convertirse en un hilo de agua fangosa y los campos se agrietaron bajo el calor. El aire olía a tierra quemada y a animales muertos. Las cosechas se pudrieron bajo un sol insoportable, y los sacos de trigo comenzaron a vaciarse. Los niños lloraban por comida mientras las madres hervían agua con sal para engañar el estómago. Las familias vendían hasta sus muebles para comprar un pedazo de pan.
Entonces apareció Marcos.
Nadie supo de dónde vino. Una tarde gris entró al pueblo conduciendo una carreta cargada de trigo cubierta con una lona negra. Los caballos estaban flacos y llenos de moscas, y aun así avanzaban sin cansancio. Marcos era un hombre alto, vestido completamente de negro pese al calor sofocante. Su sombrero ocultaba parte de su rostro, pero todos notaron su sonrisa torcida.
—El molino puede volver a funcionar —dijo con voz tranquila mientras observaba la colina—. Solo necesitan alguien que lo haga girar otra vez.
El viento sopló apenas pronunció esas palabras. Algunos ancianos hicieron la señal de la cruz. Otros bajaron la mirada.
Nadie quiso ayudarlo… excepto Luis.
Luis era joven, pobre y desesperado. Vivía en una casa de madera al borde del pueblo junto a su madre enferma. La mujer llevaba días sin levantarse de la cama y la tos le sonaba húmeda, profunda, como si algo se estuviera pudriendo dentro de ella. En la cocina no quedaba más que un saco vacío y una vela consumida.
Así que aceptó trabajar con Marcos en el viejo molino.
La primera noche subieron hasta la colina.
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras y la luna apenas iluminaba el camino. Cada paso hacía crujir las ramas secas bajo sus botas. A medida que se acercaban, el molino parecía crecer entre la niebla como un gigante muerto. Las aspas se movían lentamente, aunque el aire permanecía inmóvil.
Luis sintió frío.
Un frío extraño que no pertenecía al verano.
Cuando empujaron la puerta principal, un olor a humedad, moho y madera podrida salió del interior. El edificio crujía como si respirara. Había manchas oscuras entre las piedras del suelo, viejas y secas, como si algo se hubiera derramado allí hacía mucho tiempo.
—¿Qué son esas manchas? —preguntó Luis en voz baja.
Marcos sonrió sin mirarlo.
—Harina vieja.
El muchacho no quedó convencido.
Comenzaron a moler el trigo pasada la medianoche. Las ruedas rechinaron con un sonido insoportable, metálico y profundo, y una nube blanca cubrió todo el interior. El polvo de harina flotaba en el aire como ceniza. Afuera no había viento, pero las aspas giraban cada vez más rápido.
Demasiado rápido.
El piso vibraba bajo los pies de Luis. Las vigas del techo gemían. Entre el ruido de los engranajes comenzó a escuchar algo más.
Voces.
Susurros apagados dentro de las paredes.
Lamentos.
Gente llorando.
Como si decenas de personas estuvieran atrapadas detrás de la madera podrida.
—¿Escucha eso? —preguntó nervioso, limpiándose el sudor de la frente.
Marcos seguía vertiendo trigo en la máquina.
—No mires arriba —respondió con calma.
Pero Luis miró.
Y entonces lo vio.
Algo colgaba de las vigas.
Cuerpos.
Docenas de cuerpos ennegrecidos balanceándose lentamente en la oscuridad. Algunos estaban incompletos. Otros parecían niños. Sus pies giraban apenas sobre el vacío mientras la madera crujía encima de ellos.
Luis soltó un grito y cayó hacia atrás.
Parpadeó.
Ya no había nada.
Solo oscuridad… y las aspas girando.
Marcos lo observó desde el otro lado del molino con una sonrisa extraña.
Editado: 13.05.2026