El silencio que siguió al estallido de luz no estaba vacío; era un silencio denso, una pausa en el mundo cargada de ecos. Rita abrió los ojos. El cuerpo no le respondió de inmediato; sentía una gravedad inédita, aplastante, una pesadez que la anclaba al suelo y que su magia ya no estaba allí para amortiguar. El frío de la madrugada le mordía la piel, pero era un frío honesto, sin malicia, el simple recordatorio de estar viva.
Aún no amanecía. El bosque permanecía sumergido en una penumbra líquida, ese gris lechoso que desdibuja los límites de la realidad. La puerta entre los mundos, rasgada por el sacrificio de la medianoche, seguía entreabierta. Era una herida de luz pálida en el aire, una exhalación final que mantenía conectados a los vivos y a los muertos, resistiéndose a la inminente llegada del sol.
—Lo hiciste bien, Rita.
La voz resonó directamente en el centro de su conciencia, cálida y crepitante.
Rita se incorporó con dificultad, sus músculos protestando con un dolor muy humano. Se sacudió las hojas secas del cabello y miró hacia el borde del claro.
Allí, sentada con una calma infinita sobre una gran piedra cubierta de musgo, estaba Matilde. Era una silueta tejida con la misma bruma del bosque y el último brillo de las estrellas, un espíritu sereno que descansaba sobre la roca antes de emprender su viaje.
—Madre... —susurró Rita. La palabra salió limpia.
—Has perdido mucho esta noche —dijo el espíritu desde su trono de piedra, y su luz pulsó con suavidad—. Tu herencia. Tu fuego. Todo lo que te hacía distinta a los ojos del mundo.
—No me importa —respondió Rita, sintiendo la verdad asentarse en sus huesos—. Hice lo necesario.
La figura de Matilde osciló sobre el musgo, asintiendo lentamente. —Hiciste más que eso. Rompiste la rueda. Tu bondad fue la llave maestra. Al renunciar al poder, desarmaste el odio. Te has salvado a ti misma... y has salvado a tu hermana.
Rita levantó la vista. —¿Salvarla? La borré. La luz la consumió.
—La luz la purificó —corrigió el espíritu con una calma infinita—. Clotilde era una criatura hecha de dolor y llena de resentimiento. Si la hubieras vencido con oscuridad, su alma habría quedado atrapada en un infierno de su propia rabia, condenada a repetir su odio por la eternidad. Pero al usar el amor, al ofrecer tu propio ser justo en la noche sagrada de Samhain, permitiste que la tierra interviniera.
Matilde extendió una mano de vapor hacia el suelo negruzco.
—La Pachamama es vieja y sabia, hija. Ella no juzga, solo recicla. Ha tomado la energía retorcida de Clotilde y, en lugar de expulsarla al vacío, la ha abrazado en su seno profundo. La ha filtrado a través de sus raíces de piedra y agua, limpiándola de la locura. Clotilde ha vuelto al origen, al Uku Pacha, el mundo de abajo, no como una condena, sino como una semilla que duerme para sanar.
La presencia de Matilde comenzó a brillar con más intensidad, respondiendo a los primeros tonos rosados del horizonte.
—Ella no estará sola. Yo la recibiré en ese otro lado para enseñarle a descansar. Y no temas, hija mía, porque cuando tu propio tiempo se agote, dentro de muchos años y después de una vida plena, yo también estaré allí, junto a los ancestros de estas montañas, para recibirte a ti.
El cielo al este se rompió en oro. El velo comenzaba a cerrarse.
—El sol viene, Rita. Ya no me necesitas —dijo el espíritu, y su forma empezó a dispersarse—. No veas tu nueva condición como una pérdida. Las personas comunes, si eligen el buen camino, encuentran una felicidad que la magia nunca puede dar. Has perdido tus poderes, sí, pero tu corazón se ha agrandado para llenarlo todo. Ahora eres un ser de luz, paz y amor, pero de la forma más valiente posible: como una mujer normal.
Matilde sonrió, una sonrisa que Rita nunca había visto en vida.
—Vive, ríe, sé feliz. Es el regalo más grande.
La luz de Matilde se deshizo, fundiéndose con el rocío de la mañana. Rita le devolvió la sonrisa y, por primera vez en su vida, una lágrima puramente humana, libre de hechizos, rodó por su mejilla hasta caer en la tierra, una última ofrenda a la Pachamama que la había salvado.
Se puso de pie, tambaleándose. Sus piernas temblaban, le dolía la espalda y tenía sed. Sonrió ante esas molestias; eran la prueba de que su corazón seguía latiendo.
Caminó hacia el centro de la Chakana, donde la tierra estaba vitrificada. Buscó entre las cenizas. El espejo de obsidiana había desaparecido, convertido en polvo.
Pero algo brilló entre el carbón.
Rita se agachó y sus dedos rozaron el metal frío. Lo sacó y lo limpió con el borde de su blusa.
Era el anillo de Javier.
Estaba intacto. El fuego mágico no le había hecho ni un rasguño. Lo sostuvo en la palma de su mano, sintiendo su peso. Era lo único que había sobrevivido a la batalla, el único testigo tangible de que el amor había vencido.
Se lo colocó en el dedo anular. Le quedaba grande, pero cerró el puño sobre él. Ese sería su amuleto. No para protegerse, sino para recordar. Para recordar quién era, por qué había luchado y, sobre todo, para recordar a su gran amor.
A unos metros, el libro de Germán yacía cerrado sobre la hierba. Rita lo recogió con cuidado. El cuero estaba tibio, inerte. Ya no vibraba. Comprendió que debía devolvérselo a su dueño; Germán ya no lo necesitaría para buscar respuestas, porque las respuestas acababan de escribirse solas. Rita supo, sin necesidad de abrirlo, que las páginas en blanco del final ahora contaban la historia de lo que había pasado esa noche, guardando la verdad para siempre en tinta y papel.
Se puso el libro bajo el brazo y miró hacia el sendero que serpenteaba hacia el pueblo.
Una ansiedad nueva, eléctrica y maravillosa, le recorrió la espalda. Iba a volver a Bernabé. Iba a caminar por sus calles empedradas sin mirar por encima del hombro, sin el peso de un secreto cosido a la boca.