Tiempo de Cosecha

Capítulo 15: La Novia del Campo de Trigo

El viento hacía que el campo de trigo sonaba como un susurro interminable.
Miles de espigas doradas se movían bajo la luna, formando olas que parecían respirar. El cielo estaba cubierto por nubes oscuras que dejaban pasar apenas una luz pálida, suficiente para iluminar el mar infinito de trigo que rodeaba el lugar.

En el corazón de la República Dominicana, cerca del campo de trigo más grande del país, existía una vieja historia que todos conocían… y nadie quería comprobar.

Por las noches, el ambiente se volvía extraño.
Los grillos dejaban de cantar.
Los perros se escondían bajo las casas.
Y el viento traía un olor húmedo a tierra recién removida, como si alguien acabara de cavar una tumba.

Los campesinos cerraban puertas y ventanas antes de la medianoche. Nadie caminaba cerca del campo después de cierta hora, porque decían que el trigo no solo se movía con el viento… a veces algo caminaba entre él.

Decían que cada 16 de septiembre aparecía una mujer vestida de novia.

Caminaba lentamente entre las espigas, con el vestido desgarrado y cubierto de tierra seca mezclada con manchas oscuras de sangre vieja. El velo roto ocultaba su rostro, aunque algunos juraban haber visto debajo de la tela una sonrisa torcida y unos ojos completamente negros.

En las manos sostenía un ramo marchito de flores muertas.

Y siempre preguntaba lo mismo, con una voz fría que parecía venir desde debajo de la tierra:

—¿Has visto a mi prometido?

Los ancianos juraban que era el espíritu de Helena Montenegro, la hija de un poderoso terrateniente. Hermosa, educada y rica. Su padre planeaba casarla con un hombre importante, pero Helena se enamoró de un peón llamado Julián.

Una noche escaparon juntos.

La lluvia caía con fuerza aquella noche. Algunos recuerdan haber visto dos caballos perderse entre la oscuridad mientras los relámpagos iluminaban el campo.

Nunca volvieron.

Semanas después, Julián apareció solo, cubierto de barro, con la ropa rota y los bolsillos llenos de joyas. Sus manos tenían heridas profundas, como si hubiera cavado durante horas.

Dijo que Helena lo había abandonado.

Pero desde aquel día comenzó a actuar extraño.
Despertaba gritando en las madrugadas.
Decía escuchar pasos alrededor de su casa.
Juraba que alguien golpeaba su ventana durante la noche.

Poco tiempo después desapareció sin dejar rastro.

Con los años, la verdad comenzó a salir entre murmullos.

Helena nunca lo abandonó.

Él la mató.

La golpeó con una pala en medio del campo, robó sus joyas y enterró su cuerpo bajo las raíces del trigo. Dicen que aquella noche el suelo quedó tan empapado de sangre que durante meses ninguna espiga creció en ese lugar.

Desde entonces, cada 16 de septiembre, Helena regresaba buscando al hombre que la traicionó.

Y si encontraba a alguien parecido…

Se lo llevaba con ella.

Romeo escuchó aquella historia sentado frente a una fogata junto a varios amigos del pueblo.

La noche estaba helada y húmeda. El humo de la leña subía lentamente hacia el cielo oscuro mientras las llamas iluminaban los rostros nerviosos de los hombres reunidos alrededor del fuego. Más allá de la pequeña luz anaranjada solo existía oscuridad… y el interminable campo de trigo balanceándose bajo el viento.

Las espigas chocaban unas con otras produciendo un murmullo constante, parecido a cientos de voces susurrando al mismo tiempo. A lo lejos, un espantapájaros viejo se movía lentamente, crujiendo con cada ráfaga de aire.

Todos hablaban en voz baja mientras el viento agitaba el trigo a la distancia.

—No anden por ahí esta noche —dijo un viejo agricultor mientras apretaba su sombrero entre las manos—. Ella sale cuando la luna está alta.

Un trueno distante resonó en el cielo.

Romeo soltó una carcajada.

—¿Una novia fantasma? Por favor. Lo que ustedes necesitan es dejar el ron.

Nadie se rió.

El anciano levantó lentamente la mirada hacia él. Sus ojos estaban llenos de miedo verdadero.

—Muchacho… el campo cambia de noche. Los caminos desaparecen. Y cuando escuchas llorar a una mujer… ya es demasiado tarde.

Una ráfaga helada apagó parte de la fogata.
Por un momento todos guardaron silencio.

Sus amigos intentaron detenerlo cuando se levantó.

—¿A dónde vas? —preguntó uno.

—Voy a conocer a la novia.

Tomó una linterna y caminó hacia el enorme campo iluminado por la luna.

Mientras avanzaba, el sonido de las voces y la fogata comenzaron a desaparecer detrás de él. El aire olía a tierra mojada y trigo seco. Sus botas crujían sobre el barro húmedo mientras las espigas rozaban sus brazos como dedos fríos.

El trigo le llegaba a la cintura.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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