Abrí los ojos lentamente.
Todo estaba borroso.
Verde.
Todo era verde.
Intenté moverme.
No pude.
—¿Qué...?
Entonces recordé.
La niebla.
El pantano.
La torre.
Y aquellos ojos amarillos.
Después...
Nada.
Un vacío completo.
Intenté incorporarme.
Imposible.
Y entonces comprendí dónde estaba.
Me encontraba dentro de una enorme cápsula de cristal.
Llena de agua.
El líquido llegaba hasta mi cuello.
Burbujas subían lentamente alrededor de mí.
Y varios tubos atravesaban el cristal.
Uno de ellos terminaba conectado a mi mano.
Una aguja metálica estaba introducida en el dorso.
Un líquido verde brillante recorría el tubo.
Entrando directamente en mi cuerpo.
—¿Qué demonios...?
El pánico empezó a subir.
Intenté arrancar el tubo.
No pude.
Mis brazos apenas respondían.
Fue entonces cuando noté algo sobre mi rostro.
Una máscara.
Una máscara respiratoria.
Al menos podía respirar.
Pequeño consuelo.
Miré alrededor.
Y el miedo aumentó.
Había más cápsulas.
Muchas más.
Decenas.
Quizá cientos.
Distribuidas por todo el laboratorio.
Algunas estaban vacías.
Otras contenían criaturas extrañas.
Anfibio-humanos.
Animales.
Seres que jamás había visto.
Todos suspendidos dentro del líquido verdoso.
Dormidos.
O inconscientes.
No quería averiguar cuál de las dos opciones era correcta.
—Nira...
Busqué desesperadamente.
Y entonces la encontré.
Tres cápsulas más allá.
También estaba dentro de una cápsula.
También tenía tubos conectados.
También llevaba una máscara respiratoria.
Pero seguía inconsciente.
—¡Nira!
Golpeé el cristal.
Nada.
Ni siquiera se movió.
Entonces escuché voces.
Al otro lado del laboratorio.
Dos figuras caminaban entre las cápsulas.
Llevaban batas verdes.
Y máscaras con forma de rana.
—El sujeto 47 muestra buena adaptación.
—¿Y el sujeto 48?
Uno de ellos consultó una tableta astral.
—Compatible.
—Excelente.
Sentí un escalofrío.
Miré alrededor.
Cada cápsula tenía un número.
La mía.
47
La de Nira.
48
No me gustó absolutamente nada.
—¿Qué están haciendo?
Uno de los científicos anfibios sonrió.
—Preparándolos.
Mi corazón se detuvo.
Porque acababa de hablarme directamente.
Sabía que estaba despierto.
El científico se acercó lentamente.
Y apoyó una mano sobre el cristal.
—No tengas miedo.
Eso nunca tranquiliza a nadie.
—¿Preparándome para qué?
La sonrisa se hizo más amplia.
—Para conocer a nuestro señor.
Las luces verdes del laboratorio parpadearon.
Y desde algún lugar de las profundidades del complejo...
Se escuchó un rugido.
No era un rugido animal.
Sonaba húmedo.
Profundo.
Y gigantesco.
El agua de mi cápsula vibró.
Los científicos parecían satisfechos.
Y yo tuve la sensación de que acababa de despertar en el peor lugar posible.
Editado: 07.06.2026