Tiempo de Cosecha

Capítulo 18: Un Canto Mortal

Cerca de la finca de Don Manuel Molina corría un enorme río oscuro que conectaba directamente con el mar. Durante el día parecía tranquilo, casi hermoso, reflejando el cielo gris entre las ramas torcidas de los manglares. Pero al caer la noche, el agua cambiaba. Se volvía negra, espesa, como si algo se moviera lentamente bajo la superficie.

Sus aguas eran usadas para regar los cultivos de fresas que crecían en tierras húmedas y fértiles. El aire alrededor de la finca siempre tenía un olor extraño: una mezcla dulce de fruta madura y barro podrido. Las matas de fresas se extendían hasta perderse en la oscuridad, balanceándose suavemente con el viento nocturno como si respiraran.

Todos decían que aquellas fresas eran las más rojas y dulces de toda la región, aunque nadie se preguntaba realmente por qué tenían un color tan intenso.

Las noches en la finca eran silenciosas… demasiado silenciosas.

No se escuchaban grillos. No cantaban aves nocturnas. Incluso los perros se escondían debajo de las casas cuando el reloj se acercaba a la medianoche. Solo podía oírse el sonido del río golpeando lentamente las piedras y el silbido del viento atravesando los cultivos.

Los trabajadores evitaban mirar hacia el agua después de las doce. Algunos juraban haber visto sombras moviéndose entre la neblina que se formaba sobre el río. Otros aseguraban escuchar una voz de mujer cantando a lo lejos, una melodía suave y triste que parecía entrar directamente en la cabeza.

Una madrugada, uno de los trabajadores despertó sobresaltado.

La lluvia golpeaba débilmente el techo de zinc del barracón mientras una lámpara de queroseno parpadeaba en una esquina. Los hombres que dormían junto a él juraron haberlo visto levantarse lentamente de su cama, con los ojos perdidos y la piel pálida, como si estuviera dormido con los ojos abiertos.

—¿No la escuchan…? —susurró con voz temblorosa—. Está cantando…

En ese instante, el viento dejó de soplar.

Todo quedó en un silencio tan profundo que incluso la respiración de los hombres parecía demasiado fuerte.

Entonces lo escucharon.

Una melodía lejana proveniente del río.

Era una voz femenina… dulce, suave… pero con algo antinatural, algo que hacía doler el pecho al escucharla.

Antes de que alguien pudiera detenerlo, el hombre salió caminando bajo la oscuridad. Sus pies descalzos se hundían en el barro mientras avanzaba entre las matas de fresas cubiertas de rocío.

Nunca regresó.

Los días pasaron y comenzaron los rumores. Algunos decían que el hombre había escapado. Otros, que el río se lo tragó. Pero cada vez que llegaba la medianoche, un canto suave parecía viajar entre el viento y los cultivos.

Y en las mañanas, las fresas amanecían más rojas que nunca.

Joselito, un niño que trabajaba junto a su padre en la finca, jamás olvidó aquella melodía.

Desde la desaparición del trabajador, las noches se habían vuelto más pesadas. El aire parecía húmedo y frío, y una neblina espesa comenzaba a cubrir los cultivos apenas el sol desaparecía. Las lámparas de aceite iluminaban apenas unos metros antes de que la oscuridad se tragara todo.

A veces, Joselito despertaba sobresaltado creyendo escuchar algo detrás de las paredes de madera de la casa. No eran pasos. No era el viento.

Era un canto.

Lejano.

Suave.

Como una mujer arrullando a alguien desde el río.

Una noche, mientras la lluvia caía lentamente sobre el techo y las tablas viejas crujían con el viento, su padre despertó exactamente igual que el trabajador desaparecido.

Se incorporó lentamente de la cama.

Tenía los ojos abiertos, pero vacíos.

La luz débil de la vela iluminaba su rostro sudoroso mientras murmuraba con voz quebrada:

—Ella me llama…

Joselito sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—Papá… ¿qué dices…?

Pero el hombre no respondió.

Se levantó y caminó hacia la puerta como si algo invisible tirara de él desde afuera.

El niño trató de detenerlo, aferrándose a su camisa.

—¡Papá, no vaya!

Pero su padre siguió avanzando lentamente hacia la oscuridad como si estuviera hipnotizado.

Afuera, la finca parecía muerta.

La neblina cubría las matas de fresas hasta las rodillas, y el viento hacía que las hojas se movieran produciendo un sonido parecido a susurros. A lo lejos, el río podía escucharse golpeando las piedras con fuerza.

Y encima de todo…

Ese canto.

Más claro.

Más cerca.

Joselito siguió a su padre llorando entre las hileras interminables de fresas. Sus pies descalzos se hundían en el barro húmedo mientras intentaba alcanzarlo.

—¡Papá… no…!



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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