De la oscuridad surgieron dos siluetas gigantescas.
Eran mucho más grandes que el Carnotaurus.
Más pesadas.
Más intimidantes.
Una pareja de Giganotosaurus avanzó a través de la puerta rota.
Cada paso hacía vibrar la montaña.
—Vale... —murmuré—. Esto ya no es un entrenamiento.
Los dos dinosaurios rugieron al mismo tiempo.
Y cargaron.
Activé la Detención del Tiempo.
El mundo volvió a congelarse.
Corrí hacia el primero.
Le lancé una lluvia de golpes en el cuello y las patas.
Pero cuando el tiempo volvió a avanzar, apenas retrocedió unos metros.
—¿Qué?
Aquello era distinto.
Mucho más resistente.
El segundo Giganotosaurus aprovechó mi sorpresa.
Giró de golpe y me alcanzó con la mandíbula.
Sentí una fuerte presión en el brazo.
—¡AAAH!
Por suerte, el entrenamiento había endurecido mi cuerpo.
No me soltó de inmediato.
Apreté los dientes.
La energía rosa comenzó a rodear mi puño.
Entonces golpeé la mandíbula del dinosaurio una y otra vez.
¡BAM!
¡BAM!
¡BAM!
La criatura soltó un rugido de dolor y abrió la boca.
Retrocedió tambaleándose.
Yo caí al suelo y rodé varios metros antes de incorporarme.
Los dos monstruos volvieron a avanzar.
Esta vez juntos.
Sin dejarme espacio.
Sin dejarme respirar.
Miré mis manos.
La energía rosa brillaba más que nunca.
Y entonces recordé algo que Yai Rongar había dicho.
"La energía temporal no sirve solo para golpear. También puede impulsarte."
—A ver si funciona...
Golpeé el suelo.
Una vez.
Dos.
Tres.
La energía acumulada explotó bajo mis pies.
¡¡BOOOOM!!
Salí disparado hacia el cielo como una flecha.
El viento rugía a mi alrededor.
La montaña quedó muy abajo.
Los dos Giganotosaurus levantaron la cabeza para seguirme.
Y allí arriba, suspendido en el aire, tuve una idea.
Detuve el tiempo.
Todo quedó inmóvil.
Las nubes.
El viento.
Los dinosaurios.
Incluso los fragmentos de roca que habían salido despedidos.
La energía rosa empezó a envolver todo mi cuerpo.
Más intensa que nunca.
Más brillante.
Más salvaje.
—Cien golpes por segundo...
Miré a los dos gigantes.
—No va a bastar.
La energía siguió aumentando.
Ciento diez.
Ciento veinte.
Ciento treinta.
Las estelas rosas giraban alrededor de mí como un tornado.
Sentí que el aire temblaba.
Sentí que el tiempo mismo se resistía.
Pero seguí concentrándome.
Y entonces me lancé.
Como un meteorito.
Directo hacia los dos Giganotosaurus.
Desde abajo, Yai Rongar observó la escena.
Y por primera vez en muchos años, el viejo maestro parecía realmente preocupado.
—No te excedas, muchacho...
Porque aquella energía ya no parecía la de un simple estudiante de Kung-Raid.
Parecía algo mucho más antiguo.
Y mucho más peligroso.
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Editado: 06.06.2026