Los días se convirtieron en semanas.
Las semanas se convirtieron en cuarenta días.
Y durante esos cuarenta días no hice prácticamente nada más que entrenar.
Entrenar.
Caer.
Levantarme.
Y volver a entrenar.
La Cuesta Invertida se había convertido en mi hogar.
Ya no eran simples esferas de madera.
Ahora subían troncos gigantes, bloques de piedra e incluso maniquíes de entrenamiento reforzados.
Al principio apenas podía detener el tiempo unos instantes.
Luego unos segundos.
Después lo suficiente para realizar secuencias completas de golpes.
Y cada día era más rápido.
Más preciso.
Más fuerte.
El día cuarenta ocurrió algo inesperado.
Estaba golpeando una enorme roca de entrenamiento.
Detuve el tiempo.
Me lancé hacia delante.
Puñetazo.
Patada.
Codazo.
Rodillazo.
Puñetazo giratorio.
Patada ascendente.
Otra más.
Y otra.
Y otra.
Mi cuerpo se movía casi por instinto.
Entonces vi algo extraño.
Una estela luminosa apareció detrás de mis movimientos.
Era de color rosa brillante.
Como una cinta de energía flotando en el aire congelado.
Mis golpes comenzaron a dejar rastros luminosos.
Cada movimiento dibujaba figuras alrededor de la roca.
—¿Qué es esto?
No obtuve respuesta.
Seguí atacando.
La energía rosa aumentó.
Cada golpe reforzaba el siguiente.
La estela se volvía más intensa.
Más sólida.
Más poderosa.
Cuando el tiempo volvió a avanzar...
¡¡BOOOOOOM!!
La roca explotó en cientos de fragmentos.
Una onda de choque recorrió toda la cuesta.
Los bloques cercanos se tambalearon.
Yai Rongar, que observaba desde una plataforma de piedra, abrió los ojos con sorpresa.
—Interesante...
Yo respiraba con dificultad.
Miré mis manos.
Todavía brillaban ligeramente de color rosa.
—Maestro... ¿qué ha sido eso?
Yai Rongar bajó de la plataforma.
—Una manifestación de energía temporal.
—¿Eso es bueno?
—Es extraordinario.
Me señaló las marcas luminosas que aún flotaban en el aire.
—Tu cuerpo está empezando a convertir la energía del tiempo detenido en poder físico.
—¿Y eso significa?
El anciano sonrió.
—Que ya no eres un principiante.
Esa noche el maestro me hizo una prueba.
Colocó un cristal especial frente a mí.
—Golpéalo con toda tu velocidad.
—Vale.
Respiré hondo.
Detuve el tiempo.
Me moví.
Golpe tras golpe.
Cada vez más rápido.
La energía rosa dibujó espirales a mi alrededor.
Cuando terminé, el cristal comenzó a emitir una luz intensa.
Yai Rongar observó los símbolos que aparecían en su superficie.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
—¿Y bien?
El anciano levantó la vista.
—Cincuenta y siete.
—¿Cincuenta y siete qué?
—Golpes en un segundo.
Me quedé congelado.
—¿¡CINCUENTA Y SIETE!?
—Dentro del tiempo detenido, sí.
No pude evitar sonreír.
Era mi mejor marca.
Con diferencia.
Pero Yai Rongar no parecía tan contento como esperaba.
—¿Qué pasa?
El anciano señaló la enorme puerta negra situada en la cima de la cuesta.
La puerta estaba temblando.
Muy lentamente.
Como si algo estuviera golpeándola desde dentro.
BOOM.
BOOM.
BOOM.
Cada impacto hacía vibrar la montaña.
—Has crecido más rápido de lo esperado —dijo Yai Rongar.
—¿Eso es malo?
El maestro apretó su bastón.
—Depende de si estás preparado para lo que acaba de despertarse al otro lado.
Y entonces una grieta atravesó la puerta de piedra.
#1603 en Otros
#74 en Aventura
#1193 en Fantasía
#672 en Personajes sobrenaturales
Editado: 06.06.2026