Me llevé una mano a la cara.
No notaba mi ojo herido
También sentía el hombro vendado bajo la camiseta.
Yai Rongar observó mi reacción en silencio.
—Las heridas eran graves —dijo con calma—. Hice todo lo que pude.
Tragué saliva.
—¿Qué... qué ha pasado con mi ojo?
El anciano bajó la mirada unos instantes.
—No pude salvarlo. Lo sustituí por uno de madera.
Durante unos segundos me quedé inmóvil.
Era una noticia difícil de asimilar.
Yai Rongar apoyó una mano en mi hombro sano.
—Has sobrevivido. Eso ya es una victoria.
Miré el parche.
Todavía me costaba creerlo.
—Entonces... ¿voy a llevar esto para siempre?
—Quizá sí. Quizá no. El futuro cambia constantemente.
Levanté la cabeza.
—¿Cómo que cambia?
Una leve sonrisa apareció bajo su enorme barba blanca.
—Porque domino una forma de magia muy extraña.
Se acercó a una pequeña mesa de madera y tomó una taza.
—La magia del tiempo.
—¿Del tiempo?
—No puedo viajar siglos al pasado ni alterar la historia a voluntad. Pero sí puedo avanzar o retroceder unos instantes.
De repente, soltó la taza.
La taza cayó.
Yo di un respingo.
Pero justo antes de tocar el suelo, volvió a aparecer en la mano del anciano.
Como si la caída nunca hubiera ocurrido.
Me quedé boquiabierto.
—¿Cómo has hecho eso?
—Retrocedí unos segundos.
—¡¿Qué?!
—Es una habilidad difícil de dominar. Y peligrosa.
Me senté más recto.
Aquello era muchísimo más impresionante que cualquier cosa que hubiera visto.
Yai Rongar volvió a dejar la taza sobre la mesa.
—Sin embargo, no te he traído aquí para enseñarte magia.
—¿No?
—No.
Se volvió hacia mí.
Sus ojos parecían mucho más serios ahora.
—Te he traído aquí para enseñarte Kung-Raid.
La habitación quedó en silencio.
—¿Y qué es exactamente el Kung-Raid?
El anciano sonrió.
—Es el arte de convertir el cuerpo, la mente y la energía en una sola fuerza.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—¿Y cuánto tardaré en aprenderlo?
Yai Rongar soltó una pequeña carcajada.
—Toda una vida.
—¿Toda una vida?
—Los verdaderos maestros siguen aprendiendo incluso a los noventa años.
Se dirigió hacia la puerta.
—Ven conmigo.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Pero acabo de despertarme.
—Precisamente.
Abrió la puerta.
Fuera había un enorme patio rodeado por bambúes gigantes.
El viento agitaba las hojas produciendo un sonido relajante.
Yai Rongar señaló el centro del patio.
—Tu primera lección de Kung-Raid comienza hoy.
—¿Y qué tengo que hacer?
El anciano sonrió.
—Mantenerte en pie.
—¿Eso es todo?
En ese mismo instante, una ráfaga de viento atravesó el patio con tanta fuerza que casi me tiró al suelo.
Yai Rongar seguía inmóvil.
Como una estatua.
—Mantenerte en pie —repitió— es mucho más difícil de lo que parece.
Y entonces comenzó mi entrenamiento.
#1603 en Otros
#74 en Aventura
#1193 en Fantasía
#672 en Personajes sobrenaturales
Editado: 06.06.2026