Tiempo y masa 2: La isla castigo y sus sirvientes

Capítulo 4

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

La grieta siguió abriéndose.

Dotrok retrocedió.

Por primera vez desde que lo conocía parecía aterrado.

—No... no debería estar aquí...

Entonces algo salió de la oscuridad.

No era una mano.

No era una garra.

Era una especie de astilla negra.

Larga.

Retorcida.

Como un fragmento de cristal vivo.

Atravesó el aire a una velocidad imposible.

Y alcanzó a Dotrok.

¡CRAAACK!

La astilla lo atravesó de lado a lado.

Dotrok cayó de rodillas.

Su máscara se agrietó.

Yo me quedé paralizado.

No por miedo.

Por incredulidad.

Aquel ser acababa de derrotar a alguien que parecía invencible.

Entonces el espacio blanco empezó a derrumbarse.

Las grietas se cerraron.

El tiempo regresó.

La sala del trono volvió a aparecer.

Las antorchas.

Las paredes.

Las sombras.

Todo.

Y allí estaba.

La criatura.

Había atravesado la grieta y ahora permanecía inmóvil en medio de la sala.

Tenía forma humanoide.

Pero algo estaba mal.

Terriblemente mal.

Demasiados brazos.

Demasiados.

Docenas de brazos negros surgían de su espalda, sus costados y sus hombros.

Moviéndose lentamente.

Como raíces vivas.

Como tentáculos.

Como algo que nunca debió existir.

Y sus ojos...

Dos ojos amarillos brillantes.

Intensos.

Dejaban largas estelas luminosas cuando giraba la cabeza.

Como si la luz tardara en seguir su mirada.

La criatura me observó.

Yo observé a la criatura.

Y comprendí algo.

No quería averiguar qué podía hacer.

Corrí.

Atravesé ventanas.

Pasillos.

Escaleras.

Salté desde la torre.

Activé la Detención del Tiempo justo antes de tocar el suelo.

Y conseguí sobrevivir a la caída.

Horas después encontré a Alil y Staril.

Los dos estaban ocultos en una antigua zona de vigilancia.

Cuando me vieron aparecer se levantaron inmediatamente.

—¡Martín!

—¿Qué ha pasado?

—¿Y Dotrok?

Respiré hondo.

—Tenemos problemas mucho peores.

Les conté todo.

La grieta.

La astilla negra.

La criatura de los ojos amarillos.

Mientras hablaba, las expresiones de Alil y Staril empeoraban cada vez más.

—Eso no era un monstruo normal.

—Lo sé.

—Ni un espíritu.

—Lo sé.

—Ni una invocación.

—También lo sé.

Ninguno de nosotros tenía idea de qué era.

Decidimos volver al dojo.

Si existía algún lugar seguro, era aquel.

O eso pensábamos.

Nos equivocábamos.

Cuando llegamos...

El dojo había desaparecido.

Bueno.

No exactamente.

Seguía allí.

Pero estaba cubierto.

Enteramente cubierto.

Por una masa negra.

Viscosa.

Palpitante.

Como si estuviera viva.

Los bambúes estaban envueltos por aquella sustancia.

La Cuesta Invertida había desaparecido bajo ella.

Incluso la casa japonesa estaba siendo absorbida lentamente.

Y de la masa surgían astillas negras.

Miles de ellas.

Como espinas creciendo sin control.

—No...

Alil dio un paso atrás.

—No puede ser.

Entonces vimos algo aún peor.

La masa se movía.

Lentamente.

Extendiéndose hacia la selva.

Como una enfermedad.

Como una infección.

Como si estuviera intentando cubrir el mundo entero.

Y en medio de aquella oscuridad vimos dos luces amarillas.

Observándonos.

A lo lejos.

Entre la masa.

No esperamos a descubrir si eran realmente sus ojos.

Huimos.

Nos internamos en la selva.

Cada vez más lejos.

Sin rumbo.

Sin plan.

Solo alejándonos de aquella cosa.

Esa noche nos escondimos dentro de una cueva cubierta de raíces.

Nadie habló durante horas.

Solo escuchábamos la lluvia golpeando la entrada.

Finalmente Staril rompió el silencio.

—¿Qué hacemos ahora?

Nadie respondió.

Porque por primera vez desde que empezó toda esta historia...

No teníamos un maestro.

No teníamos dojo.

No teníamos hogar.

Y quizá tampoco teníamos un enemigo al que pudiéramos derrotar.

Mientras tanto, muy lejos de allí, la masa negra seguía extendiéndose.

Y dos ojos amarillos observaban la selva desde la oscuridad.

Esperando.




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