Tiempo de Cosecha

Capítulo 12

Manzanas

En un pueblo rodeado de huertos interminables, donde el olor dulce de las manzanas flotaba en el aire desde el amanecer hasta la noche, todos crecían escuchando la misma advertencia.

—No acepten nada de extraños —decían los padres mientras contaban la historia de Blancanieves antes de dormir—. Las cosas más hermosas suelen esconder algo horrible.

Los niños reían, creyendo que solo era otro cuento para asustarlos.

Pero en aquel pueblo, los cuentos terminaban volviéndose reales.

Una tarde de otoño llegó una mujer desconocida. Vestía de negro, caminaba encorvada y tenía unos ojos tan pálidos que parecía ciega. Compró una vieja casa en la colina y durante semanas nadie volvió a verla… hasta que comenzó a plantar un árbol.

No era un árbol normal.

Creció demasiado rápido.

Sus raíces rompieron la tierra como serpientes vivas y su tronco se volvió ancho como una torre. Cuando dio frutos, las manzanas parecían hechas de rubí. Brillaban incluso bajo la lluvia. El aroma era tan dulce que quienes pasaban cerca sentían la boca llenarse de saliva.

La gente empezó a obsesionarse.

Algunos robaban una manzana durante la noche.

Otros ofrecían dinero.

Pero la mujer jamás daba sus frutos.

—Cada manzana tiene dueño antes de caer del árbol —decía con una sonrisa torcida.

Entonces comenzaron los rumores.

Que era una bruja.

Que hablaba sola en el bosque.

Que enterraba animales bajo las raíces.

Que el árbol sangraba cuando alguien intentaba cortarlo.

El gobernador del pueblo, un hombre orgulloso y cruel, decidió visitarla personalmente. Quería de aquellas manzanas para el banquete de invierno.

Pero la mujer se negó.

—Ni todo el oro del mundo puede pagar el precio.

El gobernador se enfureció.
¿Cómo aquella mujer se atrevía a negarle algo a él?
Un hombre acostumbrado a que todos bajaran la cabeza no soportó aquella negativa. Sintió el orgullo arderle en el pecho mientras observaba a la anciana sujetar la cesta de manzanas contra su cuerpo, como si protegiera un tesoro que él jamás podría tocar.

El viento de otoño soplaba entre las ramas del enorme árbol. Las hojas rojizas susurraban unas contra otras, produciendo un sonido parecido a murmullos humanos. Las manzanas colgaban pesadas, brillantes bajo la luz gris del atardecer. Parecían observarlo.

El rencor comenzó a pudrirle la mente.

Necesitaba encontrar un motivo y el miedo del pueblo le sirvió perfectamente. La acusación era obvia: brujería. Bastó con mencionar las extrañas cosechas, los animales encontrados muertos cerca del bosque y las historias sobre sombras moviéndose entre los árboles durante la noche.

Entonces él tomaría las manzanas.

Aquella misma tarde, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con fuerza. Los aldeanos salieron de sus casas envueltos en capas oscuras, murmurando oraciones mientras la lluvia fina convertía las calles de tierra en barro espeso.

La arrastraron hasta la plaza.

La mujer no gritó. No lloró. Sus pies dejaban marcas húmedas sobre el suelo mientras avanzaba entre la multitud. Algunos evitaban mirarla a los ojos; otros escupían al pasar. Los niños se escondían detrás de sus madres, aterrados por aquella anciana de cabello cenizo y sonrisa torcida.

La ataron a un poste.

La madera vieja crujió cuando las cuerdas apretaron sus muñecas. El cielo estaba cubierto de nubes negras y el aire olía a humo, humedad y manzanas maduras. Detrás de la plaza, sobre la colina, el enorme árbol permanecía inmóvil, como si estuviera observando todo.

El gobernador dio la orden.

Las antorchas tocaron la leña.

El fuego comenzó lento, reptando por la madera húmeda antes de elevarse en grandes lenguas anaranjadas. El calor se extendió por la plaza y una lluvia de chispas subió hacia el cielo oscuro.

Y mientras las llamas comenzaban a consumirla, la mujer soltó una risa tan espantosa que incluso los caballos intentaron huir.

Fue una risa hueca, inhumana, como si varias voces estuvieran riendo al mismo tiempo desde dentro de su garganta. Los animales relinchaban desesperados, golpeando el suelo con las patas. Algunas personas se persignaron. Otras comenzaron a llorar.

Entonces gritó sus últimas palabras:

—¡Que este árbol conceda deseos a quien pruebe sus frutos! ¡Pero cada deseo arrancará algo a cambio!

El viento sopló con violencia apenas terminó de hablar. Las llamas se elevaron varios metros y las ramas del árbol se agitaron aunque no había brisa en la colina.

Nadie entendió lo último.

El fuego terminó su trabajo y las cenizas volaron sobre el huerto. Pequeños fragmentos negros cayeron entre las raíces del árbol como nieve oscura. Durante un instante, algunos juraron ver las ramas moverse lentamente, casi con satisfacción.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 13.05.2026

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