La primera vez que Tome escuchó la voz, creyó que era el viento.
La tarde estaba fría y húmeda. Un cielo gris cubría el campo entero, aplastando el paisaje bajo una luz opaca y enferma. La tierra recién removida desprendía ese olor espeso a barro mojado y raíces podridas que se pegaba a la ropa y a las manos. A lo lejos, los árboles secos se mecían lentamente con el aire, crujiendo como huesos viejos.
Estaba arrodillado sobre la tierra húmeda, enterrando las últimas semillas que un comerciante desconocido le había vendido a mitad de precio. Eran negras, pequeñas y brillantes como ojos de insecto. Cuando las sostenía en la palma de la mano parecían demasiado frías, casi húmedas, como si hubieran estado vivas antes de llegar a sus dedos.
—Crecerán rápido —le había dicho el hombre sonriendo—. Pero no las deje solas de noche.
El comerciante llevaba un sombrero ancho que ocultaba parte de su rostro, y su sonrisa había permanecido demasiado quieta, demasiado larga. Detrás de él, el camino estaba vacío y cubierto de neblina.
Tome se había reído.
Ahora, mientras cubría el último surco, escuchó un murmullo detrás de su oído. Una voz baja, áspera, apenas un roce entre el viento helado.
No tan profundo… nos ahogas.
Se giró bruscamente.
El corazón le dio un golpe seco en el pecho mientras observaba alrededor.
No había nadie.
Solo el campo extendiéndose bajo el cielo gris y el sonido distante de los cuervos. Las aves negras giraban lentamente sobre los sembradíos, lanzando graznidos roncos que parecían advertencias. El viento arrastraba hojas secas entre los surcos y hacía silbar la madera de la cerca vieja.
Por un instante, Tome sintió que algo lo observaba desde debajo de la tierra.
Aquella noche no durmió bien. El interior de la casa estaba helado, aunque la chimenea seguía encendida y las llamas crepitaban débilmente en la oscuridad. Cada sombra parecía moverse apenas apartaba la vista.
Soñó con raíces moviéndose bajo su cama, retorciéndose como venas. Las escuchaba arrastrarse lentamente bajo las tablas del suelo, húmedas y viscosas, como si buscaran entrar a la habitación. Soñó con gente enterrada viva llamando desde la tierra húmeda.
Voces apagadas.
Dedos arañando desesperadamente desde abajo.
Y en medio de la oscuridad del sueño, cientos de semillas negras abriéndose como ojos.
A la mañana siguiente, los brotes ya habían salido.
El amanecer apenas iluminaba el campo con una luz grisácea y fría cuando Tome abrió la puerta de la casa. El aire olía a humedad y niebla, y pequeñas gotas de rocío cubrían la hierba como diminutos cristales apagados.
Entonces los vio.
Pequeños tallos sobresaliendo de la tierra removida.
Eso no era normal.
Tome se quedó inmóvil en medio del patio, con el ceño fruncido y la respiración atrapada en el pecho. Apenas habían pasado unas horas desde que plantó las semillas. Ningún cultivo crecía tan rápido.
Las plantas crecían demasiado rápido. Sus tallos eran pálidos, casi blancos, y desprendían un olor dulce, parecido a flores podridas. El aroma flotaba por el campo de forma espesa, empalagosa, mezclándose con el olor húmedo del barro. Algunas hojas temblaban aunque no había viento.
Tome intentó alegrarse. Una cosecha rápida significaba comida y dinero.
Intentó convencerse de que aquello era una bendición. Caminó entre los surcos observando las plantas, aunque cada vez que rozaba una de ellas sentía un escalofrío recorriéndole los brazos. Los tallos eran suaves… demasiado suaves, casi tibios al tacto.
Pero entonces comenzaron las voces.
Al principio creyó que eran recuerdos o pensamientos propios. Murmullos pasajeros nacidos del cansancio. Pero pronto comprendió que no.
No eran palabras dichas en voz alta. Aparecían directamente en su cabeza.
El pozo está seco.
La voz sonó áspera, cansada, como la de un anciano hablando desde muy lejos.
Tu esposa lloró cuando enterró al niño.
Aquello le heló la sangre.
No abras el granero.
Tome se llevó ambas manos a la cabeza y giró bruscamente buscando a alguien entre el campo. El viento movía lentamente las plantas blancas, produciendo un roce suave, parecido a un suspiro colectivo.
Pensamientos ajenos.
Recuerdos que no le pertenecían.
Imágenes comenzaron a atravesar su mente como cuchillos. Un hombre cayendo dentro de un pozo oscuro. Una mujer llorando frente a una tumba pequeña. Un niño escondido debajo de unas tablas mientras algo respiraba cerca de él.
Tome empezó a reconocer algunas voces. Eran las de vecinos muertos hacía años. Escuchó al viejo Ramón, que había desaparecido durante una tormenta. A Clara, la panadera, muerta de fiebre el invierno pasado.
Otras eran desconocidas: hombres, mujeres, niños.
Editado: 01.06.2026