El aire en Bernabé había dejado de ser aire para convertirse en una advertencia. Ya no olía a tierra mojada ni al pan de anís que solía hornearse a esa hora en las casas del centro; ahora, el viento arrastraba un rastro metálico, una estática azulina que erizaba la piel y hacía que los perros ladraran a la nada en las esquinas. El pueblo contenía la respiración, como si las montañas mismas supieran que el calendario estaba a punto de marcar una fecha prohibida.
Rita no estaba allí para verlo. Hacía horas que había abandonado la seguridad de la casa de Germán, desoyendo sus consejos. No podía quedarse quieta. Sentía que si permanecía bajo un techo, se convertiría en un animal enjaulado esperando al cazador.
Se encontraba ahora en los límites altos del valle, cerca de la "Piedra del Rayo", un lugar donde la vegetación crecía torcida y el silencio era absoluto.
No era un sitio elegido al azar, aunque quizás su brújula interna la había guiado allí por instinto y no por lógica. El destino, a veces, tiene un sentido del humor cruel: ese era exactamente el mismo precipicio donde, tiempo atrás, Javier había venido a gritar su frustración al viento. Fue allí, bajo ese mismo cielo gris, donde él tomó la dolorosa decisión de marcharse para intentar sanar. Y fue desde ese mismo borde irregular donde lanzó con rabia el anillo que le recordaba a ella, dejando que la gravedad y el abismo se tragaran la promesa de un amor que parecía imposible. La tierra bajo los pies de Rita guardaba el eco de esa despedida, aunque ella no pudiera verlo.
Ignorando que descansaba sobre el escenario de un corazón roto, Rita estaba sentada sobre una raíz vieja, con el libro de Las Brujas abierto sobre las rodillas. Sus manos, manchadas de tierra y musgo, pasaban las páginas con desesperación. No leía por placer; leía buscando coordenadas.
—"Donde la tierra sangra vapor y el cielo se refleja invertido... allí está el Círculo" —murmuró Rita, repasando el texto con el dedo índice—. El Círculo Mágico. Tiene que ser un lugar físico, no una metáfora.
Levantó la vista y miró el horizonte. Clotilde estaba cerca, podía sentirla. No era una presencia física, sino un picor en la nuca, una sombra en el borde de su visión periférica. Su hermana no la estaba atacando directamente todavía porque, al igual que ella, estaba esperando la alineación del 31 de octubre. Pero Rita sabía que la paz de Clotilde era más peligrosa que su guerra.
—Si encuentro el Círculo antes que ella —se dijo a sí misma, cerrando el libro de golpe—, puedo sellarlo. Puedo evitar que la magia se desborde. Pero si ella llega primero...
Se puso de pie, cargó su mochila y cambió de ubicación, alejándose del precipicio donde aún descansaba, perdido entre las rocas de abajo, el anillo de Javier. No dormía dos veces en el mismo sitio. Se movía como un fantasma por los senderos, buscando esa energía telúrica, ese punto exacto donde el velo entre los mundos se rompería en su cumpleaños. Bernabé, allá abajo, brillaba con luces cálidas, ajeno al duelo de titanes que se libraba en sus fronteras.
Afuera, en el monte, Rita se movía como un fantasma. Pero abajo, en el corazón de Bernabé, la vida latía con un ritmo muy distinto: ruidoso, caótico y con olor a café tostado y madera vieja.
El grupo de amigos se había apoderado de las tres mesas centrales de "El Refugio", el único bar del pueblo que servía tanto desayunos como cervezas, dependiendo de la hora y del ánimo del cliente. El lugar estaba lleno de humo de tabaco y del tintineo de vasos, pero la mesa de los chicos era el epicentro del escándalo.
Estaban en plena "Junta de Guerra" para la fiesta de cumpleaños de Rita.
—¡A ver, concéntrense! —exclamó Clara, golpeando la mesa con una cucharita de café como si fuera un mazo de juez—. La fiesta es mañana en la casa de Victoria y Tomás. ¡En la casa de Victoria! ¿Saben lo que eso significa? Que si cae una sola gota de ponche en sus alfombras persas, Victoria nos mata a todos y luego a Tomás.
Sandra, sentada al borde de la silla, anotaba frenéticamente en una libreta, aunque su mano temblaba ligeramente y sus ojos parecían fijos en un punto vacío de la pared. —Alfombras... cubrir... plástico... —murmuraba Sandra, con esa eficiencia robótica que le había nacido hace unos días.
Pero nadie más le prestaba atención a Clara. En el otro extremo de la mesa, Ricardo y María estaban en su propio mundo. Compartían un trozo de pastel de chocolate con una cursilería que rozaba lo delictivo.
—Abre la boca, avioncito va... —dijo Ricardo, acercándole el tenedor a María. María se rio, apartándole el flequillo de la cara a él con ternura.
—Eres un payaso, Ricardo. Pero el payaso más guapo de Bernabé.
—Y tú la domadora más linda... —respondió él, antes de que ambos se fundieran en una risita cómplice que hizo que el dueño del bar, Don Cosme, negara con la cabeza desde la barra.
Frente a ellos, Benjamín apretaba su vaso de refresco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Violeta, a su lado, masticaba una pajita de plástico con nerviosismo, desviando la mirada hacia la ventana.
—Dios mío, esto es tortura —susurró Benjamín, lo suficientemente bajo para que los tortolitos no lo oyeran, pero claro para Violeta—. Si se dicen "bebé" una vez más, voy a vomitar sobre la mesa.
Violeta soltó un suspiro largo, empujando su silla hacia atrás. El ruido de madera contra madera sobresaltó a Clara.
—¿Saben qué? —dijo Violeta, poniéndose de pie—. Benja y yo vamos a ir a... a ver si llegaron los hielos a la tienda de la esquina. Sí, los hielos. Esos hielos especiales que... no se derriten rápido.
Benjamín captó el salvavidas al vuelo y se levantó de un salto.
—¡Exacto! Hielos de larga duración. Fundamentales. Volvemos en un rato. ¡Pueden seguir sin nosotros!
Antes de que Clara pudiera gritarles que el hielo se compraba mañana, Benjamín y Violeta salieron del bar casi corriendo, buscando el aire fresco de la calle para escapar de la tensión incómoda que generaba la nueva pareja.