Tiempos Nuevos

EPILOGO.

En los Andes ecuatorianos, el tiempo no se estira como una cuerda que se rompe y se pierde en el olvido: se dobla, vuelve, respira. Dicen quienes todavía saben escuchar el latido del cerro en Bernabé que la noche de Samhain no fue solo el final de una bruja, sino el comienzo de un trato antiguo con la Pachamama. La Madre Tierra recibió el poder de Rita como quien recibe la lluvia después de la sequía… y a cambio le dejó en las manos el regalo más pesado y más hermoso: la paz.

Meses después, el valle volvió a tener equilibrio. Germán cerró el libro y lo guardó donde guardan los hombres las cosas que no se explican: con respeto y un poco de miedo. Por fin entendió que la sabiduría no estaba en los pergaminos, sino en el acto de soltar. Sandra camina erguida, como si por dentro le hubieran acomodado las costillas; sabe que la tierra que pisa ya no es un campo minado de sombras. Y Clara—Clara se volvió, sin pedir permiso, la guardiana de la memoria: cuenta la historia en plazas y cocinas, en risas y susurros, asegurándose de que nadie olvide que en este rincón del Qollasuyu la luz venció porque una mujer se atrevió a ser pequeña frente a la inmensidad de la montaña… y aun así fue valiente.

Pero lejos de los picos nevados, el dolor de la ausencia es una herida que no cierra con palabras.

Rita camina ahora por ciudades de asfalto y ruido, donde los árboles no conocen su nombre y las estrellas parecen un rumor. Ha aprendido que ser humana es cansarse de verdad, sentir el peso en los pies y la nostalgia en el pecho. A veces, cuando la luna se cuela entre edificios y cables, cierra los ojos y busca el rastro del Hanan Pacha, el mundo de arriba… pero ya no hay visiones: solo recuerdos. Le duele el vacío de Javier como una música interrumpida, un eco que resuena en el anillo de plata que gira en su dedo, demasiado grande para su nueva vida. Se repite que el sacrificio fue justo; y sin embargo, cuando nadie la ve, le habla bajito a la tierra, pidiéndole que cuide los pasos del hombre que dejó ir.

Javier, por su parte, no volvió a la universidad. Se volvió un músico errante: guitarra al hombro, mochila ligera, corazón pesado. Toca en estaciones de tren, en bares olvidados, en esquinas donde el mundo pasa rápido sin mirar. Ya no persigue la fama; persigue un rostro. En cada mujer que cruza, en cada sombra bajo un farol, cree por un segundo ver esos ojos que lo miraron en la dimensión azul. El dolor de haber llegado tarde se le convirtió en motor. Porque si ella estaba en algún lugar, respirando, viviendo, entonces él también tenía que seguir… aunque fuera tocando para nadie.

A veces, el universo conspira.

La magia de las brujas se apagó, sí, pero quedó otra magia: la de la probabilidad, la de las coincidencias que parecen casualidad hasta que duelen. Esa que dice que, en un mundo de millones de vidas cruzándose, dos almas que se juraron amor bajo una luna de Samhain no pueden permanecer separadas para siempre. No hay esferas de cristal que lo prometan, ni círculos de sal que lo obliguen. Solo existe algo más terco y más humano: la fe.

Porque si algo aprendieron los amigos de Bernabé—entre sustos, chistes malos, abrazos torpes y silencios que lo dicen todo—es que los sacrificios por quienes amamos son la prueba más grande de luz. Que la amistad es un contrato que no se firma con sangre, sino con risas compartidas y lealtades que no se anuncian. Y que el amor verdadero no es un hechizo que te ata… sino una promesa que te deja libre para volver.

En alguna calle cualquiera, en algún café de una ciudad que aún no conocen, dos extraños están destinados a cruzar sus miradas. Ella llevará un anillo de plata que le queda un poco grande; él llevará una melodía en los labios que solo ella sabe tararear. Y cuando sus manos se rocen sin necesidad de conjuros, algo va a encenderse de nuevo: no como un relámpago, sino como una mañana lenta.

Porque las leyendas más hermosas no se escriben con varitas, sino con pasos. Con pasos de gente que se cayó, se levantó, se perdió… y aun así caminó hasta encontrarse.

A veces, la Pachamama nos quita el vuelo para enseñarnos a caminar sobre la tierra que nos sostiene. Y a veces, justo cuando creemos que todo terminó, la vida nos guiña un ojo y nos susurra lo único que importa: que el sol siempre vuelve a salir sobre los Andes, que el amor siempre encuentra el camino de regreso a casa… y que, después de la noche más larga, comienzan—por fin—los TIEMPOS NUEVOS.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.