Tiempos Nuevos

XXII. LA DEFENSA INMEDIATA

En la casa de Germán seguían los tres alrededor de la mesa, como si esa madera fuera el único lugar del pueblo donde el miedo podía sentarse sin hacer escándalo.

El libro estaba abierto en el centro. No parecía un libro de verdad: era más bien una conversación antigua que nadie había pedido tener. La lámpara iluminaba lo justo y dejaba el resto de la sala en penumbra; allí el silencio se mantenía demasiado quieto, atento.

Rita clavó los ojos en las páginas, con el cuerpo rígido, como si leer fuera una forma de sostenerse en pie. Germán pasaba las hojas despacio, concentrado; cada vuelta sonaba exagerada en esa sala. Elvira alternaba la vista entre el texto y el rostro de Rita, midiendo el susto sin decirlo.

—Bueno... —murmuró Elvira, buscando un chiste pequeño para no temblar—. En Bernabé uno entra a una casa y el pan te juzga... ahora también el libro.

Germán siguió buscando donde más cuesta: en los bordes. Márgenes con notas, rayas casi invisibles, esa letra mínima que alguien escribe cuando quiere esconder el mundo en una esquina.

Entonces se detuvo.

Entre dos páginas, una hoja había sido arrancada. No era desgaste: parecía quitada a propósito, como si alguien hubiera metido los dedos ahí —justo ahí— y se hubiera llevado lo que no convenía que nadie leyera.

Germán rozó el borde con la yema del dedo. Apretó la mandíbula.

—Aquí falta algo.

A Rita se le tensó el cuello.

—¿Y eso estaba así... desde cuándo?

—Desde antes de que lo necesitáramos —respondió Germán, sin mirarlas—. Por eso me preocupa.

Rita se aferró al collar.

—Clotilde ya me encontró. Ya no hay tiempo para rodeos. Necesito una defensa, Germán. Algo que la frene.

Germán alzó la mirada y asintió, grave.

—¿Y si lo que falta estaba justo ahí? —preguntó Elvira.

Germán no respondió enseguida. Cerró el libro apenas con la palma, sin presionar, como si antes tuviera que ordenar la cabeza.

—Antes de pensar en trucos —dijo—, necesito que tengas claro lo que este libro ya me mostró días atrás. Esto no es solo defenderte... es no dejarle a la sombra un lugar donde agarrarse.

Rita levantó la vista.

Germán abrió de nuevo, buscó una marca y habló con calma contenida.

—Aquí explica cómo trabajan las brujas malas: no persiguen por capricho. Cazan a las brujas buenas para robar su magia. Clotilde busca tu fuerza como alimento. Por eso te encontró y por eso insiste.

Elvira frunció el ceño.

—Si llega el momento de enfrentarla —continuó Germán—, escucha esto bien. El poder de una bruja mala no se destruye cuando la derrotas. Si es que la derrotas. Queda suelto. Busca dónde quedarse... y a quién. Y si tú la enfrentas, lo primero que encuentra es a ti.

Habló sin adornos.

—Si actúas con rabia, si improvisas, si te dejas llevar por el miedo, ese poder se te pega. No te cambia de un golpe, pero te contamina: nubla la cabeza, tuerce decisiones. Clotilde no quiere que ganes; quiere absorber tu magia. Por eso, si la enfrentas mal, además del riesgo de perder, te expones a quedarte con su maldad.

Rita se humedeció los labios.

—Entonces también tengo que cuidarme yo.

—Exacto —dijo Germán—. El libro insiste en dos cosas: orden y calma.

Golpeó la página con suavidad.

—Para defenderte no necesitas ideas. Necesitas cuatro cosas y un lugar.

Se inclinó un poco.

—Un círculo mágico. Un amuleto sencillo. Un espejo antiguo. Y una gota de tu sangre, voluntaria y en calma.

—¿Y el lugar? —preguntó Rita.

—Es parte del ritual. El círculo correcto, en el sitio correcto. Si te equivocas de lugar, no sirve.

Deslizó el dedo por la línea.

—Tiene que ser un sitio abierto, sin techo ni árboles encima, orientado al recorrido del sol. Aquí en Ecuador la luz cae distinta, más pareja; el libro dice que eso vuelve más fuerte al círculo cuando está bien alineado. Si das con el lugar y lo orientas bien, ya tienes la mitad hecha.

—¿Y la Pachamama? —preguntó Rita.

—El círculo no trabaja solo. De día el sol lo carga. De noche suelta esa carga y se vuelve protección... o se vuelve en tu contra si fallas en la orientación.

Pasó a la siguiente parte.

—El cuándo también importa. La noche del 31 de octubre todo está más suelto. Es Halloween, antes de que termine el Samhain. La frontera se adelgaza.

Bajó la voz.

—Esa noche todo se amplifica. Lo que protege protege más... y lo que daña también. Por eso no puedes improvisar.

Leyó el orden.

—Primero permaneces dentro del círculo. Luego el amuleto en el centro. Después el espejo: es el que devuelve la sombra. Y al final, la gota de sangre. Con calma. Sin miedo. Si lo haces alterada, el ritual se te voltea.

Cerró la mano sobre el libro.

—Cuando llegue el momento, ese lugar se va a sentir. Y en Bernabé, lo que se siente casi nunca es casualidad.

Tal vez, visto desde arriba, el pueblo tendría un punto exacto donde algo brillante tocó tierra y nadie lo notó, como si el suelo lo hubiera guardado para después.

Germán volvió a mirar el corte de la hoja.

—Esto nos dice qué buscar y qué evitar. No vamos a resolverlo todo hoy. Ahora necesitamos algo que la frene y nos compre tiempo.

—¿Y si lo que falta era justo eso? —preguntó Rita.

—Puede ser —dijo Germán—. O puede que lo arrancaran para que nadie lo use. Eso solo confirma dos cosas: que funciona... y que a alguien le daba miedo.

Rita respiró hondo.

—Dame el libro.

Elvira abrió los ojos.

—¿Llevarlo tú? Rita asintió.

—Sí. No quiero exponerlos más. Ni a ustedes ni a nadie. Si me ven entrando y saliendo de aquí, si me ven cerca... los meto en la mira.

Germán frunció el ceño.

—Rita, ese libro...

—Por eso mismo —lo cortó ella, firme—. Si Clotilde ya me ubicó, el peligro viaja conmigo. Yo me encargo. Voy a seguir estudiando esto, voy a moverme, voy a esconderme si toca. Pero no voy a dejar que le pase algo a ustedes por estar cerca de mí.




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