Tiempo de Cosecha

Capítulo 13

Trabajo sin Fin

A las afueras de Juan de Herrera, donde el viento arrastra polvo seco por los caminos vacíos y el canto de los grillos parece un lamento perdido entre la oscuridad, estaba la vieja finca de los Gutiérrez.

La propiedad se extendía kilómetros enteros bajo un cielo siempre pálido, cubierto por nubes pesadas que anunciaban lluvia, aunque nunca terminaban de descargar. Las cercas de madera crujían con el viento y los postes estaban inclinados, carcomidos por los años y la humedad. Cerca de los arrozales había árboles secos cuyas ramas torcidas parecían dedos señalando la tierra.

Ese año la cosecha había sido demasiado grande.

Las matas de arroz cubrían el terreno como un mar amarillento que se movía lentamente bajo la brisa caliente. Desde lejos era hermoso… pero de cerca resultaba inquietante. Las espigas eran demasiado altas, demasiado densas, como si hubieran crecido alimentadas por algo podrido bajo el suelo. Entre los cultivos siempre flotaba un olor húmedo a tierra removida y agua estancada.

Pero había un problema: no había suficientes trabajadores.

Muchos se habían ido a otras provincias buscando mejor paga, y otros simplemente se negaban a volver después de escuchar rumores sobre la finca. En las cantinas del pueblo se hablaba en voz baja de gritos durante la madrugada, sombras caminando entre los arrozales y hombres que desaparecían sin dejar rastro.

—Necesitamos terminar antes de que lleguen las lluvias —dijo don Ernesto Gutiérrez golpeando la mesa con fuerza.

La lámpara de queroseno tembló sobre el comedor de la casa principal. Las paredes estaban manchadas por humedad y el techo crujía cada vez que soplaba el viento.

—Si perdemos esta cosecha, estamos arruinados.

El capataz, un hombre alto llamado Eusebio, permaneció callado en la esquina del salón. La luz apenas iluminaba su rostro. Tenía la piel oscura y reseca como cuero viejo, y unos ojos hundidos que parecían absorber el brillo de la lámpara. No parpadeaba casi nunca.

Sus manos descansaban detrás de la espalda, inmóviles.

—Yo resolveré eso —murmuró con una voz ronca y tranquila.

Afuera, un perro comenzó a ladrar desesperadamente… y luego se calló de golpe.

Nadie preguntó cómo.

Dos días después comenzaron a llegar hombres del pueblo. Algunos eran jornaleros pobres con ropa gastada y sombreros rotos; otros eran vagabundos flacos que aceptaban cualquier trabajo por un plato de comida caliente. Sus botas levantaban polvo mientras cruzaban el patio de la finca.

La propiedad volvió a llenarse de voces, machetes chocando y el olor a sudor bajo el sol abrasador.

Durante el día los hombres trabajaban entre el sonido constante de insectos y el roce de las espigas agitadas por el viento. El calor les pegaba la camisa al cuerpo y les quemaba la nuca como fuego. Por la tarde el cielo tomaba un color naranja enfermizo antes de hundirse en una oscuridad espesa.

La primera noche todo pareció normal.

Los trabajadores cenaron arroz con habichuelas en silencio mientras las ranas croaban cerca de la cañada. Algunos fumaban sentados frente a los barracones, viendo cómo la neblina descendía lentamente sobre los cultivos.

La segunda noche también.

Pero al cuarto día comenzaron los problemas.

Uno de los trabajadores despertó tirado entre los arrozales antes del amanecer. La tierra húmeda le cubría la ropa y tenía las manos llenas de sangre seca y barro bajo las uñas. El aire olía a agua podrida y hierba aplastada.

Se levantó confundido mientras la neblina le rozaba las piernas.

No recordaba haberse levantado de la cama.

A su alrededor, las espigas cortadas formaban círculos extraños sobre el suelo.

—Debe ser el cansancio —dijo otro hombre mientras se masajeaba la espalda adolorida.

Su voz sonaba agotada, casi temblorosa.

—Yo también amanecí trabajando.

Los demás comenzaron a mirarse en silencio.

Todos tenían las botas embarradas. Algunos amanecían con heridas frescas en las manos. Otros sentían los músculos ardiendo, como si hubieran trabajado toda la noche sin descanso.

Poco a poco todos empezaron a notar cosas extrañas.

Al principio eran detalles pequeños. Cosas fáciles de ignorar durante el cansancio de la cosecha.

Se dormían en los barracones, sobre colchones viejos que olían a humedad y sudor… y despertaban en medio del campo.

A veces al amanecer los encontraban acostados entre las matas de arroz, empapados por el rocío frío de la madrugada. Otras veces despertaban de pie, sosteniendo todavía el machete entre las manos entumecidas.

Sus botas aparecían cubiertas de lodo negro.

Un lodo espeso, pegajoso, con olor a agua podrida.

Los machetes amanecían calientes, como si acabaran de usarse hacía apenas unos minutos. Algunos tenían restos de hierba fresca pegados al filo. Otros aparecían manchados con algo oscuro que no parecía tierra.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 13.05.2026

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