La comisaría del Distrito Sur olía a café quemado, desinfectante barato y al sudor frío del miedo. Era una mezcla pastosa que se pegaba a la garganta y que ningún ventilador de techo lograba disipar. Para el inspector Ernesto Vidal, ese aroma rancio era el sello inconfundible de un martes cualquiera a las tres de la madrugada, la hora exacta en la que la resaca de la noche porteña comenzaba a golpear las puertas de la delegación. Se frotó los ojos con fuerza, sintiendo el ardor del cansancio acumulado, mientras repasaba sobre su escritorio de madera agrietada los informes desprolijos de la redada nocturna en la zona roja de los muelles. Había sido un operativo ruidoso, lleno de gritos, sirenas parpadeantes bajo la llovizna y el habitual desfile de camionetas policiales trayendo el descarte de los boliches portuarios.
Las hojas de papel prensa se amontonaban ante él con declaraciones contradictorias, nombres falsos y actas de secuestro de elementos menores. Ernesto estiró el cuello, sintiendo el crujido de sus vértebras, y tomó un sorbo del café frío que reposaba en un vaso de plástico plomizo.
—Inspector, tenemos un problema con una de las detenidas del operativo —dijo el oficial Martínez, asomándose a la puerta del despacho con una carpeta bajo el brazo y una expresión de fastidio absoluto —. No tiene documentos de ningún tipo, se niega rotundamente a hablar y se puso extremadamente violenta con el médico legista cuando intentó revisarla en el consultorio de guardia. El doctor Rossi se llevó un arañazo en el brazo y dice que en esas condiciones no piensa firmar ninguna ficha de ingreso.
Ernesto suspiró profundamente, sintiendo el peso de sus galones, y comenzó a abotonarse la chaqueta del uniforme con una desgana que ya era crónica.
—Voy yo, Martínez. ¿Algún antecedente o huella que hayamos podido rastrear rápido en el sistema informático?
—Ninguno, jefe. El sistema no arroja coincidencias de identidad ni alertas previas. Dice llamarse Yamila, pero cuando le pusimos el papel enfrente nos dimos cuenta de que no sabe firmar. Tuvimos que tomar su huella digital con tinta negra para la ficha de ingresos. Según lo poco que pudimos sacarle a las otras chicas de la cuadra, no fue nunca a la escuela; no sabe leer ni escribir una sola letra. Es una indocumentada total, inspector.
Ernesto caminó por el pasillo de baldosas gastadas y flojas hacia la pequeña sala de interrogatorios provisional que funcionaba al fondo de la delegación. El calabozo común, ubicado a solo unos metros, era un coro ensordecedor de gritos, insultos cruzados y lamentos de borracho, pero la mujer de la que hablaba Martínez estaba en una esquina de la oficina trasera, apartada del tumulto general, como un animal acorralado que prefiere morir mordiendo antes que dejarse tocar por una mano extraña. Vestía una falda de lentejuelas baratas desgarrada en un costado, hilos de plástico brillante que colgaban desprolijos, y una chaqueta de cuero sintético raída que apenas la protegía del frío húmedo que se filtraba por las ventanas de la comisaría. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, protegiendo su vulnerabilidad con una rigidez de piedra.
—A ver, Yamila... —comenzó Ernesto, abriendo la carpeta de plástico negro con movimientos rutinarios mientras cruzaba el umbral de la sala.
Pero las palabras se le congelaron en la garganta de forma abrupta. El bolígrafo de trazo grueso se le resbaló de los dedos y rodó con un eco seco por el suelo de cemento alisado. Ernesto sintió que el piso se movía bruscamente bajo sus botas de reglamento, una vibración sísmica e invisible que le vació los pulmones de golpe. El aire desapareció por completo de la habitación, transformando el oxígeno en un vacío asfixiante.
Frente a él, sentada en la incómoda silla de metal fija al piso, estaba su esposa. Era Camila.
Los mismos ojos almendrados de color café profundo, la misma línea aristocrática y limpia de la mandíbula, la forma exacta, carnosa y delicada de los labios que él besaba cada mañana. Pero a la vez, en un desdoblamiento de pesadilla, no era ella. Esta mujer tenía los ojos inyectados en sangre, cruzados por venitas rojas de puro cansancio, unas ojeras oscuras y profundas que hablaban de noches enteras sin dormir desde la infancia, y una cicatriz fina y blanquecina que le cruzaba de forma transversal el pómulo izquierdo. Su cabello, del mismo castaño oscuro que el de Camila, estaba enredado, opaco, sucio de hollín de los muelles y pegado a las sienes por la llovizna.
—¿Camila? —susurró Ernesto con la voz quebrada, un hilo de voz que apenas logró vencer el nudo de su garganta, dando un paso instintivo hacia atrás y buscando el marco de madera de la puerta para no perder el equilibrio y caer de rodillas.
La mujer de la silla lo miró con una mezcla concentrada de desprecio, asco y desconfianza salvaje. Lejos de asustarse por la investidura del inspector, juntó saliva en la boca y escupió al suelo, justo cerca de la punta de las botas oscuras de Ernesto.
—No sé quién es esa Camila de la que hablás —dijo ella con una voz rasposa, rota, endurecida por años de tabaco barato, alcohol de boliche y la intemperie más cruda de las esquinas —. A mí en la calle me llaman Yamila. ¿Me van a soltar ya de una vez o me van a seguir mirando todos en este nido de ratas como si fuera un bicho raro de circo? Si me vas a pegar por lo del médico, hacelo ya, jefe, y déjate de rodeos, que ya estoy acostumbrada a los guantes de la cana.
Ernesto se apoyó con pesadez en la mesa de metal. La cabeza le trabajaba a mil por hora, las ideas chocaban entre sí provocándole un dolor sordo en las sienes. Camila, su esposa, estaba en ese mismo instante en su casa de Palermo, en un departamento de diseño arquitectónico, durmiendo plácidamente entre sábanas de hilo limpio y perfumado después de haber asistido a una elegante gala benéfica esa misma noche. Camila tenía un título universitario colgado en la pared, hablaba dos idiomas con fluidez y jamás en su existencia había pisado una calle embarrada o un muelle oscuro. La mujer que tenía enfrente, a escasos centímetros, era un espejo roto, astillado y ensangrentado de su propia esposa. Una versión maltratada por la vida, despojada de todo derecho humano elemental y arrojada con crueldad al fango de la marginalidad más absoluta.