Tiempo de Cosecha

Capítulo 26: El Sin Rostro

En un pequeño pueblo rodeado de extensos campos de maíz, la vida transcurría tranquila. Durante el día, el sol bañaba las interminables hileras de cultivos con una luz dorada que parecía extenderse hasta el horizonte. El viento recorría suavemente las hojas secas, produciendo un susurro constante que acompañaba las jornadas de trabajo de los agricultores.

Los hombres y mujeres trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer, mientras el aroma de la tierra húmeda y las cosechas maduras impregnaba el aire. Los niños corrían entre los senderos de tierra, levantando pequeñas nubes de polvo bajo sus pies y jugando sin preocuparse por nada. Era un lugar donde todos se conocían y donde las tardes terminaban con conversaciones tranquilas bajo la luz anaranjada del crepúsculo.

Todo cambió una tarde de otoño.

El cielo estaba cubierto por una tenue capa de nubes grisáceas, y una brisa fría comenzaba a anunciar la llegada de la noche. Las hojas secas danzaban por los caminos vacíos mientras el sol descendía lentamente detrás de los campos.

Fue Don Ernesto quien la vio primero.

A lo lejos, entre las hileras doradas de maíz que se mecían suavemente bajo el viento, se distinguía una silueta alta y delgada. La figura destacaba entre los cultivos como una sombra oscura clavada en medio del mar dorado de plantas. Permanecía inmóvil, observando el pueblo.

—Debe ser algún viajero perdido —comentó.

Pero cuando volvió a mirar unos minutos después, la figura seguía exactamente en el mismo lugar.

Ni siquiera el viento parecía afectarla.

Sin moverse.

Sin respirar.

Sin hacer el menor gesto.

Al día siguiente apareció de nuevo.

La tarde era tranquila, igual que cualquier otra. El viento recorría los campos moviendo las espigas de maíz como si fueran olas doradas bajo la luz del atardecer. Algunos habitantes la vieron mientras regresaban a sus casas y sintieron un leve escalofrío al reconocer aquella silueta inmóvil entre los cultivos.

Y al siguiente también.

Y después volvió a aparecer una vez más.

Siempre a la misma hora: cuando el sol comenzaba a ocultarse.

Era como si aguardara el momento exacto en que la luz del día empezaba a morir. Cuando las sombras se alargaban sobre los caminos y el cielo se teñía de tonos anaranjados y rojizos, la figura surgía entre los campos.

Los habitantes empezaron a notar algo extraño. La silueta parecía más cercana cada tarde.

Al principio pensaron que era una ilusión. Quizás la distancia engañaba a sus ojos o tal vez simplemente recordaban mal dónde se encontraba el día anterior.

Pero no tardaron en darse cuenta de que algo no estaba bien.

No caminaba.

No dejaba huellas.

Simplemente estaba un poco más cerca que el día anterior.

Como si la distancia entre ella y el pueblo desapareciera por sí sola.

Los jóvenes del pueblo decidieron acercarse para gastarse una broma entre ellos.

Convencidos de que todo aquello tenía una explicación sencilla, atravesaron los campos entre empujones y carcajadas. El maíz les llegaba hasta los hombros, y las hojas secas rozaban sus brazos mientras avanzaban por estrechos senderos abiertos entre los cultivos.

Rieron mientras atravesaban los cultivos.

Las bromas y las risas resonaban en medio del silencio de la tarde, tratando de ocultar la inquietud que comenzaba a instalarse en sus estómagos a medida que la figura se hacía más grande frente a ellos.

Pero las risas desaparecieron cuando estuvieron frente a ella.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo.

La temperatura parecía haber descendido varios grados.

Ni el viento se atrevía a soplar allí.

La figura llevaba una larga túnica oscura.

La tela descendía hasta el suelo en pliegues inmóviles, tan oscuros que parecían absorber la luz que los rodeaba.

Tenía brazos.

Tenía piernas.

Tenía una cabeza.

Pero no tenía rostro.

Los muchachos sintieron cómo un miedo helado recorría sus cuerpos mientras observaban aquella cabeza imposible.

Donde deberían estar los ojos, la nariz y la boca, solo había una superficie lisa y pálida, como piel estirada sobre un vacío.

La superficie parecía demasiado perfecta, demasiado silenciosa. No mostraba expresión alguna, pero aun así todos tuvieron la terrible sensación de que los estaba observando.

Los muchachos huyeron aterrados.

Corrieron entre los cultivos sin mirar atrás, tropezando con raíces y senderos de tierra. Sus respiraciones agitadas rompían el silencio mientras el maíz se cerraba detrás de ellos como un muro.

Desde entonces nadie volvió a acercarse.

Las semanas pasaron.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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