Yamila se quedó helada, con los ojos clavados en la pantalla del teléfono. Sus dedos temblaban tanto que casi dejó caer el aparato sobre el suelo de cemento. Miraba la foto de Camila y luego miraba a Ernesto, como si intentara descifrar una broma de pésimo gusto.
—Me estás engañando —dijo finalmente, con la voz convertida en un hilo de aire, perdiendo por completo la postura desafiante—. Esto... esto es un truco de la policía. Agarraron una foto mía de cuando era más joven y la arreglaron con la computadora, ¿no? ¡Dime que es eso, inspector!
—No es ningún truco, Yamila —respondió Ernesto con suavidad, extendiendo la mano para recuperar el teléfono, pero ella lo retuvo, aferrándose a la imagen—. Ella es real. Vive a unos pocos kilómetros de aquí. Se llama Camila, tiene tu misma edad y, hasta donde yo sabía, era hija única.
Yamila soltó el teléfono sobre la mesa como si de pronto quemara. Se levantó de golpe de la silla, retrocediendo hasta chocar contra la pared descascarada. El pánico en sus ojos era total. Alguien que no sabe leer ni escribir confía ciegamente en lo que ve, y lo que acababa de ver rompía toda su estructura mental.
—¡No, no, no! ¡Déjame en paz! —gritó, tapándose los oídos—. ¡A mí no me metas en tus problemas! Yo soy una mujer de la calle, no tengo nada que ver con tu esposa ni con la mujer de la foto. ¡Abre la puerta que me voy!
—¡Yamila, escúchame! —Ernesto se levantó y dio un paso hacia ella, manteniendo las manos arriba para no asustarla—. Piensa un segundo. Dijiste que tus padres te vendieron a los diez años. Dijiste que naciste una noche de tormenta. Mi esposa tiene la misma fecha de nacimiento, pero en una clínica de lujo. ¿No te das cuenta? Las separaron al nacer. A una la entregaron a una familia rica y a la otra la dejaron en la miseria. ¿No quieres saber por qué? ¿No quieres saber quiénes fueron sus verdaderos padres?
La palabra "padres" pareció golpear a Yamila como un bofetón. Se bajó las manos de las orejas despacio. Sus ojos almendrados, idénticos a los de Camila, se llenaron de lágrimas que se negaba a dejar caer. El rencor y el dolor de una infancia miserable, llena de abusos y explotación por parte de los campesinos que la criaron, afloraron en un segundo.
—¿Saber para qué? —preguntó con una mezcla de furia y profunda tristeza—. ¿Para saber que a ella la quisieron y a mí me tiraron a la basura? ¿Para ver que ella tuvo ropa limpia, comida y escuela, mientras a mí mi propio padre mi vendía por unos billetes mugrientos a los camioneros? Si esa mujer es mi hermana... yo la odio, inspector. La odio sin conocerla.
Ernesto sintió un escalofrío. El resentimiento de Yamila era completamente justificado, pero también era una bomba de tiempo.
—No la odies a ella, Yamila. Camila no sabe nada de esto. Ella cree que su vida es perfecta porque así se la armaron. Los responsables son los que las separaron y las condenaron a destinos tan diferentes. Ayúdame a investigar. Si te vas ahora, vas a volver a la calle, a la misma rutina de siempre, y nunca vas a saber quién eres realmente. Quédate. Yo te voy a proteger.
Yamila miró fijamente a Ernesto. Su mente, acostumbrada a desconfiar de todo el mundo para sobrevivir, calculaba los riesgos. Miró de reojo el teléfono sobre la mesa, donde brillaba el rostro feliz de su hermana gemela.
—Si me quedo... ¿qué tengo que hacer? —preguntó al fin, limpiándose las lágrimas con la manga de su chaqueta rota.
Ernesto respiró aliviado, aunque sabía que acababa de abrir las puertas de un abismo peligroso.
—Por ahora, vas a venir conmigo a un lugar seguro. No puedes quedarte en la comisaría y no puedes volver a la calle. Necesito que me des unos días para investigar los registros de la clínica y, sobre todo... para encontrar la forma de decírselo a Camila.