La maleta de Rita no pesaba. Era extraño, considerando que llevaba dentro tantos años de vida en Bernabé, pero tal vez lo que pesaba menos era su propia alma, finalmente ligera, vacía de secretos y llena de propósitos.
El autobús salía en una hora. Tiempo suficiente para la última ronda. No era una huida; era una ceremonia.
Su primera parada fue la pequeña casa de madera y piedra cerca del linde del bosque. Germán y Elvira la esperaban en el porche, como dos guardianes jubilados. Rita sacó el libro antiguo de su bolso.
—Creo que esto te pertenece —dijo Rita, entregándoselo a Germán—. Ya se escribió lo que se tenía que escribir.
Germán lo acarició con sus manos nudosas. —Gracias, hija. Aunque sospecho que las páginas finales son las mejores de toda la historia. Gracias por darnos un final feliz a los viejos.
Elvira la abrazó, oliendo a hierbas dulces y pan horneado.
—Y gracias por no convertirnos en sapos cuando te regañábamos por no comer —bromeó la anciana—. Cuídate, niña. El mundo es grande, pero tu corazón ahora lo es más.
Luego, solo tuvo que cruzar la calle. Frente a la casa de Germán se alzaba la imponente casona de Victoria y Tomás, el lugar que había sido su refugio y su trinchera doméstica durante todo ese tiempo.
Los encontró en la entrada principal. Tomás luchaba con una cerradura que se atascaba (y que Rita solía abrir con un soplido disimulado) mientras Victoria sacudía un mantel con menos gracia de la habitual, como si la casa misma ya extrañara la "eficiencia" de su antigua empleada.
Cuando la vieron, Victoria soltó el mantel y corrió a estrujarla.
—Esta siempre será tu casa —le susurró al oído, con la voz quebrada—. Y no me refiero a los ladrillos ni a los muebles caros. Me refiero a nosotros. Eres como una hija para nosotros.
Tomás se aclaró la garganta ruidosamente, intentando disimular que tenía los ojos rojos, y le extendió un sobre abultado.
—Es tu liquidación. Y un extra bastante generoso. Y... bueno, si alguna vez sientes nostalgia y necesitas que alguien te grite que limpies la platería del comedor para sentirte en casa, solo llámame.
Rita se rio entre lágrimas, y le devolvió el sobre con suavidad.
—Gracias por darme un hogar cuando yo solo buscaba un escondite. No necesito el dinero, Tomás. Solo necesito llevarme su recuerdo. Los quiero mucho.
Caminó hacia la plaza principal. El sol de la tarde doraba los adoquines. Allí, en una de las bancas de hierro bajo los árboles, estaba reunido el grupo completo. Lo que antes hubiera sido un campo de batalla sentimental, ahora parecía el "Comité de la Madurez Sorprendente".
Violeta, Benjamín, Ricardo y María estaban sentados juntos compartiendo helados. La imagen era tan civilizada que parecía un milagro aparte.
—Bueno, miren quién viene —dijo Violeta, bajándose las gafas de sol para inspeccionar el atuendo de viaje de Rita—. Jeans, botas de montaña y una chaqueta vieja. Definitivamente, la magia te daba mejor estilo, querida. Pero te ves... radiante.
Rita abrazó a Violeta y a Benjamín. —Gracias por perdonarme los accidentes, los sánduches con sabor a azufre en la laguna y los poemas arruinados.
Benjamín hizo un gesto dramático con la mano, lamiendo su helado.
—El arte nace del sufrimiento, Rita. Gracias a tu hermana y su caos, y a esa serenata desastrosa, escribiré la mejor tragicomedia de la historia. Ya tengo el título: "Sopa Fría y Amor Caliente".
Todos rieron. Luego, Rita se paró frente a Ricardo y María. Los vio tomados de la mano, tranquilos, sin la sombra de la culpa ni del miedo.
—Sean muy felices —les dijo de corazón—. Se lo merecen. Y Ricardo... si van a organizar algo romántico, por favor, asegúrate de que no haya brujas cerca. Mira como te enamoraste de quién menos te imaginabas.
Ricardo soltó una carcajada y la abrazó.
—Prometido. Gracias, Rita. Por todo.
Un poco más allá, medio escondida detrás de un poste de luz (la costumbre era fuerte), estaba Sandra. Rita se acercó a ella. La chica dio un respingo, pero luego sonrió tímidamente.
—No te escondas —le dijo Rita, tomándola de los hombros—. Fuiste mi guardaespaldas invisible. Fuiste valiente cuando nadie más sabía lo que pasaba y tuviste a Clotilde respirándote en la nuca. Gracias por cuidarme las espaldas, Sandra.
Sandra se puso roja como un tomate, pero irguió la postura con orgullo.
—De nada. Pero la próxima vez que salves al mundo, avísame con tiempo para tomarme un calmante antes. ¡Mis nervios no están hechos para esto!
Finalmente, llegó a la estación de autobuses.
El motor del vehículo ya rugía, impaciente, soltando humo gris. Y allí, parada junto a la puerta abierta, con los brazos cruzados y el pie golpeando el suelo nerviosamente, estaba Clara.
No hubo chistes al principio. Solo un choque de cuerpos. Se abrazaron con esa desesperación de las hermanas que se separan, mezclando lágrimas, risas ahogadas y promesas mudas.
—¿Qué voy a hacer yo ahora? —gimió Clara, separándose para mirarla, con la nariz roja—. ¿Con quién voy a criticar a los turistas? ¿Quién va a hacer que los vasos se caigan cuando me enfado?
—Vas a estar bien, Clara —dijo Rita, limpiándole las lágrimas a su amiga con los pulgares—. Tienes a todo el pueblo. Y tienes la verdad.
Clara soltó una risa acuosa, sorbiendo por la nariz.
—Eso es lo mejor. ¿Sabes la satisfacción que voy a sentir? Por fin... ¡por fin! Ya no tengo que aguantarme el chisme. Voy a ser la historiadora oficial de la Bruja de Bernabé. Voy a contar cada detalle, cada escoba, cada susto. Voy a ser insoportable, Rita. Me va a encantar.
—Hazlo —sonrió Rita—. Cuéntales que la bruja los quería.
Clara la agarró de la mano una última vez, poniéndose seria.
—Y escúchame bien: Algún momento volveremos a hablar. Lo sé. Y no solo para contarte chismes tontos, sino para darte las noticias de verdad. Cuando nazca un sobrino, cuando Benjamín publique ese libro, cuando haya boda... no te vas a perder nada. Te mantendré informada de todo, minuto a minuto. Estarás lejos, pero no ausente. Te lo prometo.