El atardecer en Bernabé tenía ese día un color enfermizo, una mezcla de violeta y óxido que manchaba las cumbres de los Andes. El 31 de octubre llegaba a su fin. En el centro del pueblo, los niños corrían con máscaras de plástico y bolsas de caramelos, celebrando una fiesta importada, ajenos a que la fecha marcaba algo mucho más viejo y terrible: Samhain. La noche en que el velo entre los mundos se desgasta hasta volverse transparente.
Rita caminaba lejos del ruido, cruzando los límites conocidos de la geografía local. Dejó atrás los senderos de cabras y se adentró en una espesura que los mapas del catastro dejaban en blanco.
El libro de Germán, apretado bajo su brazo, había dejado de ser un objeto inerte. El cuero antiguo vibraba contra sus costillas, marcando un ritmo frenético, y la temperatura de las tapas subía con cada paso que daba hacia la dirección correcta. No necesitaba leerlo; el grimorio tiraba de ella con gravedad propia. Era una brújula de dolor.
Sus botas rompían una maleza densa, espinosa, que nadie había pisado antes. Los árboles allí crecían torcidos, apretados, cerrando el paso a cualquier caminante casual. Rita dudó ante una pared de zarzas que parecía impenetrable.
El libro reaccionó.
El volumen se abrió de golpe en sus manos, ignorando la ausencia de viento. Las páginas pasaron solas, con un siseo que sonaba a respiración contenida, hasta detenerse en una hoja manchada. La tinta no estaba seca; se movía. Las letras negras reptaban sobre el papel amarillento, reordenándose ante sus ojos para formar una instrucción que parpadeaba con urgencia:
Aquí. La herida está aquí. Baja.
Rita sintió la fuerza del objeto arrastrándola hacia la espesura. Obedeció. Se abrió paso entre las espinas, sintiendo que el aire se volvía antiguo, estancado. Ese rincón del bosque había estado conteniendo el aliento durante siglos.
Llegó a un recodo del río invisible desde el puente o la carretera. El agua allí no corría; se arremolinaba en una poza oscura y profunda, golpeando unas rocas negras que parecían dientes. El silencio era absoluto. Ni los grillos se atrevían a cantar.
El libro en sus manos se enfrió de golpe. Había llegado.
La luz menguante logró colarse por un hueco en las copas de los árboles y arrancó un brillo metálico en la orilla, semienterrado en un lodo que en muchos años no había visto una suela de zapato.
Rita se acercó. La piel se le erizó con la certeza de estar profanando un santuario olvidado. Se arrodilló en el fango y sus dedos tocaron algo frío y duro. Al sacarlo y limpiarlo con la manga de su camisa, el aire se le congeló en los pulmones.
Era el anillo de plata. La alianza que Javier había llevado siempre en la mano derecha.
El hallazgo desafiaba toda lógica geográfica. ¿Cómo había llegado ese anillo hasta allí, a un lugar inaccesible? La comprensión la golpeó: la desesperación de Javier al lanzarlo había sido tan violenta, tan cargada de rechazo absoluto hacia su historia juntos, que el objeto no había caído al azar. La energía del desamor lo había guiado hasta ese limbo, hasta ese punto ciego del mundo donde las cosas rotas van a esconderse.
Rita apretó la joya en su puño. La voz de Germán resonó en su memoria con una claridad nueva, encajando la pieza final del rompecabezas: "El Amuleto no es un objeto de poder por sí mismo; es un contenedor. Necesitas algo que haya sobrevivido al fuego de una emoción humana devastadora."
Miró la plata sucia de barro. Ese anillo había sobrevivido al abandono. Era el Amuleto. La batería perfecta que el libro exigía.
La noche cayó sobre el valle. El frío de la montaña descendió, mordiendo la piel, pero Rita apenas lo sintió. El libro de Germán, tirado ahora sobre la hierba, dejó de vibrar. Su misión de sabueso había terminado.
Rita se arrodilló. Su intención era limpiar un espacio para trazar el círculo, pero cuando sus manos apartaron la primera capa de fango y hojas podridas, sus dedos chocaron contra algo duro. No era una raíz. Era piedra fría y labrada.
El corazón le latió en la garganta. Empezó a arrancar la maleza con desesperación, clavando las uñas, apartando siglos de tierra acumulada. Poco a poco, bajo la luz de la luna que se filtraba entre las ramas, la verdad emergió del suelo.
Ella no tenía que dibujar el círculo. El círculo ya estaba ahí.
Era una losa inmensa de roca volcánica, perfectamente nivelada, oculta bajo el manto del bosque. Lo que Rita descubrió al limpiarla la dejó sin aliento. No era un diseño simple; era un mapa de cosmogonías fusionadas, un testamento de que la magia no entiende de fronteras.
En el perímetro exterior, grabados con una precisión quirúrgica, estaban los doce signos del zodiaco, alineados para marcar los tránsitos planetarios. Pero las constelaciones no giraban solas. Se entrelazaban con nudos celtas, espirales infinitas propias de la tradición del Samhain, que representaban el ciclo eterno de muerte y renacimiento, la puerta que esa misma noche se abría.
Sin embargo, lo que dominaba el centro, el corazón mismo de la estructura, era puramente andino.
Una Chakana profunda, la cruz escalonada de los incas, partía el círculo en cuatro. Sus tres niveles estaban tallados en relieve: el Hanan Pacha (el mundo de arriba), el Kay Pacha (el mundo de aquí) y el Uku Pacha (el mundo de abajo). En el centro de la cruz, donde se cruzan los caminos de la existencia, había un hueco circular, un ombligo de piedra destinado a recibir una ofrenda.
Rita pasó la mano por los grabados. Sintió la vibración de la Pacha Mama latiendo en la roca, una energía antigua y telúrica que aceptaba la influencia de las estrellas y el rito de los muertos. Era un lugar de poder absoluto.
Con el pulso acelerado, Rita se colocó en el borde. Sabía lo que tenía que hacer.
Caminó hasta el centro de la Chakana. Levantó el anillo de plata, el Amuleto cargado con el dolor de Javier, y lo dejó caer en el hueco central.