Un día el miedo se quedó pequeño,
y el eco de sus gritos perdió el filo;
ella rompió la red de aquel empeño
por mantenerla atada por un hilo.
Él lanzó su reproche, su veneno,
esperando el llanto y la caída,
pero encontró un rostro muy sereno
y una puerta de par en par abierta a la vida.
No hubo más rastro en el teléfono entregado,
ni más perdón por culpas inventadas;
dejó el peso del hombre atormentado
en las cenizas de las horas malgastadas.
Cruzó el umbral sin mirar hacia el abismo,
mientras él se hundía en su propia red,
víctima eterna de su propio cinismo,
muriendo solo de su propia sed.
Ella ahora es viento, es paso firme y rastro,
ya no hay cristales, solo tierra buena;
apagó por fin aquel oscuro astro
y descubrió que nunca fue su pena.