El viento hacía crujir las tablas podridas de la casa mientras Samuel permanecía sentado junto a la escopeta apoyada en sus piernas. La lámpara de queroseno temblaba sobre la mesa, proyectando sombras largas que parecían moverse solas por las paredes.
Entonces volvió a escucharlo.
Un paso.
Luego otro.
Lento.
Pesado.
Como si alguien caminara descalzo sobre barro húmedo.
Samuel se acercó a la ventana con cautela.
La lluvia caía tan fuerte que el mundo parecía deshacerse detrás del cristal, pero aun así pudo verlo.
El espantapájaros ya no estaba junto al establo.
Ahora se encontraba justo frente al porche.
Inmóvil.
Mirándolo.
El sombrero negro ocultaba parte de su rostro de saco, pero Samuel alcanzó a distinguir algo imposible entre la paja mojada:
unos dientes humanos.
Retrocedió sobresaltado.
—Alguien está jugando conmigo… —murmuró intentando convencerse.
Tomó la lámpara y abrió la puerta principal de golpe.
El viento apagó la llama al instante.
Oscuridad.
Solo el sonido de la lluvia y el maíz muerto balanceándose como cuerpos colgados.
—¿Quién anda ahí?
Nadie respondió.
Samuel avanzó unos pasos por el barro hasta quedar frente al espantapájaros.
Olía a tierra podrida.
Y a carne húmeda.
Con rabia, arrancó el saco de la cabeza de la figura.
La respiración se le cortó.
Debajo no había madera.
Había un rostro humano cosido con hilo grueso.
La piel gris estaba inflada por la humedad, y uno de los ojos aún seguía abierto.
Samuel cayó hacia atrás.
Entonces escuchó una voz infantil detrás de él.
Suave.
Ronca.
—Mamá decía que los cuervos siempre regresan primero…
Samuel giró lentamente.
Entre los cultivos apareció un niño muy delgado.
Descalzo.
Con pijama blanco.
Y una sonrisa imposible.
Regresó a la casa y se recostó sobre la cama pero no pudo dormir.
El sótano olía a humedad vieja y hierro oxidado.
Samuel descendió lentamente por los escalones de madera mientras la linterna temblaba entre sus manos. Cada paso hacía eco bajo la casa como si alguien caminara debajo de él.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos dibujados con sangre reseca. Círculos deformes. Cruces invertidas. Nombres escritos una y otra vez hasta desgarrar la madera.
Zapata.
Zapata.
Zapata.
Las fotografías colgaban sujetas con clavos oxidados.
En una aparecía la familia sonriendo frente a los cultivos años atrás.
En otra, la madre sostenía al pequeño Thomas en brazos. El niño ya tenía aquella sonrisa torcida.
Pero la última fotografía hizo que Samuel sintiera un frío insoportable.
La imagen mostraba los campos de maíz durante la noche.
Y entre las plantas podían verse decenas de figuras altas.
Espantapájaros.
Observando la casa.
Samuel tragó saliva y abrió el diario que descansaba sobre el altar improvisado del centro.
Era el diario de la madre.
Las páginas estaban húmedas y manchadas de algo oscuro que el tiempo había vuelto casi negro. Algunas tenían marcas de uñas, como si hubieran sido escritas en medio de la desesperación.
Las primeras páginas hablaban de cosechas perdidas y animales muertos.
Luego la escritura comenzó a cambiar.
Las letras se volvían desesperadas, deformes, casi ilegibles.
“Thomas llora cada noche. Dios no escucha.”
La letra era delicada al inicio, pero las últimas palabras parecían trazadas con rabia.
“La iglesia dice que aceptemos su muerte.”
Samuel tragó saliva mientras una corriente helada recorría el sótano.
“Pero ellos sí escucharon.”
Afuera, el viento hizo crujir los campos de maíz muerto.
Samuel pasó las páginas temblando.
La familia se había unido a una secta que adoraba algo llamado El Pastor de Paja, una entidad que prometía mantener unida a la familia hasta el final de los tiempos.
Solo había una condición:
“Nunca deben abandonar el campo.”
Editado: 01.06.2026