Tiempo de Cosecha

Capítulo 19: Los Ojos en el Cielo

Los jardines de girasoles de Baní eran famosos en toda la región. Cada verano, cientos de personas llegaban para caminar entre los caminos dorados, tomarse fotografías y esperar la gran apertura nocturna organizada por Tito, un anciano de manos ásperas y espalda encorvada que había dedicado su vida entera a cultivar flores.

Durante el día, el lugar parecía sacado de un sueño. El viento cálido hacía bailar lentamente los girasoles, formando olas amarillas que se extendían hasta perderse en el horizonte. El aroma de tierra húmeda y polen flotaba en el aire, mezclado con el olor salado que venía desde lejos con la brisa del sur.

Pero al caer la tarde, los jardines cambiaban.

Las sombras crecían entre los tallos altos, convirtiendo los senderos en laberintos oscuros. Los viejos espantapájaros rechinaban suavemente con el viento, y el molino abandonado detrás de las colinas emitía un crujido lento y constante, como si algo invisible girara sus aspas durante la noche.

Ese año, sin embargo, Tito fue demasiado lejos.

Cubrió cada rincón del terreno con girasoles.

Desde la entrada hasta las colinas detrás del viejo molino. Miles… no, millones de flores amarillas que parecían observar todo bajo el sol. Algunas eran tan altas que ocultaban por completo a una persona. Otras crecían torcidas, con pétalos oscuros y centros demasiado grandes, casi negros.

Los trabajadores comenzaron a sentirse incómodos incluso durante el día.

Decían que el campo hacía demasiado silencio.

No cantaban pájaros.

No se escuchaban grillos.

Solo el roce interminable de los girasoles moviéndose entre sí.

—Te vas a arrepentir, Tito… —le dijo Rosa una tarde.

El cielo estaba cubierto de nubes grises y el aire olía a lluvia vieja. La mujer permanecía inmóvil frente al portón oxidado de los jardines. Su vestido negro se movía lentamente con el viento y sostenía un ramo seco entre las manos. Detrás de ella, el campo parecía inclinarse apenas, como si las flores escucharan la conversación.

Rosa levantó la mirada hacia los girasoles más altos.

Y por un instante, Tito sintió que algo se movía entre ellos. Algo demasiado grande para ser una persona.

Rosa había sido dueña de una antigua floristería en Baní. Su pequeño negocio quedaba cerca del mercado viejo y, años atrás, el aroma de jazmines y rosas frescas salía por las ventanas abiertas desde el amanecer. Pero después de perder a sus dos hijos en circunstancias horribles, el local terminó abandonado.

Las plantas murieron lentamente dentro de la tienda.

La humedad cubrió las paredes.

Y las personas comenzaron a evitar aquella calle cuando caía la noche.

Desde entonces la gente decía que Rosa se había vuelto loca. Caminaba hablando sola por los caminos polvorientos del pueblo, siempre cargando flores secas entre los brazos, murmurando oraciones que nadie entendía. Algunos aseguraban verla parada frente a los campos durante horas, observando el cielo como si esperara algo.

Y siempre repetía lo mismo:

Que algunas flores atraían cosas que no pertenecían a este mundo.

Aquella tarde, el ambiente alrededor de los jardines se sentía extraño. El viento había desaparecido por completo y el calor era pesado, sofocante. Las enormes filas de girasoles permanecían inmóviles bajo un cielo gris amarillento, como soldados esperando una orden.

—Quita esos girasoles —susurró ella con los ojos húmedos—. Ellos llaman a los que miran desde arriba.

Su voz sonó débil… pero el campo entero pareció escucharla.

Los pétalos comenzaron a moverse apenas, produciendo un murmullo seco y constante.

Tito soltó una carcajada ronca.

Aunque, por dentro, sintió un pequeño escalofrío.

—Lo que llama es el dinero, Rosa. Este año vendrá más gente que nunca.

A lo lejos, el molino viejo dejó escapar un crujido largo.

Rosa dio un paso atrás lentamente. Sus ojos parecían reflejar un miedo real, profundo, uno que iba más allá de la locura.

—No cuando empiecen a llevárselos.

Después se marchó.

Tito la observó alejarse por el camino de tierra hasta que la niebla cálida de la tarde terminó tragándose su silueta.

Esa noche los jardines no hicieron un solo sonido.

Ni insectos.

Ni pájaros.

Ni viento.

Solo aquel roce constante entre los girasoles, como miles de susurros viajando entre los tallos oscuros.

Los trabajadores comenzaron a desaparecer tres días antes de la inauguración.

Primero fue Manuel, el muchacho encargado de regar la zona norte. Era joven, fuerte y conocía los jardines mejor que nadie. La última vez que lo vieron caminaba silbando entre las flores con una linterna colgando de la cintura.

Nunca regresó.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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