Tiempo de Cosecha

Capítulo 28: Sombras en la Noche

La finca llevaba cerrada más de treinta años.

La vegetación había reclamado gran parte del terreno. Altas hierbas crecían entre los caminos de piedra agrietados, las enredaderas trepaban por las paredes ennegrecidas de los almacenes y los viejos postes de madera se inclinaban como esqueletos cansados bajo el peso de los años. Durante el día parecía un lugar abandonado por el tiempo; un monumento silencioso a una época olvidada.

Aun así, cada noche las máquinas de arar se encendían.

El sonido se extendía por los campos oscuros como una advertencia. El chirrido de engranajes oxidados, el traqueteo constante de mecanismos imposibles y el golpe seco de metal contra metal rompían la quietud de la madrugada. Aquellos ruidos resonaban entre la niebla que se acumulaba sobre los sembradíos vacíos y viajaban hasta el pueblo.

No era un secreto en el pueblo.

Todos podían escuchar, después de la medianoche, el ruido metálico de engranajes girando y martillos golpeando acero. Algunos decían que eran vagabundos ocupando el lugar. Otros aseguraban que era el viento colándose por los edificios vacíos y jugando con los restos de la maquinaria.

Sin embargo, nadie se acercaba lo suficiente para comprobarlo.

Las pocas personas que se aventuraban cerca de la entrada siempre regresaban antes del anochecer, evitando mirar demasiado tiempo hacia los campos oscuros que rodeaban la propiedad.

Excepto los nuevos vigilantes.

Eidel comenzó a trabajar allí durante el invierno.

Las noches eran especialmente frías aquella temporada. Un viento helado barría los campos abiertos y hacía gemir las viejas estructuras de la finca. Necesitaba dinero, y el salario era demasiado bueno para rechazarlo.

Su primera noche fue tranquila.

Solo el silbido del viento y el ocasional crujido de la madera envejecida rompían el silencio.

La segunda también.

Pero en la tercera encontró algo extraño.

Estaba sentado frente a los monitores de seguridad en una pequeña oficina iluminada por una única lámpara amarillenta. El zumbido de los equipos eléctricos llenaba el ambiente mientras afuera la oscuridad cubría la finca como un manto infinito.

Mientras revisaba los monitores de seguridad, vio a dos obreros caminando por el antiguo taller de ensamblaje.

La imagen era granulada y temblorosa, pero podía distinguirlos perfectamente.

Llevaban cascos amarillos y uniformes grises.

Caminaban con tranquilidad entre las viejas máquinas cubiertas de polvo, como si aún trabajaran allí.

—¿Quién demonios está ahí? —murmuró.

El eco de su propia voz pareció perderse en la oficina vacía.

Tomó una linterna y fue a investigar.

Salió al exterior y el aire frío golpeó su rostro. La grava crujía bajo sus botas mientras avanzaba por los senderos oscuros. A cada paso, la luz de la linterna revelaba maquinaria oxidada, herramientas abandonadas y sombras alargadas que parecían moverse entre la niebla.

Cuando llegó, el taller estaba vacío.

Ni una sola persona.

Solo polvo.

Una gruesa capa gris cubría el suelo, los bancos de trabajo y las enormes máquinas silenciosas. El lugar olía a humedad, óxido y abandono.

Y, proyectadas sobre la pared por la luz de la luna que entraba por los ventanales rotos, había dos sombras.

Sombras de hombres.

Sombras que continuaban caminando.

Sus movimientos eran lentos y naturales, como los de personas reales recorriendo el taller. Sin embargo, no había nadie que pudiera proyectarlas.

Eidel sintió que el frío le recorría la espalda.

No era el frío del invierno.

Era una sensación más profunda, una que parecía instalarse directamente en sus huesos.

Las figuras avanzaron varios pasos antes de desaparecer.

Las sombras simplemente se desvanecieron sobre la pared, como si hubieran cruzado una puerta invisible.

Aquella noche renunció a buscar explicaciones.

Pero las cosas empeoraron.

a administración había decidido reforzar la seguridad debido a los constantes reportes sobre movimientos extraños durante la noche. Los nuevos empleados eran hombres acostumbrados a trabajar en lugares abandonados, personas que no se impresionaban fácilmente con historias de fantasmas o supersticiones de pueblo.

Eidel les contó lo ocurrido.

Les habló de los obreros que aparecían en las cámaras, del taller vacío y de las sombras caminando solas bajo la luz de la luna.

Se rieron.

Algunos intercambiaron miradas burlonas. Otros aseguraron que el frío y las largas jornadas nocturnas estaban afectando su imaginación.

—Tres noches aquí y ya estás viendo fantasmas.

—Deberías dormir más.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 01.06.2026

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