La ciudad flotante de Aeralia estaba inquieta.
Desde que la enorme sombra había cruzado el cielo, nadie parecía tranquilo.
Las aves humanoides cerraban puertas.
Guardaban provisiones.
Y evitaban mirar hacia las nubes.
Aquella misma tarde me llevaron a una forja astral.
Un enorme edificio construido sobre una plataforma flotante.
Cristales azules iluminaban el interior.
—Si vas a enfrentarte a un sirviente del Castigador, necesitarás esto.
Un anciano herrero golpeó una palanca.
Una plataforma se elevó lentamente.
Y encima había una armadura.
—¿Es para mí?
El herrero me observó.
Luego observó mi forma de juguete.
Luego volvió a observarme.
—No iba a fabricar una armadura humana para alguien que puede abrirse la cabeza por la mitad.
—Punto para usted.
La armadura era impresionante.
Tenía placas moradas reforzadas con acero astral.
Los hombros estaban cubiertos por púas curvas.
Y el casco tenía varias piezas móviles que podían abrirse cuando aparecían mis mandíbulas.
—Vale.
Esto sí que da miedo.
—Era la idea.
Me la puse.
Sorprendentemente encajaba perfectamente.
Cuando me miré en un cristal pulido casi no me reconocí.
Parecía una mezcla entre caballero y monstruo.
—Ahora sí pareces alguien capaz de asustar pesadillas.
Comentó una joven ave humanoide.
—Gracias... creo.
Más tarde apareció un nuevo compañero.
Un arquero.
Alto.
Delgado.
Con plumas marrones en el cabello.
Y una enorme cicatriz atravesándole una ceja.
—Philip.
Dijo extendiendo una mano.
—Martín.
—He oído que derrotaste dinosaurios.
—Y yo he oído que disparas flechas.
—Buen punto.
Nos caímos bien inmediatamente.
Aquella misma noche Rask nos explicó la misión.
—El Vigía del Aire controla el fuego.
—¿Cómo?-dijo Philip. Parecía que yo era el único, con rask, que sabía sobre vhar-kel-.
—Pues sí, querido arquero, vhar kel maneja el fuego y el aire, pero...
Rask señaló el mapa.
—El fuego aquí no nace de volcanes.
Nace de corrientes astrales calientes que recorren las montañas flotantes.
Y marcó una zona.
La Montaña del Calor
Una enorme isla suspendida sobre un océano de nubes.
—Vhar-Kel fue visto allí por última vez.
—Entonces allí iremos.
A la mañana siguiente partimos.
Philip y yo atravesamos puentes suspendidos.
Acantilados flotantes.
Y senderos rodeados de nubes.
A medida que avanzábamos el aire se volvía más caliente.
Más seco.
Más difícil de respirar.
Finalmente vimos la montaña.
Era gigantesca.
Y de sus grietas escapaban columnas de energía roja.
Como si estuviera ardiendo desde dentro.
—No me gusta esto.
Dijo Philip.
—A mí tampoco.
Comenzamos el ascenso.
Durante horas no encontramos nada.
Ni criaturas.
Ni rastros.
Ni señales del Vigía.
Solo rocas calientes.
Y viento.
Demasiado viento.
Entonces ocurrió.
El suelo vibró.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Las piedras comenzaron a rodar ladera abajo.
—¿Has sentido eso?
Preguntó Philip.
—Sí.
La montaña volvió a temblar.
Esta vez mucho más fuerte.
BOOOOOOM
Una enorme grieta apareció a pocos metros de nosotros.
El calor aumentó de golpe.
Y desde las profundidades de la montaña surgió un rugido.
Un rugido tan potente que las nubes se apartaron.
Philip tensó su arco.
Yo cerré los puños.
La energía rosa apareció alrededor de mi armadura.
Y algo gigantesco empezó a ascender desde el interior de la montaña.
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Editado: 07.06.2026