La grieta de la puerta se ensanchó.
CRAAAAK.
Fragmentos de piedra cayeron al suelo.
Y entonces algo enorme atravesó la abertura.
Una cabeza cubierta de escamas.
Dos cuernos sobre los ojos.
Mandíbulas llenas de dientes.
Un dinosaurio.
Un Carnotaurus.
La criatura soltó un rugido que hizo temblar toda la cuesta.
—¿¡ESO era lo que estaba detrás de la puerta!?
Yai Rongar dio un paso atrás.
—Concéntrate.
—¡Es un dinosaurio!
—Sí.
—¡Un dinosaurio gigante!
—Sí.
—¡Eso no ayuda!
El Carnotaurus bajó la cabeza y cargó cuesta abajo.
La tierra tembló bajo sus patas.
Yo tragué saliva.
Aquello era muchísimo más grande que cualquier cosa contra la que hubiera entrenado.
Pero entonces recordé la nota.
"Te encontraremos. Te mataremos."
Recordé los cuarenta días de entrenamiento.
Las caídas.
Las derrotas.
Los golpes.
Y apreté los puños.
—Vale.
Respiré hondo.
—Vamos allá.
El dinosaurio estaba a pocos metros.
Activé mi poder.
El mundo se congeló.
Silencio.
Tiempo detenido.
La bestia quedó inmóvil en mitad de la carga.
Una enorme montaña de músculo y escamas suspendida en el aire.
La energía rosa empezó a envolver mis brazos.
—¡Kung-Raid!
Corrí alrededor del Carnotaurus.
Puñetazo.
Patada.
Codazo.
Rodillazo.
Otra patada.
Otro puñetazo.
Más rápido.
Más rápido.
Más rápido.
La energía rosa dibujaba espirales luminosas a mi alrededor.
Diez golpes.
Veinte.
Treinta.
Cincuenta.
Setenta.
Noventa.
Cien.
Cuando terminé, salté hacia atrás.
El tiempo volvió a moverse.
¡¡BOOOOOOM!!
Los impactos se liberaron al mismo tiempo.
Una explosión de energía rosa recorrió el cuerpo del dinosaurio.
La criatura se tambaleó.
Intentó rugir.
Dio dos pasos.
Tres.
Y finalmente cayó al suelo con un enorme estruendo.
THOOOOM.
La montaña entera pareció sacudirse.
Yo respiraba con dificultad.
—¿Lo... lo he conseguido?
Yai Rongar observó al Carnotaurus inconsciente.
Luego me miró.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente impresionado.
—Cien golpes por segundo.
—¿Es mucho?
El anciano soltó una carcajada.
—A los cuarenta días de entrenamiento... es una barbaridad.
No pude evitar sonreír.
Pero entonces vi que Yai Rongar estaba mirando hacia la puerta rota.
Y su sonrisa desapareció.
—Maestro... ¿qué pasa?
El anciano señaló la oscuridad al otro lado.
Se escuchó otro rugido.
Luego otro.
Y otro más.
No venían de un solo dinosaurio.
Venían de muchos.
—Me temo —dijo Yai Rongar— que ese Carnotaurus era solamente el guardián de la entrada.
#1603 en Otros
#74 en Aventura
#1193 en Fantasía
#672 en Personajes sobrenaturales
Editado: 06.06.2026