Tiempo y masa 1

Capítulo 17

Las alarmas seguían resonando por toda la Torre del Vacío.

¡WEEEOOOO! ¡WEEEOOOO!

Yo corría por los pasillos metálicos con mi pequeño cuerpo de muñeco morado.

Pero tenía una misión.

No iba a marcharme sin ellos.

Primero encontré la sala donde estaba mi cuerpo.

Seguía dentro de la cápsula.

Inmóvil.

Como si estuviera dormido.

Me acerqué al cristal.

Por un momento fue extraño contemplarme a mí mismo.

—Espera un poco más.

Apoyé una mano de tela sobre el cristal.

—Voy a sacarnos de aquí.

Activé la Detención del Tiempo.

La cápsula quedó inmóvil.

Forcé los mecanismos.

Golpeé las cerraduras.

Y finalmente conseguí liberar el cuerpo.

Lo envolví con unas mantas que encontré por el laboratorio.

Después fui a buscar a Yai Rongar.

Temía encontrar algo horrible.

Pero allí estaba.

Tendido donde había caído.

Con una expresión tranquila.

Como si estuviera dormido.

Me arrodillé a su lado.

—Lo siento, maestro...

Durante unos segundos no pude decir nada más.

Luego tomé su bastón.

—Te llevaré a casa.

Con ayuda de unos carros de transporte de la torre logré mover ambos cuerpos.

No fue fácil.

Yo seguía atrapado en mi forma de muñeco.

Y además era pequeño.

Pero la energía temporal me permitió avanzar poco a poco.

Entonces recordé a Alil y Staril.

Los dos ninjas que se habían unido a nosotros.

—No puedo dejarlos aquí.

Los encontré en unas celdas subterráneas.

Malheridos.

Pero vivos.

—¡Martin!

—¿Eres tú?

—Más o menos —respondí mirando mi cuerpo de muñeco.

Staril parpadeó.

—Vale. No voy a preguntar.

—Buena decisión.

Tras liberarles, los tres avanzamos por los túneles secretos que los propios ninjas conocían.

Alil guiaba.

Staril vigilaba la retaguardia.

Y yo empujaba los carros con una mezcla de fuerza, magia temporal y pura cabezonería.

Cuando finalmente abandonamos la torre ya estaba amaneciendo.

La luz del sol iluminó la selva.

Por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la esperanza.

Habíamos escapado.

El viaje de vuelta duró varios días.

Atravesamos montañas.

Ríos.

Senderos ocultos.

Y al final llegamos a un lugar familiar.

La casa japonesa.

El dojo.

Nuestro hogar.

Cuando las puertas se abrieron, todos guardamos silencio.

El patio de bambú seguía allí.

La Cuesta Invertida seguía allí.

Todo parecía igual.

Y sin embargo nada era igual.

Yai Rongar ya no estaba para recibirnos.

Depositamos su cuerpo en el jardín central.

Al pie de los bambúes.

El lugar donde había pasado tantos años enseñando.

Nadie habló durante varios minutos.

Ni Alil.

Ni Staril.

Ni yo.

Entonces una suave brisa recorrió el patio.

El bastón de Yai Rongar, apoyado junto a una piedra, emitió un pequeño brillo dorado.

Muy débil.

Apenas un instante.

Pero suficiente para que todos lo viéramos.

Alil frunció el ceño.

—¿Habéis visto eso?

—Sí —respondió Staril.

Yo observé el bastón.

Y tuve una sensación extraña.

Como si algo estuviera esperando.

Como si la historia de Yai Rongar todavía no hubiera terminado del todo.

Y justo entonces, una voz muy débil resonó en algún lugar del dojo.

—...muchacho...

Los tres nos quedamos congelados.

Porque aquella voz...

Se parecía muchísimo a la de Yai Rongar.



#1603 en Otros
#74 en Aventura
#1193 en Fantasía
#672 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: aventura epica

Editado: 06.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.