Tiempo y masa 2: La isla castigo y sus sirvientes

Capítulo 7

La mañana siguiente fue extraña.

Nadie quería separarse.

Pero Rask insistió.

—Si vais juntos, tardaréis demasiado.

—Y mientras tanto, la masa negra seguirá extendiéndose.

Extendió un mapa sobre una mesa.

La Isla Castigo era muchísimo más grande de lo que imaginábamos.

Estaba dividida en tres enormes regiones.

Región del agua y cuevas de cristales

Región de los pantanos y praderas malditas

Región del aire y volcanes

—Cada región tiene dos o tres sirvientes del Castigador —explicó Rask—. Sé que hay nueve en total.

—¿Y si derrotamos a los nueve?

—Debilitaréis su influencia.

—¿Y luego?

Rask guardó silencio.

—Luego vendrá lo difícil.

Eso no me gustó nada.

Alil fue enviado a la Región del agua.

Staril partió hacia la Región de los pantanos

Y yo...

—Tú vienes conmigo.

Rask señaló el norte.

—A la Región del Aire.

Dos días después

Tras atravesar montañas y acantilados, llegamos.

Y me quedé boquiabierto.

Las aldeas no estaban en el suelo.

Flotaban.

Enormes plataformas de roca suspendidas en el aire.

Puentes colgantes conectaban unas con otras.

Molinos impulsados por corrientes invisibles giraban lentamente entre las nubes.

Y allí vivían sus habitantes.

Seres humanoides con rasgos de ave.

Algunos tenían alas completas.

Otros solo plumas en brazos y cabeza.

Algunos poseían enormes colas emplumadas.

—Bienvenido a los Cielos de Aeralia —dijo Rask.

Y entonces vi algo aún más increíble.

Cristales azulados flotaban alrededor de las construcciones.

Algunos impulsaban ascensores.

Otros iluminaban calles.

Otros movían máquinas.

—¿Magia?

Pregunté.

—No exactamente.

Rask recogió una pequeña piedra brillante.

—Energía astral.

La piedra emitió una luz azul.

—Toda la tecnología de la isla funciona gracias a esto.

—Motores astrales.

—Armas astrales.

—Motores de vuelo.

—Escudos.

Miré una aeronave flotante que cruzaba el cielo.

—Vale.

Eso es muchísimo más impresionante que una bicicleta.

Rask soltó una carcajada.

Pero entonces se puso serio.

—Recuerda por qué estamos aquí.

Sacó un viejo pergamino.

En él aparecía dibujada una criatura.

Un ser alargado.

Cubierto de plumas negras.

Con seis alas.

Y dos ojos amarillos.

Sentí un escalofrío.

—¿Uno de los sirvientes?

Rask asintió.

—Se llama Vhar-Kel.

—El Vigía del Aire, le llaman, pero maneja el fuego.

Señaló un volcán flotante a lo lejos.

Una gigantesca isla suspendida entre las nubes.

Y entonces vi algo.

Encima de aquella isla flotante había una enorme estructura de energía astral.

Parecía una torre.

Pero estaba cubierta de masa negra.

Las mismas astillas sobresalían de ella.

—Ahí vive.

Dijo Rask.

En ese momento el cielo se oscureció.

Las aves humanoides dejaron de hablar.

Los molinos dejaron de girar.

Y una gigantesca sombra cruzó las nubes.

Muy arriba.

Demasiado arriba para distinguirla bien.

Solo vi seis enormes alas negras.

Y dos ojos amarillos brillando entre las nubes.

Toda la ciudad quedó en silencio.

Y por primera vez comprendí por qué le llamaban el Vigía.

Porque ya sabía que yo había llegado.




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