El sol de Bernabé parecía estar de buen humor aquella tarde. Las nubes se retiraban con discreción, dejando el cielo despejado solo para ellos, y el aire traía ese aroma dulzón de las confiterías del centro, mezclado con una promesa de travesura flotando en el ambiente. El bar de Don Ernesto bullía con murmullos, risas, tazas chocando y los clásicos comentarios de los parroquianos sobre el clima o el último disparate de Clara. Y en su rincón habitual, como si fueran parte del mobiliario, estaban ellos: Rita y Javier, la pareja estrella del pueblo, aunque ellos hicieran como que no sabían nada.
—Parece que hoy nos miran más que a los pasteles de frambuesa del mostrador —dijo Javier, estirándose como gato al sol.
—Normal —respondió Rita, sin levantar la vista del menú—. Somos el entretenimiento romántico de Bernabé. El pueblo nos shippea más que a los protagonistas de las telenovelas de la tarde.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende. Si seguimos siendo encantadores, nos aplauden. Si rompemos, nos crucifican.
Javier fingió estremecerse. —Mejor sigamos juntos. Por el bien de nuestros huesos... y nuestros corazones.
—Y por la de Clara, que ya debe tener redactado el artículo: "Escándalo amoroso en el café de Don Ernesto. Una historia de pasión, lágrimas y jugo de naranja".
Ambos rieron al mismo tiempo, como si hubieran ensayado ese momento. Se veían felices. Y lo estaban. Pero entre las bromas y las risas, flotaba algo más. Algo que Rita todavía no se animaba a nombrar.
Sentados en la mesa del rincón —la suya, porque ya todos en el bar sabían que esa era su mesa— compartían un jugo de naranja mientras sonaba un bolero instrumental que parecía seguir el ritmo de sus silencios.
—¿Estás bien? —preguntó Javier, inclinándose apenas hacia ella.
Rita fingió una sonrisa, de esas que maquillan la inquietud. —Sí... solo un poco cansada.
Él tomó su mano con naturalidad. Un gesto suave, pero firme, como quien sostiene una verdad que no se ha dicho aún.
—¿Clara sigue insistiendo con lo del periódico? —preguntó Javier, intentando aligerar el ambiente.
Rita rió con más sinceridad esta vez. —Sí. Ahora dice que quiere una sección semanal llamada "Rumores con respaldo emocional". Según ella, no es chismosa, es comunicativa de vocación. Y va en serio, ya mismo convence al director de que investigará todo con "fuentes verificadas". Las fuentes son los vecinos, claro.
—Entonces ya no se puede respirar en este pueblo sin salir en la próxima edición —dijo él, divertido.
La risa compartida duró apenas unos segundos. Luego, como si una sombra se hubiera colado entre ellos, volvió el silencio.
—Rita —dijo Javier con voz más grave—. ¿Hay algo que me estás ocultando?
Ella se quedó quieta. No por ocultar algo. Sino que quería encontrar una respuesta que aún no tenía. Tomó aire, lo sostuvo unos segundos, y empezó a hablar sin mirarlo directamente.
—No es que no quiera decirte... —susurró—. Es solo que hay partes de mi historia que siguen siendo un enigma para mí. A veces siento que intento recordar algo que nunca fue del todo claro. Y si empiezo a hablar... tengo miedo de no poder responder todo lo que quizás tú quieras saber, porque muchas veces ni yo misma tengo esas respuestas.
Javier asintió con suavidad. El silencio que siguió no fue incómodo, sino necesario. Como si ambos supieran que las verdades importantes no se dicen a gritos ni con prisa.
—Claro que quiero saberlo todo —dijo él con voz serena—. Pero si aún estás descubriéndolo, si hay cosas que estás procesando... no importa. No vine a buscar certezas, vine a caminar contigo. No necesito que me entregues un mapa terminado, me basta con que quieras que estemos en la misma ruta.
Rita lo miró, emocionada. Por un momento, su pecho se alivió de esa presión que llevaba dentro desde hacía semanas.
—Gracias por entenderme —dijo—. Prometo contarte todo cuando tenga las palabras, cuando tenga al menos un poco más claro lo que ahora es solo confusión. Te amo, Javier. Y cuando pienso en el futuro… siempre te veo ahí.
Javier se puso de pie, despacio, y con una sonrisa que no necesitaba explicaciones, le tomó la mano.
—Entonces no hay apuro. Si estoy en tu futuro, yo me quedo en tu presente. Hasta que estés lista.
Ella cerró los ojos por un instante, profundamente conmovida. Al abrirlos, asintió con una sonrisa tranquila, sin saber que en ese momento estaba apenas suspendida en el aire, flotando levemente sobre la silla. No era magia, pero en la percepción de Rita, el amor era tan puro y liviano que por un instante sintió que flotaba, apenas separada del suelo por la emoción del momento. Nadie en el bar lo notó. Ni siquiera Javier. Pero ella lo supo. Afuera, el aire de Bernabé parecía más liviano, como si amar sin miedo hiciera que el mundo respirara distinto.
Desde la otra acera, Germán y Elvira habían presenciado todo. Ocultos tras el reflejo de la vitrina de una tienda cerrada, parecían dos espías improvisados con el corazón en la garganta. Ninguno dijo palabra mientras observaban cómo Rita y Javier reían, se tomaban de la mano y se perdían en una conversación de las que, por fuera, parecen simples, pero por dentro lo cambian todo.
—No me gusta esta farsa —murmuró Elvira, apenas audible, pero con la carga de quien lleva semanas callando.
—Ella nos lo pidió —dijo Germán, acariciando el lomo gastado del libro de tapas de cuero que llevaba siempre consigo—. Dice que todavía no está lista, que hay verdades que aún no termina de aceptar ni para ella misma. Y si Javier lo supiera ahora, podría irse... y ella no está preparada para perderlo.
Elvira bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior. —¿Y nosotros sí lo estamos?
Germán no respondió. Se limitó a apretar el libro con más fuerza.
Elvira se giró un poco para ver nuevamente a la pareja al otro lado del bar. —Los vi. Por un momento, era como si el mundo desapareciera y solo existieran ellos dos. ¿Viste cómo lo miraba? Si eso no es amor, no sé qué lo es.