Tiempo de Cosecha

Capítulo 17: Banquete de Otoño

En el corazón de Baní, cuando octubre teñía las calles de naranja y el olor a caña húmeda viajaba con el viento, existía una tradición que nadie se atrevía a romper.

Las noches en Baní durante octubre parecían distintas al resto del año. El aire era más frío de lo normal y una neblina ligera descendía desde los campos al caer el sol, arrastrándose entre las casas coloniales y los callejones de piedra. Las campanas de la iglesia resonaban lentas en la distancia mientras las hojas secas danzaban sobre las calles vacías.

En los patios, las familias encendían faroles de aceite que proyectaban sombras largas y deformes sobre las paredes. El aroma dulce de las batatas asadas, del ron especiado y de la leña quemándose se mezclaba con el perfume húmedo de la tierra recién removida.

Pero cuando llegaba la última semana del festival, el pueblo entero cambiaba.

Las ventanas se cerraban más temprano.

Los perros dejaban de ladrar al anochecer.

Y los ancianos evitaban mirar hacia la colina donde se alzaba la mansión del alcalde.

Cada año, durante el Festival de la Cosecha, aquella enorme mansión abría sus pesadas puertas de madera oscura para celebrar un banquete en honor a la próxima siembra. Desde lejos, la casa parecía un palacio antiguo abandonado por el tiempo: balcones de hierro ennegrecido, columnas cubiertas de enredaderas secas y vitrales rojizos que brillaban como heridas bajo la luz de las velas.

Las mesas rebosaban de frutas maduras, carnes especiadas y vino oscuro servido en copas antiguas. Los músicos tocaban merengues lentos y melodías folklóricas hasta el amanecer mientras los habitantes brindaban por otro año de abundancia.

Sin embargo, debajo de las risas siempre existía algo incómodo.

Algo podrido.

Las personas sonreían demasiado.

Los sirvientes nunca hablaban.

Y en ciertos rincones de la mansión podía percibirse un olor metálico que ni el incienso ni las flores lograban ocultar.

Decían que aquella tradición llevaba más de cien años.

Y que jamás había existido un año sin buena cosecha.

Julián Herrera llegó al pueblo pocos días antes del festival. Era un abogado joven, elegante y ambicioso, enviado desde Santo Domingo para resolver unos asuntos de tierras heredadas. Viajó pensando que Baní sería un lugar tranquilo donde terminar rápido su trabajo y regresar a la ciudad.

No conocía las historias que susurraban los ancianos sentados frente al parque.

Ni las supersticiones sobre personas desaparecidas cada octubre.

Ni por qué, cuando el viento soplaba después de medianoche, algunos juraban escuchar gritos provenientes de la colina.

Solo conoció a Francia.

La hija del alcalde.

Tenía unos ojos tan negros que parecían absorber la luz de las velas y una sonrisa dulce que hacía olvidar cualquier advertencia. Cuando Francia aparecía, incluso el ruido del pueblo parecía apagarse alrededor de ella.

Su perfume olía a flores húmedas y canela.

A veces, al acercarse demasiado, Julián creía percibir otro aroma debajo de aquel perfume delicado. Algo más espeso. Más cálido.

Como hierro mojado.

Francia comenzó a acompañarlo por las tardes. Caminaban entre los sembradíos secos mientras el sol moría lentamente detrás de las montañas, tiñendo el cielo de rojo oscuro. El viento agitaba las hojas marchitas de la caña y producía un susurro constante, como si cientos de voces hablaran ocultas entre los campos.

Las cigarras cantaban con fuerza al caer la noche y los espantapájaros, inmóviles entre la neblina, parecían observarlos pasar.

A veces visitaban el malecón. El mar golpeaba las piedras con violencia mientras las olas levantaban espuma gris bajo un cielo cubierto de nubes pesadas. Los pescadores recogían sus redes antes de que oscureciera y evitaban mirar demasiado tiempo a Francia.

Otros días compartían vasos de mabí en pequeños puestos iluminados con faroles viejos. La luz amarillenta apenas alcanzaba para iluminar los rostros, dejando el resto cubierto de sombras profundas. Los dueños de los negocios siempre guardaban silencio cuando ella llegaba.

Y apenas Francia se marchaba, hacían la señal de la cruz.

Julián cayó enamorado con una rapidez peligrosa.

Ella parecía perfecta.

Demasiado perfecta.

Su voz era suave, casi hipnótica, y cada vez que lo tocaba él sentía un frío extraño recorriéndole la espalda. Francia hablaba poco de sí misma, pero conocía demasiado sobre él: sus gustos, sus miedos, incluso recuerdos que jamás le había contado.

Aunque había cosas extrañas.

Nunca comía frente a él.

En las cenas solo movía los cubiertos mientras observaba a Julián con una sonrisa tranquila. Cuando él preguntaba si ocurría algo, ella simplemente respondía:

—No tengo mucha hambre.

Nunca permitía que la acompañara a la casa después del anochecer.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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