Tinta y Cenizas

Capítulo 5: Sombras en el archivo

Ernesto conocía un pequeño departamento en el centro de la ciudad, propiedad de un colega retirado llamado Humberto. Este viejo policía solía alquilarlo de forma temporal, discreta y sin dejar ningún tipo de registro en las inmobiliarias comerciales. Era un tercer piso por escalera en un edificio de fachadas agrietadas y pasillos estrechos; un lugar modesto, de muebles antiguos y alfombras descoloridas, pero limpio y, sobre todo, absolutamente invisible para la compleja red de delincuencia de la calle y para los ojos curiosos de su propia familia. Nadie en el entorno de Palermo se imaginaría jamás que el inspector Vidal frecuentaba ese rincón gris del mapa urbano para esconder a un testigo o, como en este caso, para resguardar un secreto que amenazaba con dinamitar su propia vida.

Conducir con Yamila en el asiento del acompañante a lo largo de las avenidas principales fue una experiencia completamente irreal, un ejercicio de disonancia cognitiva que le ponía los pelos de punta. Ella se mantenía físicamente pegada a la portezuela derecha del automóvil, encogida sobre sí misma, mirando con los ojos desmesuradamente abiertos y una fijeza casi infantil los enormes carteles publicitarios luminosos, las vidrieras relucientes de las tiendas de ropa de marca internacional y las oleadas de gente con trajes oscuros que caminaban apuradas hacia sus monótonos trabajos de oficina. Para Yamila, ese centro corporativo y reluciente era un planeta alienígena hostil, un laberinto de cemento del que no comprendía los códigos; para Camila, ese mismo perímetro de la gran ciudad era, literalmente, el patio trasero de su casa, el escenario donde almorzaba con amigas o compraba sus fragancias importadas. Las dos mitades de un mismo espejo, separadas por un abismo de privilegios y marginalidad, cruzaban el mismo asfalto sin saberlo.

—No te muevas de aquí bajo ninguna circunstancia —le indicó Ernesto tras dejarla instalada en el departamento de Humberto junto con un par de bolsas de supermercado repletas de provisiones básicas—. Volveré apenas caiga la noche. Ahí tenés comida fácil de preparar, ropa limpia en el armario que te va a quedar cómoda y la puerta de entrada está cerrada con doble cerrojo de seguridad. Acá estás a salvo, Yamila. Nadie te va a buscar en este edificio de inquilinos anónimos.

Yamila no respondió con palabras. Se limitó a sentarse rígidamente en el borde del colchón de la cama, encogiéndose de hombros dentro de su maltrecha chaqueta de cuero sintético. La desconfianza profunda y el mutismo seguían siendo sus únicos mecanismos eficientes de defensa ante un entorno que siempre la había atacado. Observaba las paredes descascaradas con la misma cautela de un animal enjaulado que intuye una trampa en cada rincón.

Ernesto regresó de inmediato a la jefatura central del Distrito Sur. Su placa metálica de inspector jefe le abría casi todas las puertas de la institución, pero lo que estaba a punto de ejecutar requería una extrema cautela y una precisión quirúrgica. Cruzó el vestíbulo principal esquivando las miradas de los empleados administrativos y del oficial Martínez, y se dirigió directamente hacia el subsuelo más profundo del edificio, el sector más antiguo de la estructura, donde se encontraban los archivos físicos de los registros civiles, judiciales y médicos de toda la provincia.

Al bajar el último tramo de escaleras, el aire se volvió pesado, frío y cargado de un olor penetrante a papel viejo, tinta descompuesta y humedad estancada. El lugar estaba custodiado por un empleado ferroviario jubilado reconvertido en archivero, un hombre de pocas palabras y ojos entornados que apenas levantó la vista de su televisor portátil cuando Ernesto le apoyó la credencial sobre el mostrador de madera carcomida. Tras un breve intercambio de señas y un asentimiento silencioso, el viejo le entregó las llaves del sector de Maternidades Clausuradas y volvió a sus asuntos.

Ernesto se adentró en el laberinto de estanterías metálicas cubiertas de herrumbre, buscando las carpetas amarillentas por el inexorable paso del tiempo. Tenía que ir muy atrás en la cronología de la provincia, romper la barrera del olvido burocrático y adentrarse en las décadas pasadas. Se sentó finalmente en una desvencijada mesa de madera, justo bajo la luz parpadeante y molesta de un tubo fluorescente que zumbaba como un insecto atrapado. Abrió un gran libro de actas complementarias e ingresó manualmente en el sistema de consulta el nombre completo de su propia esposa: Camila Elordi.

El documento oficial, microfilmado y digitalizado a medias, indicaba con absoluta claridad que Camila había nacido el 14 de abril de 1980 en las instalaciones de la Clínica Privada San Miguel, un centro médico de élite que atendía a la oligarquía porteña y que había cerrado sus puertas definitivamente hacía un par de décadas debido a una quiebra fraudulenta. Sus padres registrados legalmente eran los doctores Arturo Elordi y Beatriz Mendoza. No figuraba ninguna mención de partos múltiples, ni de complicaciones neonatales severas, ni de trámites de adopción legal o abrigos judiciales. Todo el expediente lucía impecable, quirúrgico, perfectamente legal a los ojos de cualquier auditoría de rutina.

Sin embargo, Ernesto tenía el instinto policial afilado por los años de caminar el barro de la calle, un olfato especial para detectar la armonía artificial de los documentos falsificados. Comenzó a revisar manualmente, hoja por hoja, las denuncias por extravío de documentación, los partes de parteras rurales y los registros de ingresos de esa misma fecha exacta, la primavera de 1980, ampliando el espectro de búsqueda hacia las zonas rurales periféricas y los hospitales públicos del norte de la provincia. Su lógica era simple: si la réplica estaba en la calle, el origen no podía ser un sanatorio de Palermo.




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