Tiempos Nuevos

XXVII. OMNIA VINCIT AMOR

Javier cayó sobre ella como un rayo, con una daga de obsidiana que Clotilde había materializado en su mano un segundo antes. Rita no tuvo tiempo de pensar, solo de sentir.

—¡Protego Cordis! —gritó, alzando ambas manos.

Una cúpula de luz dorada, cálida y vibrante, estalló alrededor de ella justo cuando el filo de la daga chocaba contra el aire sólido. El impacto lanzó chispas que olían a ozono y madera quemada. Javier rebotó hacia atrás, gruñendo como un animal herido, pero cayó de pie, listo para atacar de nuevo. Sus ojos seguían siendo pozos negros, vacíos de cualquier reconocimiento.

—¡Javier, detente! —suplicó Rita, manteniendo el escudo con un esfuerzo que le hacía temblar los brazos—. ¡No eres tú! ¡Lucha contra ella!

Pero Javier no escuchaba. Se movía con una velocidad antinatural, lanzando tajos contra la barrera mágica, buscando una grieta. Cada golpe resonaba en el pecho de Rita como un martillazo físico. Verlo así, convertido en una marioneta asesina, le dolía más que cualquier herida.

Desde las sombras, la risa de Clotilde cortó el aire.

—Ay, Rita. Siempre tan predecible —se mofó la bruja, caminando lentamente alrededor del círculo—. Usando escuditos de luz. ¿Cuándo vas a entender que la bondad es un chaleco antibalas de papel?

Clotilde alzó una vara de madera negra y apuntó al escudo de Rita. —¡Umbra Disrumpe!

Un torrente de sombras con forma de serpientes salió disparado de la vara, impactando contra la cúpula dorada. El escudo de Rita parpadeó y se agrietó.

Rita apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de su propia magia desgastándose.

—¡No voy a lastimarlo, Clotilde! —gritó, desviando un nuevo ataque de Javier con una ráfaga de viento suave que lo empujó lejos sin herirlo—. ¡Y no te voy a dejar ganar!

—¿Ganar? Yo ya gané —respondió Clotilde con desdén—. Tienes el poder y los elementos completos en este círculo mágico para aplastarnos a todos, lo huelo en tu sangre. Podrías incinerar a este músico de cuarta y venir por mí. Pero no lo harás. Tu "moral" es tu jaula.

Rita aprovechó la distracción de Javier para lanzar un hechizo de atadura. —¡Vinculum Somni!

Cuerdas de luz blanca brotaron del suelo y envolvieron los tobillos y muñecas de Javier, inmovilizándolo antes de que pudiera clavar la daga en el escudo debilitado. Javier rugió, luchando contra las ataduras, pero Rita reforzó el conjuro con una lágrima que resbaló por su mejilla.

—Lo siento, mi amor... perdóname —susurró ella.

Al ver a su juguete neutralizado, el rostro de Clotilde se contorsionó de ira.

—Suficiente de juegos. ¡Ejército! ¡A ella!

Clara, Benjamín, Ricardo, Violeta, Sandra y María, que habían permanecido como estatuas, cobraron vida de golpe. No tenían armas, pero se lanzaron en masa contra el escudo de Rita, golpeándolo con sus puños desnudos, arañando la luz con una desesperación ciega implantada por la bruja.

Rita sintió pánico. No podía atacar a sus amigos. Si soltaba una onda expansiva fuerte, podría lastimar a Clara o a Benjamín.

—¡Suelten a la bruja buena! —ordenó Clotilde, alzando las manos al cielo—. ¡Tenebris Totalis!

La oscuridad se solidificó alrededor de Rita, aplastando su escudo hasta hacerlo estallar en mil pedazos de luz. Rita cayó de rodillas, jadeando. Antes de que pudiera levantarse, sus amigos la sujetaron.

Ricardo y Benjamín le torcieron los brazos contra la espalda hasta hacerla gemir; Violeta y Sandra la clavaron a la tierra húmeda por las piernas. Clara la sujetó de los hombros, obligándola a levantar la cabeza.

Rita quiso luchar, pero el perfume floral de Clara y la colonia cítrica de Benjamín le llenaron los pulmones, paralizándola más que cualquier conjuro. No eran monstruos; eran su familia.

Clotilde se inclinó sobre ella, la vara palpitando con un verde tóxico que teñía la piel de Rita.

—Mírate —susurró, invadiendo su aire—. Atrapada por el amor. Qué ironía.

Rita, atrapada y con el aliento corto, giró el rostro. Sentía que se le escapaba la vida, que la derrota ya le pesaba en los párpados. A unos metros, Javier seguía forcejeando contra las ataduras de luz, gruñendo como una bestia. Sus miradas chocaron, y Rita lo vio ya no con esperanza, sino con tristeza. Era la despedida.

Era la medianoche exacta. El corazón de la noche de Samhain.

Rita, sintiendo que era lo último que haría en este mundo, dejó de buscar en su mente un contrahechizo y buscó algo más primitivo, una plegaria final nacida de la pura resignación y del amor.

Libera... Anima... —la voz le salió rasgada, un susurro agónico que no venía de la garganta, sino desde las entrañas.

La luna alcanzó su cenit perfecto. El instante exacto donde el velo entre los mundos no es más que humo.

El bosque se apagó. El sonido de la lucha, los gritos, el viento; todo cesó de golpe.

Rita parpadeó, y el frío húmedo de la tierra desapareció. Ahora flotaba en una inmensidad azul cobalto, una burbuja fuera del tiempo y del espacio, cálida como el interior de una promesa. No había cuerdas de luz, ni gritos de guerra, ni dolor.

Solo estaba él.

Frente a ella, suspendido en la misma nada estelar, Javier la miraba. La oscuridad insondable de sus pupilas se había evaporado, dejando paso al marrón cálido, limpio y terriblemente humano que ella conocía de memoria. Sus ojos estaban anegados en lágrimas que no caían, porque allí la gravedad no existía.

—¿Rita? —su voz tuvo un eco suave, como si estuvieran dentro de una catedral sumergida—. ¿Estoy muerto?

—No —susurró ella, y la palabra bastó para impulsarla hacia él—. Es un respiro. Un último respiro.

El impacto de sus cuerpos fue sólido, desesperado. Javier la atrapó en el aire, envolviéndola con una urgencia que le crujió las costillas, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello. Temblaba violentamente.

—Dios, Rita... estaba ahí adentro —sollozó él contra su piel, y Rita sintió la humedad de su llanto—. Lo veía todo. Veía cómo te atacaba, cómo quería herirte... gritaba hasta desgarrarme la garganta, pero era como golpear un vidrio blindado. No podía parar mis manos.




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