La residencia de los Elordi era una casa señorial que parecía congelada en el tiempo, ajena a los ruidos y las miserias del resto del mundo. El aroma a madera lustrada, jazmines del jardín y lomo al horno flotaba en el aire del comedor. En las paredes colgaban retratos familiares y los títulos de medicina de Arturo, enmarcados en oro.
Ernesto se sentía un intruso. Se acomodó el cuello de la camisa, sintiendo que la tela lo asfixiaba. A su lado, Camila conversaba animadamente con su madre, Beatriz, una mujer elegante de movimientos calculados que mantenía una postura impecable a pesar de los años.
Al cabo de unos minutos, el doctor Arturo Elordi entró al comedor. A sus setenta y ocho años, conservaba una presencia imponente: el cabello completamente blanco, la mirada severa detrás de unos anteojos de carey y las manos firmes de quien pasó décadas sosteniendo un bisturí.
—Buenas noches —saludó Arturo, con su voz profunda, dándole un beso en la frente a su hija y un apretón de manos distante a su yerno —. Ernesto, qué bueno que la policía te dio un respiro para acompañarnos.
—Buenas noches, doctor. No podía faltar —respondió Ernesto, manteniendo la cortesía, aunque la imagen de Yamila en aquel departamento despojado se le clavaba en la mente como una espina.
La cena transcurrió entre anécdotas de la alta sociedad y los proyectos de beneficencia de Camila. Ernesto observaba cada detalle de su esposa: la forma en que sostenía la copa de cristal, su risa suave, su piel perfecta. Pensaba en que esa misma mujer, con la misma carga genética, estaba en ese instante comiendo comida comprada al paso en un rincón del centro, asustada y sola.
—Y dime, Ernesto —interrumpió Arturo, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica —, ¿cómo están las cosas por la delegación? Escuché que la zona sur está cada vez más complicada.
Ernesto dejó los cubiertos sobre el plato. El tintineo del metal contra la porcelana sonó demasiado fuerte en el silencio de la sala.
—Bastante trabajo, doctor. Justo anoche tuvimos un operativo grande en la zona de los muelles —dijo Ernesto, sosteniéndole la mirada —. Detuvimos a varias personas. Gente de la calle, marginados. Casos difíciles.
Beatriz soltó un leve suspiro de desagrado.
—Qué horror, Ernesto. No sé cómo puedes lidiar con ese tipo de ambientes todos los días. Gente sin educación, sin valores.
—A veces no es una cuestión de valores, suegra, sino de dónde te toca nacer —comentó Ernesto con suavidad, pero con firmeza. Luego, volvió la vista hacia Arturo —. Entre las detenidas había una piba que me llamó la atención. Una indigente. Calculo que debe tener la edad de Camila, nacida por el año 80. Lo curioso es que decía venir del norte, de la zona rural.
Al escuchar la palabra "norte" combinada con el año, la mano de Arturo se congeló un milisegundo antes de llevarse el vaso de agua a los labios. Fue un movimiento casi imperceptible, pero Ernesto lo captó.
—Ah, ¿sí? —dijo Arturo, bebiendo un sorbo largo, con el rostro inexpresivo —. El norte siempre ha sido una zona postergada. Desnutrición, falta de infraestructura sanitaria... En mis años de juventud hice algunas prácticas por allá. Es una realidad lamentable, pero muy lejana a la nuestra.
—Imagino que sí —insistió Ernesto, inclinándose un poco hacia adelante —. Esta mujer no tenía documentos. No sabía leer ni escribir, no recordaba el nombre de sus padres, solo que la habían entregado de chica. Me hizo pensar en lo frágil que es la identidad de una persona cuando no hay un registro oficial, un papel firmado por un médico que valide quién sos.
Arturo dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez, el golpe de la base de vidrio contra la madera fue firme. Sus ojos, fríos y calculadores, se clavaron en los de su yerno. La atmósfera en el comedor se volvió densa de golpe.
—Los médicos firmamos actas, Ernesto, no destinos —sentenció el viejo doctor, con una sonrisa helada que no les llegaba a los ojos —. Cada uno nace donde el destino decide, y algunos simplemente nacen para la tragedia. Es triste, pero es la ley de la vida. ¿Pasamos al postre, Beatriz?
Camila miró a Ernesto con una mueca de extrañeza, sin entender el trasfondo de la conversación ni la tensión que acababa de instalarse en la mesa. Ernesto, por su parte, se reclinó en la silla.
El avance iba a ser lento, tal como se lo había prometido a sí mismo. Arturo Elordi era un hombre poderoso y astuto; no iba a confesar un secreto de hacía cuarenta y seis años en la primera cena. Pero Ernesto ya había arrojado la primera piedra al agua, y las ondas expansivas acaban de empezar a moverse.