Tiempos Nuevos

X. EL ESPEJO QUE NO SOY

La tarde había cedido paso a un crepúsculo suave. El paseo había sido tranquilo en apariencia: charlas, risas, caminatas cortas por la orilla. Pero para Rita, la tranquilidad era apenas una ilusión. Cada vez que giraba la cabeza, Clotilde estaba cerca. No demasiado como para invadir, pero lo suficiente para que su presencia se sintiera como un roce constante en la nuca.

Desde que Rita huyó de la caverna habían pasado muchos años. Tanto, que incluso con toda su magia, Clotilde no había podido reconocerla. Ahora Rita era parte del paisaje de Bernabé: hablaba como los demás, vestía como una más del pueblo y su vida se mezclaba con las rutinas y chismes locales. Nada en su apariencia delataba que alguna vez fue una forastera… y mucho menos, lo que había dejado atrás.

Al caer la noche, encendieron una pequeña fogata junto a la laguna. El fuego chisporroteaba y el reflejo danzaba sobre el agua. Algunas traían café; otras, sidra improvisada. La brisa nocturna movía el agua con suavidad… hasta que algo cambió.

Rita, sentada junto a María y Violeta, sintió un pulso extraño en el aire, como un latido que no era suyo. El agua, antes tranquila, tuvo un leve temblor circular. Un par de luciérnagas volaron bajo, y sus destellos dibujaron un patrón que Rita reconoció… aunque hubiera preferido no hacerlo.

—¿Viste eso? —preguntó Violeta.—¿Qué? —Rita fingió no entender, mientras notaba que Clotilde la observaba desde el otro lado del fuego.

—Rita… o Clara… o quien seas hoy —dijo María, medio en broma—, ¿por qué demonios te presentaste como Clara?

—Fue un impulso. Pensé que sería más sencillo así.—¿Sencillo? —insistió Violeta.

Rita miró la fogata, luego susurró:—No puedo explicarlo ahora. Es mejor que me sigan el juego… y que no digan nada. Ni a Sandra, ni a nadie. Mucho menos a Clotilde.

María y Violeta se miraron y asintieron. No entendían, pero sabían que no era momento de presionar.

En ese momento, Sandra apareció con Clotilde, acercándose al grupo y cortando en seco la conversación. Clotilde, con una sonrisa tan amable como afilada, se sentó junto a ellas con movimientos pausados, se acomodó la pañoleta con delicadeza y, tras una pausa calculada, dejó caer su frase como quien lanza una piedra al agua:

—Vaya, “Clara”… eres muy distinta a lo que Sandra me describió.

Sus ojos se desviaron un instante hacia Sandra, que se removió incómoda en su asiento.

—¿Distinta cómo? —preguntó Rita, con voz tranquila.

—Diría que observas más de lo que hablas… —continuó Clotilde, ladeando la cabeza—. ¿O será que prefieres guardar tus “noticias” para ti? —La pregunta tenía ese filo disfrazado de cordialidad, como si midiera cada reacción.

—Depende de la noticia —replicó Rita, dejando que la sonrisa le rozara apenas los labios—. Algunas se digieren mejor en silencio.

Clotilde sonrió de vuelta, pero sus ojos permanecieron fríos.

—Ah… pero el silencio también cuenta cosas —dijo, casi en un susurro—. A veces, más de las que uno quisiera.

María soltó una risita nerviosa, Violeta se aclaró la garganta, y Sandra, intentando romper la tensión, fingió que se acomodaba el cabello. Rita sostuvo la mirada de Clotilde unos segundos más, sin dejar que su propio gesto se quebrara.

La charla derivó en temas triviales, hasta que tres cuervos comenzaron a volar en círculos sobre ellas, graznando con tanta insistencia que María bromeó.

—Parece que vienen a reclamar su porción de galletas.

—Pues que se apuren, que aquí no sobra —añadió Violeta, intentando restarle importancia.

Los cuervos se alejaron hacia el bosque y, de pronto, como si el aire se hubiera puesto travieso, los snacks cambiaron de sabor de la forma más absurda: de queso pasaron a pescado crudo con cebolla, como si alguien hubiera mezclado la lonchera con la mesa de una pescadería en pleno verano. María fue la primera en fruncir la nariz y mirarse la galleta como si estuviera viva.

—Esto… ¿es normal aquí? —preguntó Violeta, a medio camino entre la risa y la arcada.

—Normal, no. Divertido… tampoco —respondió María, ya con los ojos aguados.

El café tampoco se salvó; al probarlo, Rita sintió que sabía a agua con sal y un toque tan fuerte de ajo que le picó la lengua. Violeta lo escupió en una servilleta mientras María intentaba pasarlo con un trago de sidra… que también había cambiado a un sabor indescriptible.

Las cuatro se miraron, haciendo muecas, tosiendo y riendo al mismo tiempo por lo ridículo del momento.

—Si esto es gourmet, prefiero mi pan con mantequilla y sin sorpresas —soltó María, lo que provocó otra ronda de risas que esta vez fueron más largas que nerviosas.

Clotilde soltó una carcajada baja, disfrutando de la confusión. Rita comprendió enseguida que aquello no era coincidencia: un pequeño truco para jugar con ellas. Pero eligió no reaccionar, como si no lo hubiera notado.

La visita a la laguna fue apagándose poco a poco, con las últimas conversaciones flotando en el aire y algunas miradas distraídas hacia el agua que ya reflejaba las primeras estrellas. El frescor de la noche empezaba a colarse por la ropa y, entre sorbos de café y risas suaves, se notaba que el día llegaba a su fin.

Clotilde y Sandra fueron las primeras en levantarse. No fue una decisión espontánea; Clotilde, con su típica cortesía firme, dejó claro que debían marcharse ya, y Sandra, sin mucho margen para replicar, asintió y comenzó a recoger sus cosas. Se despidieron con sonrisas formales y un par de promesas vagas de “volver a verse pronto” antes de alejarse por el sendero.

Poco después, María, Violeta y Rita empezaron a guardar las mantas, sacudiendo la arena pegada y doblándolas con calma. Entre las tres recogieron los restos del picnic, moviéndose despacio, como si ninguna quisiera ser la primera en romper el silencio. Ese silencio no era incómodo, pero sí espeso, lleno de la conversación pendiente que todas sabían que llegaría.




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