El bosque de Bernabé no dormía. Contenía el aliento.
Rita, sola en el centro de la Chakana, observaba cómo su propia sangre oscurecía la tierra seca. No había vuelta atrás. La serenidad que mostraba su rostro era una máscara de porcelana a punto de quebrarse; por dentro, su espíritu libraba una batalla más violenta que cualquier duelo de hechizos.
Analizó el tablero invisible. Matilde siempre le advirtió que la oscuridad era fácil, un tobogán engrasado hacia el poder absoluto. Si Rita se dejaba llevar, si abría la compuerta de la ira que le provocaba ver a su pueblo sometido, podría aplastar a Clotilde en un segundo. Podría salvar a Bernabé, a sus amigos, a Javier... pero el precio era su propia alma. Ganar significaba convertirse en la nueva bruja mala, sucumbir a esa tiniebla hereditaria y perpetuar el ciclo maldito.
La otra opción era intentar vencer desde la luz. Condenar a su hermana, su propia sangre, al castigo eterno sin usar trucos sucios. Pero Clotilde tenía tres décadas de ventaja en el arte de matar. Era una apuesta ridícula, como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua bendita.
—O muero siendo yo, o vivo siendo ella —susurró al viento. La decisión pesaba más que las piedras que la rodeaban.
En la sala de Victoria, el aire se volvió irrespirable. Clotilde dejó de caminar y el sonido de sus pasos resonó como un veredicto.
—No va a venir —murmuró, sacudiendo los cristales invisibles de su mano—. La muy santa me está invitando a su terreno. Cree que la "Chakana" nivelará la balanza.
Giró sobre sus talones, haciendo ondear su capa con una teatralidad que heló la sangre de todos los presentes. Clavó la vista en su "ejército": Clara, Benjamín, María, Ricardo, Violeta y Sandra permanecían inmóviles, con los brazos muertos a los costados y la mirada perdida, muñecos rotos esperando que alguien tirara de los hilos.
—Muy bien —sentenció Clotilde, y una sonrisa depredadora asomó en sus labios—. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a aplastar a Mahoma.
Extendió los brazos y el ambiente comenzó a crepitar. Los pelos de la nuca de Germán se erizaron, pero no se movió. Ni él, ni Tomás, ni siquiera Victoria se atrevieron a respirar fuerte. Estaban petrificados, clavados al suelo por una mezcla de terror primitivo y la magia densa que emanaba de la bruja. Sabían que cualquier palabra, cualquier gesto, podría ser el último.
—Nos vamos. Todos —ordenó Clotilde.
Recorrió con la mirada a los adultos, deleitándose con su parálisis. Soltó una risita suave, casi infantil. —Me encanta cuando están calladitos. Se ven más... educados.
La bruja chasqueó los dedos. —¡Sujétense las pelucas! —gritó con malicia, rompiendo el silencio sepulcral.
El techo de la casa pareció disolverse, reemplazado por un vórtice de nubes negras y viento aullante dentro de la propia sala. El traslado no fue un viaje, fue un secuestro. Clotilde arrancó a su ejército del suelo sin miramientos. Fue como si una aspiradora gigante hubiera decidido tragarse solo a la juventud de la sala.
—¡Aaaah, mi zapatooo! —el grito de Violeta fue lo único que perforó el estruendo del viento, mientras uno de sus tacones salía volando hacia la chimenea, girando en el aire como un proyectil perdido.
—¡Que alguien pare el mundooo! —se escuchó el lamento distorsionado de Ricardo, que giraba sin control chocando contra la espalda de Benjamín en una espiral de colores imposibles.
Parecían ropa sucia dentro de una lavadora cósmica, golpeándose unos con otros, indefensos, mientras Clotilde, en el ojo del huracán, mantenía la postura perfecta, rodando los ojos ante la torpeza de sus súbditos.
De golpe, el viento cesó. El vórtice se cerró con un sonido similar al de un corcho de botella.
En la casa, el silencio regresó, pero ahora era más pesado. Germán, Victoria, Tomás y Elvira seguían en las mismas posiciones, parpadeando, tratando de entender si lo que acababan de ver había sido real. Miraron el espacio vacío. En la alfombra, como única prueba de que allí había habido gente segundos antes, yacía el zapato de tacón de Violeta.
Tomás se dejó caer pesadamente en el sillón más cercano, con la cara pálida y las manos temblorosas. Miró el zapato solitario y luego a los demás, que seguían mudos.
—Esta es una fiesta muy original. Creo que voy a necesitar un trago —soltó Tomás, rompiendo el hechizo del miedo con la única verdad que se le ocurrió.
En el claro del bosque, el aire estalló hacia afuera. Las hojas secas volaron en círculos y los pájaros huyeron despavoridos de las copas de los árboles.
Rita se cubrió el rostro con el antebrazo ante la onda expansiva. Cuando el polvo se asentó, allí estaban. Clotilde, impecable, aterrizó con la suavidad de una pluma a tres metros del círculo de piedra, sin que se le moviera un solo cabello.
Detrás de ella, su "ejército" se materializó con la gracia de un camión de mudanzas volcando su carga.
Ricardo cayó de rodillas, con la cara verde, abrazándose el estómago. —Si alguien tiene una bolsa... avise —gimió, tragando saliva.
Violeta, tambaleándose sobre su único zapato, intentaba alisarse el vestido con dignidad. —¡Esto es un atropello! ¡Miren mis puntas florecidas por el viento! —chilló, horrorizada por su estética capilar.
Sandra, fiel a su costumbre, aterrizó de pie, pero duró así menos de un segundo. Dio un paso, se enredó con sus propios pies y se fue de bruces contra la espalda de Benjamín, derribándolo también. —¡Ay! —exclamó Sandra desde el suelo, escupiendo una hoja seca—. ¿Quién puso ese piso ahí tan rápido? Juraría que estaba más lejos.
Benjamín, aplastado bajo ella, solo soltó un bufido resignado.
Pero entonces, el ambiente viró en seco. La comedia se congeló.
El cielo sobre el centro mismo de la Chakana pareció abrirse, pero no con violencia, sino con una calma sobrenatural. Una figura descendió flotando, lenta y suavemente, como si la gravedad hubiera decidido hacer una excepción solo con él.