El motor del automóvil de Ernesto roncaba en el silencio de la madrugada mientras cruzaba las avenidas desiertas de los barrios más exclusivos de la ciudad. A medida que dejaba atrás los muelles y las calles agrietadas del Distrito Sur, los edificios grises se transformaban en torres vidriadas, con sistemas de seguridad de última tecnología y jardines perfectamente diseñados. Dos mundos separados por apenas veinte minutos de viaje, pero distantes por una eternidad.
Ernesto estacionó en el subsuelo del edificio. Subió en el ascensor privado que abría sus puertas directamente en el recibidor de su departamento. El silencio allí dentro era absoluto, denso, interrumpido únicamente por el zumbido suave del sistema de climatización central.
Caminó sobre el piso de porcelanato pulido, quitándose la chaqueta del uniforme. La dejó caer sobre una silla de diseño y avanzó a oscuras hacia el dormitorio principal. La luz de las farolas de la calle se filtraba a través de los amplios ventanales, iluminando tenuemente la habitación.
En la cama extragrande, envuelta en sábanas de hilo egipcio blanco, Camila dormía plácidamente. Su respiración era acompasada, tranquila. Tenía un brazo estirado sobre la almohada vacía de Ernesto y el cabello castaño oscuro esparcido de manera delicada.
Ernesto se acercó lentamente y se sentó en el borde del colchón. La observó durante varios minutos, sintiendo una opresión dolorosa en el pecho. Era el mismo rostro. La misma nariz fina, los mismos labios que Yamila tenía agrietados por el frío, la misma estructura ósea. Pero en Camila no había cicatrices. Su piel estaba perfectamente cuidada por cremas costosas; sus manos, que descansaban sobre la manta, tenían las uñas impecables, sin rastro del trabajo duro o del maltrato.
Como si sintiera la intensidad de la mirada de su esposo, Camila se movió despacio. Abrió los ojos entornados y, al reconocer la silueta de Ernesto, sonrió con ternura, arrastrando las palabras por el sueño.
—Hola, mi amor... —susurró, estirando una mano para acariciarle la mejilla—. Qué tarde regresaste hoy. ¿Hubo mucho trabajo en la delegación?
El tacto de su mano, suave y tibia, hizo que Ernesto se estremeciera. La voz de Camila era melodiosa, educada, el resultado de años de una crianza refinada. Nada que ver con la voz rasposa, gastada por el tabaco y los gritos de la calle, que acababa de escuchar en la sala de interrogatorios.
—Sí, mi vida. Hubo una redada importante en los muelles —respondió Ernesto, forzando una sonrisa y tratando de que su voz no delatara el temblor de sus nervios.
Camila se incorporó un poco, apoyándose en los codos. Notó la rigidez en los hombros de su esposo y el brillo extraño en sus ojos.
—¿Te pasa algo? Estás helado. Y me estás mirando de una manera muy rara, Ernesto.
Ernesto tragó saliva. El impulso de confesarle todo en ese mismo instante, de decirle que a pocos kilómetros de allí había una mujer idéntica a ella encerrada en una oficina policial, casi lo domina. Pero se contuvo. Recordó que Camila adoraba a sus padres, los prestigiosos doctores retirados que le habían dado una vida perfecta. Si soltaba la verdad sin pruebas claras, rompería el mundo de su esposa de un solo golpe.
—No es nada, solo estoy muy cansado —mintió él, desviando la mirada—. Una noche larga, eso es todo. Camila... quería preguntarte algo. Sé que suena tonto, pero... ¿alguna vez tus padres te hablaron en detalle del día en que naciste?
Camila parpadeó, sorprendida por el cambio repentino de tema a las cuatro de la mañana. Soltó una pequeña risa confundida.
—¿Del día en que nací? Qué pregunta más extraña para hacer ahora, Ernesto. Ya sabés la historia. Mamá siempre cuenta que nací en una clínica privada de alta complejidad, un día de mucha lluvia. Dice que fui una bebé muy esperada, que intentaron tener hijos durante años y que yo fui su mayor milagro. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada en especial —dijo Ernesto, sintiendo que un nudo de sospechas comenzaba a cerrarse en su garganta. Una clínica privada de alta complejidad. Yamila había dicho que nació en un rancho viejo en el norte, una noche de tormenta—. Solo estaba pensando en lo diferentes que son las vidas de las personas según el lugar donde les toca nacer. En la redada de hoy vi cosas muy duras.
Camila se sentó por completo en la cama y le tomó las manos con comprensión.
—Tu trabajo es muy difícil, mi amor. Te enfrentas a lo peor de la sociedad todos los días. Por eso me alegra tanto que tengamos este espacio, esta paz.
Se inclinó y le dio un beso suave en los labios. Ernesto la abrazó con fuerza, una fuerza casi desesperada. En su mente, la imagen de Camila se superponía con la de Yamila escupiendo al suelo, defendiéndose como un animal salvaje.
Tenía que descubrir la verdad. Necesitaba saber si los padres de Camila habían comprado a una de las gemelas y abandonado a la otra a su suerte, o si algo mucho más siniestro había ocurrido en ese hospital hace más de cuarenta años.