Tierra De Ceniza Y Escarcha

Prólogo

Desde tiempos inmemoriales, los hombres han creído que en alguna parte del mundo existe una persona destinada a encontralos.

‎Alguien cuyas heridas entienden las tuyas.

‎Alguien capaz de reconocerte incluso antes de escuchar tu nombre.

‎Durante siglos, los bardos escribieron canciones sobre ello. Los poetas lo llamaron destino. Los ancianos, una bendición.
‎Sin embargo no todos los pueblos compartían esa creencia.

‎Porque existe un reino donde los destinados no eran celebrados, sino temidos.
‎Allí, toda unión marcada por el destino llevaba consigo una promesa de desgracia.

De pérdida.

De muerte.

‎En aquel pueblo se hablaba de una antigua marca, tan extraña como hermosa, que aparecía una sola vez cada generación. Quienes nacían con ella quedaban unidos por un hilo invisible que ni el tiempo ni la distancia podían romper. Y, según los relatos más antiguos, el destino siempre terminaba reclamando algo a cambio.

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‎Aquella noche, la tormenta rugía con tanta fuerza que parecía querer arrancar las estrellas del cielo.

‎Dentro de una habitación iluminada por velas, una mujer gritaba mientras daba a luz, fuera de la estancia, sacerdotes y consejeros aguardaban en silencio.

‎No estaban allí para recibir a una heredera.

‎Esperaban una señal.

‎Una confirmación.

‎El cumplimiento de una profecía que llevaba siglos dormida.

‎Entonces llegó el llanto.

‎Suave.

‎Pequeño.

‎Y durante un instante, el mundo pareció contener la respiración.
‎Al mismo tiempo, lejos de allí, en un lugar donde nadie observaba el cielo ni esperaba milagros, un niño despertó sobresaltado.

‎El dolor atravesó su cuerpo como una llamarada.

‎Un grito escapó de su garganta.

‎Y sobre su piel apareció una marca delicada y brillante.

‎Tan perfecta que parecía dibujada por los propios dioses.

‎Esa misma marca acababa de aparecer en otra parte del mundo.

‎Dos niños.

‎Dos vidas separadas por reinos, océanos e historias que aún no habían comenzado.

‎Unidos por algo que ninguno comprendería durante muchos años.

‎Porque algunas marcas no anuncian quién eres.

‎Anuncian aquello en lo que estás destinado a convertirte.

‎Y aquella noche, mientras la tormenta seguía cayendo sobre el continente, el destino se forjó.




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