Tiempo de Cosecha

Capítulo 21: Trato Pagano

En los años noventa, cuando las costas de la República Dominicana todavía estaban llenas de muelles oxidados, colmados abiertos hasta la madrugada y pescadores que juraban haber visto cosas imposibles entre la neblina del mar, existió un hombre llamado Martín Ventura.

Las noches en aquel pueblo costero eran húmedas y pesadas. El aire olía a sal, gasoil de motores viejos y madera mojada. Los cables eléctricos colgaban bajos entre las casas de zinc, y las luces amarillas de los postes apenas lograban atravesar la bruma que venía desde el océano.

Después de las diez, solo quedaban abiertos los colmados donde sonaban bachatas viejas en radios distorsionadas. Hombres sudados jugaban dominó bajo bombillos temblorosos mientras los pescadores regresaban en silencio, persignándose al pasar cerca de ciertas zonas de la costa.

Porque el mar allí tenía fama de tragarse cosas.

Y devolver otras.

Decían que era pobre como las piedras del río.

Martín vivía en una choza inclinada cerca de la playa, en un rincón olvidado donde las tormentas parecían detenerse más tiempo que en otros lugares. El techo de zinc crujía incluso cuando no había viento y, por las noches, el agua se filtraba por las paredes de madera podrida.

Su esposa cosía redes rotas junto a una lámpara de queroseno mientras él pescaba apenas lo suficiente para comer. Muchas veces cenaban solo arroz hervido con sal.

Pero Martín tenía algo peor que el hambre: ambición.

Cada noche salía hasta la orilla y miraba los enormes barcos extranjeros iluminando el horizonte. Parecían ciudades flotando en medio de la oscuridad. Escuchaba música lejana venir desde cubierta, risas, motores profundos atravesando la niebla.

Entonces apretaba los dientes.

—Yo nací para más que esto —decía.

A veces observaba sus propias manos llenas de callos y sentía rabia. Rabia contra el pueblo, contra la pobreza, contra Dios mismo.

Una madrugada de octubre, mientras el pueblo dormía y la lluvia caía fina sobre los techos de zinc, Martín caminó hasta un viejo altar abandonado entre manglares.

El lugar estaba oculto detrás de árboles torcidos cuyas raíces salían del agua negra como dedos humanos. El barro le llegaba hasta los tobillos y algo se movía bajo la superficie cada vez que avanzaba.

Los ancianos evitaban aquel sitio.

Decían que antes de la llegada de las iglesias, allí se adoraba algo antiguo… algo que escuchaba.

Nadie pasaba por allí después del anochecer.

Ni siquiera los animales.

Martín llevaba una botella de ron barato, sangre fresca de gallo dentro de un frasco y varias monedas robadas envueltas en tela húmeda.

Cuando llegó al altar sintió un frío extraño.

No era frío normal.

Era como entrar a una habitación donde alguien acababa de morir.

Las piedras estaban cubiertas de musgo oscuro y símbolos desgastados por el tiempo. Velas derretidas y restos de huesos pequeños permanecían abandonados entre raíces.

El mar rugía a lo lejos.

Pero alrededor del altar… todo estaba en silencio.

Martín tragó saliva.

El miedo le decía que regresara.

La pobreza le dijo que continuara.

Se arrodilló frente a las piedras húmedas mientras el agua de lluvia le corría por el rostro.

Vertió el ron lentamente.

La sangre cayó espesa sobre el altar.

Las monedas tintinearon contra la piedra.

—No me importa quién seas —susurró con voz temblorosa—. Dame riqueza… y te daré lo que quieras.

El viento desapareció.

Ni los insectos sonaban.

Incluso las olas parecieron detenerse.

Entonces escuchó una voz.

No venía del cielo.

Venía de debajo de la tierra.

La voz emergió lentamente bajo las raíces del manglar, profunda y húmeda, como si alguien hablara ahogándose bajo el agua.

—Tu primer hijo.

Martín sintió el cuerpo helarse.

El barro bajo sus rodillas comenzó a vibrar apenas unos centímetros. Pequeñas burbujas negras subieron desde el agua estancada alrededor del altar, explotando con un olor insoportable a pescado podrido y tierra abierta.

La oscuridad alrededor comenzó a moverse.

No como sombras normales.

Se arrastraba lentamente entre las raíces, espesa, líquida… como agua negra buscando rodearlo.

Martín respiró agitado.

El sudor frío le recorría la espalda pese a la lluvia.

Entonces la voz volvió a hablar.

Más cerca.

Más profunda.

—A cambio… tendrás un terreno inmenso que llegará a ti… y una cosecha que hará arrodillarse a los hombres frente a ti.



#857 en Thriller
#2047 en Otros
#402 en Relatos cortos

En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.