Tiempos Nuevos

XXIX. BIENVENIDA A LA VIDA REAL

El sol que se levantó sobre Bernabé aquella mañana no se parecía a ningún otro.

Durante la noche, los vecinos se habían despertado sobresaltados por resplandores extraños que venían del bosque, luces blancas y verdes que teñían las nubes bajas como una aurora boreal fuera de lugar. Los más viejos se persignaron, murmurando sobre "cosas del cerro", y los más jóvenes intentaron grabarlo con sus teléfonos sin éxito. Pero al amanecer, el miedo se disipó.

El pueblo amaneció envuelto en una paz sólida, casi palpable. El aire estaba más limpio, como si alguien hubiera abierto las ventanas de una habitación cerrada durante años. Los colores de las buganvillas parecían más vivos; el pan de la panadería olía más dulce. Había una tranquilidad nostálgica en las calles empedradas, la sensación colectiva de que una tormenta invisible había pasado y de que, por fin, estaban a salvo, aunque nadie supiera exactamente de qué.

Rita caminó por la calle principal. Iba sucia, con la ropa rasgada por las ramas y las manos manchadas de tierra y ceniza, pero caminaba con la cabeza alta. Nadie la miró mal. Al contrario, el panadero la saludó con la mano y doña Teresa le sonrió desde su balcón.

Al llegar a la casa de Victoria, la puerta estaba abierta de par en par.

Rita se detuvo en el umbral. La sala, que horas antes había sido el escenario de un secuestro mágico, ahora estaba llena de globos desinflados y restos de una fiesta interrumpida. Y allí estaban todos.

Cuando la vieron entrar, se hizo un silencio de dos segundos. Luego, el dique se rompió.

Clara fue la primera en lanzarse, abrazándola con tal fuerza que casi la derriba. Detrás de ella vinieron Ricardo, Benjamín, María, Sandra, Violeta... incluso Victoria y Tomás, con los ojos rojos de haber llorado, se unieron al abrazo colectivo.

—¡Estás viva! —sollozó Clara contra su hombro—. ¡Estás viva, bruja loca!

Rita se dejó abrazar, sintiendo el calor humano derretir el último rastro de frío del bosque.

—¿Saben...? —empezó a preguntar, con la voz ronca.

—Lo sabemos todo —la interrumpió Violeta, secándose una lágrima con cuidado para no correrse el rímel—. Germán, Clara y Sandra nos contaron mientras esperábamos. Que volabas, que movías cosas... que nos salvaste el trasero a todos.

—Y que ya no tienes magia —añadió Ricardo, mirándola con un respeto nuevo, casi reverencial—. Que renunciaste a todo para que esa... esa otra bruja no nos hiciera daño.

Rita bajó la mirada, avergonzada. —Les mentí durante años. Provoqué accidentes, manipulé situaciones... no merezco que me abracen.

Benjamín se abrió paso, le tomó las manos sucias y las apretó. —Rita, nos salvaste la vida. Nos da igual si eres bruja, hada o un alienígena. Eres nuestra amiga. Y eres la salvadora de Bernabé. Eso es lo único que importa.

—Además —intervino Clara, sorbiendo por la nariz—, ahora eres oficialmente humana y aburrida como nosotros. Ya no tienes excusa para no venir a las tardes de café.

Todos rieron, una risa nerviosa pero liberadora. El alivio en la sala era absoluto. Sandra, que siempre había vivido encogida, parecía haber crecido cinco centímetros; ya no miraba a las esquinas esperando un ataque de Clotilde.

Rita sonrió, agradecida, pero sus ojos buscaban frenéticamente por encima de los hombros de sus amigos. Escaneó la cocina, el pasillo, el patio visible desde la ventana.

—¿Dónde está? —preguntó, y el tono de su voz hizo que las risas se apagaran poco a poco.

Nadie respondió. Clara bajó la mirada. Benjamín carraspeó, incómodo.

—¿Dónde está Javier? —insistió Rita, sintiendo un nudo en el estómago—. Lo vi en el bosque. Estaba libre. Quedamos en... tenía que venir aquí. ¿Está herido? ¿Está descansando?

Germán, que había permanecido en un rincón apoyado en su bastón, dio un paso adelante. Su rostro estaba surcado de tristeza.

—Siéntate, hija —dijo el anciano con suavidad.

—No quiero sentarme, quiero ver a Javier. Tengo que explicarle, tengo que decirle que...

—Rita —la voz de Germán fue firme, pero llena de compasión—. Javier no está en Bernabé.

Rita sintió que el suelo se abría de nuevo bajo sus pies, esta vez sin magia. —¿Se fue? ¿Tan rápido? Pero si hace una hora estábamos...

—No se "fue" caminando, Rita —explicó Germán—. Javier nunca vino por su propia voluntad. Clotilde lo trajo usando una invocación forzada, doblando el espacio para arrancarlo de su vida y ponerlo aquí como un peón.

El anciano suspiró.

—Cuando sacrificaste tu poder y el círculo se cerró, toda la magia de Clotilde se deshizo. Sus maldiciones, sus ataduras... y sus invocaciones. El universo se corrigió a sí mismo. Javier ha vuelto al lugar exacto donde estaba antes de que ella lo trajera.

Rita se quedó helada. —¿Volvió... a Estados Unidos?

—Al instante preciso, al segundo exacto en que fue arrebatado —confirmó Sandra con voz tímida—. Para él, todo este tiempo en Bernabé, la pelea, el bosque... probablemente sea como un parpadeo, o un sueño muy extraño que tal vez olvide al despertar.

El mundo de Rita se detuvo.

Se llevó la mano al pecho, donde latía el corazón, y luego tocó el anillo en su dedo.

—Entonces... —la voz le tembló—. ¿Lo que pasó en la dimensión azul? ¿El juramento? ¿El perdón?

—Para ti todo fue real, Rita —dijo Germán—. Pero él está seguramente en su vida de antes. En la vida donde él siente que tú le mentiste y él se fue herido. Él no recuerda que te perdonó anoche, porque para la línea de tiempo donde él está ahora, esa noche tal vez nunca existió.

Rita se dejó caer en el sofá. El dolor fue agudo, limpio y devastador.

Para todos, Javier seguía estudiando música, lejos, creyendo que ella era una mentirosa. El beso en el limbo, la promesa de "te buscaré", la mirada limpia... todo se había evaporado con la magia. Se había quedado sola con el recuerdo de un amor que, técnicamente, ya no existía para la otra persona.




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