Tiempos Nuevos

XXIV. EL INVITADO DE HONOR

La casa de Clotilde no recibía visitas; las engullía. El aire interior poseía una densidad eléctrica, cargado con el rastro metálico de una tormenta estática. En esas paredes no habitaba la calidez, solo el crujir de la madera vieja y el brillo opaco de frascos con sustancias que la lógica de Bernabé preferiría ignorar.

Ricardo, María y Sandra permanecían allí, rígidos. Sus voluntades habían sido silenciadas, dejando paso a una obediencia absoluta que les tensaba la mandíbula y les vaciaba la mirada. Clotilde caminó alrededor de ellos, evaluando su botín humano con satisfacción fría.

—No necesito esclavos que no sepan pensar —sentenció, deteniéndose frente a Ricardo—. Te elegí por esa audacia insolente. Tienes la piel dura para sostener una mentira mientras miras a alguien a los ojos; esa falta de miedo es el escudo que hoy me servirá.

Se giró hacia María, cuya seriedad habitual se había transformado en una máscara de piedra. —María, tu determinación es un motor. Eres la columna de este grupo; si tú das un paso, el resto se siente obligado a seguirte. Esa autoridad natural impedirá que alguien abandone su sitio.

Finalmente, sus ojos se clavaron en Sandra. La observó con curiosidad científica, sabiendo que tras esa fachada de discreción absoluta se escondían las llaves de muchas puertas cerradas.

—Y tú, Sandra... siempre tan mansa, tan inofensiva a simple vista. Eres la guardiana de los secretos que Bernabé no se atreve a pronunciar.

Clotilde se inclinó, obligándola a sostenerle la mirada. El hechizo vibró entre ambas.

—Dime —susurró la bruja—, ¿hay algo más que deba saber? Alguna pieza de este rompecabezas que tu silencio haya protegido y que hoy pueda servirme para que Rita no tenga salida.

Sandra parpadeó lentamente. La lucha interna fue breve; el influjo de Clotilde forzó las palabras hacia la superficie, rompiendo su reserva.

—Javier —soltó Sandra con voz plana—. Javier se fue hace apenas unos días. Empacó su música y sus sueños... no tengo más detalles, solo que ya no está aquí. Él es el gran amor de Rita, su único ancla real a este mundo. Si él no está para verla caer, ella tendrá una razón menos para rendirse.

Clotilde se enderezó y una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios. —Un vínculo de ausencia es incluso más fácil de manipular que uno de presencia.

La bruja se dirigió a una mesa cubierta por un paño negro y reveló un espejo de obsidiana. La superficie, negra y profunda, comenzó a agitarse hasta que una imagen cobró nitidez. En el reflejo apareció un cuarto pequeño y austero. Javier estaba allí, sentado al borde de una cama, afinando su guitarra con melancolía absoluta. Parecía estar a cientos de kilómetros, perdido en una melodía inacabada.

Sandra, cuya torpeza característica afloraba incluso bajo el hechizo, dio un paso al frente tropezando con sus propios pies. Se inclinó sobre el espejo, confirmando la visión con asombro.

—¡Ese es él! —exclamó, señalando el cristal—. Ese es el mismísimo Javier que estás buscando, al que Rita ama con toda el alma. Se ve un poco despeinado, pero supongo que así son los artistas cuando sufren. Se nota que la extraña horrores, tiene esa cara de que le falta un hervor o un abrazo fuerte. Definitivamente es él, Clotilde. Si lo traes para la "sorpresa", Rita se va a quedar de una pieza; se le va a desarmar el mundo en un segundo.

Clotilde soltó una carcajada seca sin apartar la vista del joven.

—Es más que un invitado, Sandra. Él es la estocada final. El punto de quiebre absoluto. Nada destruye más rápido a una "bruja buena" que ver a su amor convertido en el cebo de su propia perdición.

En la casa de los Chiriboga, la mañana avanzaba con luz clara. Clara sostenía el teléfono con una mezcla de entusiasmo torpe y pánico mal disimulado, acomodándose el auricular entre el hombro y la oreja mientras luchaba con el cable.

—¡Feliz, feliz, feliz cumpleaños, Rita! —soltó Clara con una energía que casi hace retumbar el auricular—. Un año más de ser la bruja más linda del pueblo... bueno, la única que me cae bien. Escúchame, no acepto excusas. Victoria y Tomás se han vuelto locos organizando una sorpresa en su casa. Han puesto luces, hay comida y sospecho que Victoria intentará cantar, así que necesitamos refuerzos. ¡A las nueve en punto, no puedes faltar!

Al otro lado de la línea, Rita soltó una pequeña risa, conmovida por la intensidad de su amiga. La alegría de Clara resultaba un respiro necesario.

—Muchas gracias, Clara. De verdad necesitaba escuchar tu voz hoy —respondió Rita con sinceridad—. Prometo que estaré allí. Pero escucha, antes de la fiesta tengo que resolver un asunto personal, algo importante que no puede esperar. No te preocupes, no es nada que deba involucrarte. Solo quiero cerrar este tema para poder disfrutar de la sorpresa. Te doy mi palabra: a las nueve golpeo la puerta de Victoria.

Rita sonrió al colgar. Sentía que, después de tanto caos, una fiesta con sus amigos era exactamente lo que necesitaba para recargar fuerzas. No sospechaba que cada una de sus palabras la acercaba más al centro de la tela de araña que Clotilde tejía con paciencia.

Clara colgó el auricular con una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndose la mejor agente secreta de Bernabé. Se miró al espejo, se retocó el flequillo y salió a la calle con el paso saltarín de quien tiene un chisme bomba entre manos. Mientras caminaba bajo el sol de la mañana, ya saboreaba el momento: ver la cara de Rita cuando todos gritaran "¡Sorpresa!".

Al doblar la esquina de la plaza, divisó tres siluetas familiares.

—¡Pero miren a quiénes tenemos aquí! —exclamó Clara, acelerando el paso—. Ricardo, María, Sandra... ¿qué hacen ahí parados? Parece que planean un asalto al banco o, peor, que se acabaron los sándwiches antes de tiempo.

Clara se acercó con total confianza. Sin embargo, al estar a un metro, algo la frenó. Los tres estaban inusualmente quietos, con los brazos caídos y una expresión de absoluta vacuidad. Sandra, siempre lista con un comentario, ni siquiera parpadeó.




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