Rita agarró a Clara del brazo y la llevó por la calle de atrás, directo hacia la casa de Germán y Elvira. No era un paseo, era una retirada estratégica: pasos rápidos, mirada al frente y cero ganas de cruzarse con nadie.
A Clara le costaba seguirle el ritmo. No por falta de piernas, sino por exceso de nervios. Cada vez que pasaban junto a una ventana, Clara sentía que hasta las cortinas las juzgaban.
La calle estaba demasiado quieta. En Bernabé, ese tipo de silencio nunca es paz; es el pueblo conteniendo el aliento antes del chisme... o antes del susto. Rita lo entendió y apretó más el paso, como si llegar a esa casa fuera lo único que todavía podía controlar.
—Si esto fuera película, ya nos habría salido un perro a ladrar —susurró Clara, mirando cada esquina.
—Shh... no lo invoques —murmuró Rita, sin bajar el ritmo.
Clara se tocó el pecho, dramática.
—Perdón, Señor Destino. Yo solo quería una vida simple: pan, chisme moderado y cero brujas.
Rita no rio, pero le tembló una sonrisa. En tiempos como esos, una sonrisa era casi una oración.
Apenas llegaron, Germán abrió el portón del patio y las metió de una, como si la calle fuera a chismearles la tragedia en la cara.
—Entren —dijo, sin hacer preguntas—. Rápido.
Elvira apareció detrás, con la cara de quien ya tuvo una mala corazonada... y encima se le cumplió.
—Ay, hijita... —se le salió al ver a Rita—. Si estás aquí, es porque sabes que algo pasó.
Clara cerró el portón y se quedó pegada a la madera, escuchando, por si el aire venía con novedades.
—Necesito hablar con ustedes —dijo Rita—. Hoy.
Germán no preguntó dos veces. Señaló la mesa con un gesto corto, sin espacio para dramatismos... aunque en Bernabé siempre se cuela uno.
—Siéntate —dijo—. Y cuéntame qué está pasando.
Rita obedeció. Se sentó despacio. Sentía que el cuerpo le pesaba más de lo normal. Se apretó las manos, dedos contra dedos, amarrándose a algo para no desarmarse ahí mismo.
—Clotilde ya sabe que estoy en Bernabé.
La frase cayó y el cuarto se quedó quieto. Elvira se puso pálida del miedo.
—¿Cómo...? —alcanzó a decir, como si la pregunta fuera un intento de arreglar el mundo.
Rita tragó saliva.
—La vi —dijo, apretando la mandíbula—. Estuvo en mi casa... y no sé cómo pude escaparme sin que me atrapara. Luego, en el concierto, la sentí detrás de mí. No fue casualidad que las luces hicieran ese gran despliegue que todos vimos.
Se acomodó en la silla, obligándose a contar sin enredarse.
—Salí de ahí como pude. Todo era para asustarme. Para decirme: "ya te encontré".
A Clara le dio por abrir la boca justo cuando el ambiente se puso serio, porque Clara es así: si no mete un chiste, se le sale el pánico por las orejas.
—Ok... entonces confirmamos que esto no era un "mal día de electricidad", sino un "mal día de bruja" —murmuró—. Qué bonito. Qué... tranquilizador.
Germán le lanzó una mirada de "respira".
Clara levantó las manos, rendida.
—Ya, ya. No digo nada. Solo... si alguien pregunta, yo estaba rezando por la energía... aunque yo no rezo, pero ustedes me entienden.
Elvira respiró hondo y, antes de que Rita pudiera decir más, soltó la noticia como quien se quita una piedra del pecho:
—Rita... Javier se fue.
Rita se quedó quieta.
—¿Se... fue?
Germán asintió, con la mandíbula dura.
—Esta madrugada. Se levantó antes de que cantara el primer gallo. Quiso irse sin decirle nada a nadie. Ni a nosotros.
—¿Y por qué no...? —Rita no pudo terminar.
Elvira apretó los labios.
—Porque está lleno de rencor, hija.
Clara hizo un sonido indignado, muy bajito.
—Ajá. Rencor. Como si Rita hubiera pedido ser... —se tragó el resto, porque Rita la miró con ojos de "no ahora".
Germán sacó un papel doblado del bolsillo.
—Dejó esto. Para nosotros. No para ti.
Rita ni siquiera lo tocó. Le bastó verlo para sentir que le quemaba.
—¿Qué dice? —preguntó, con la voz más chica.
Elvira habló despacio, cuidando cada palabra.
—Dice que no puede quedarse donde todo le recuerda lo que no entiende. Que aceptó la beca para irse a estudiar música. Que... está dolido contigo.
—¿Mucho? —se le escapó a Rita.
Germán sostuvo la mirada.
—Lo suficiente como para huir sin despedirse.
El silencio se quedó sentado con ellos, como un invitado pesado.
Rita tragó saliva y el golpe le cayó por dentro, seco. Javier no se había ido solo por música: se había ido porque se sintió traicionado. Porque ella nunca le dijo la verdad. Porque él la miró con amor... y luego descubrió que había una parte enorme de Rita que no conocía.
Y lo peor era que Rita lo sabía. Le dolía, sí, pero también le parecía justo. Ese rencor, aunque le partiera el pecho, tenía lógica.
Solo que no había tiempo para desmoronarse. No todavía.
Rita guardó ese dolor donde guardaba lo más frágil —bien adentro, junto al amor que aún le tenía— respiró hondo. Se obligó a seguir.
Primero había que resolver lo de Clotilde. Después... después vería qué hacía con el corazón.
—Entonces tenemos menos tiempo.
Elvira frunció el ceño.
—¿Menos para qué?
Rita levantó la mirada.
—Para el libro.
Germán miró a Clara con una paciencia que ya venía usada.
—Clara... ¿nos haces un favor? —dijo—. Necesitamos quedarnos un momentito solos.
Clara parpadeó.
—¿Solas...? ¿O sea yo soy "ruido"? —se señaló el pecho—. Yo soy ambiente.
Elvira le tocó el brazo, suave.
—No es por mala. Es que esto es delicado... y tú, mi amor, eres como un altavoz.
—¡Mentira! —protestó Clara—. Yo soy discreta... y comunicativa.
Germán levantó una ceja.
—La última vez que fuiste "discreta", medio Bernabé se enteró antes que tú.
Clara abrió la boca, ofendida y... un poquito convencida.
—Ya... ok... —refunfuñó—. Siempre me toca perderme la parte buena. Luego andan diciendo "Clara, no digas nada" y yo ni sé qué no tengo que decir.