Eran pasadas las once de la noche cuando Ernesto abrió la puerta del departamento del centro. El lugar estaba a oscuras, a excepción de un débil haz de luz que se filtraba desde el baño. El silencio era total, pero no era la paz del departamento de Palermo; era un silencio tenso, cargado de una expectativa invisible.
Ernesto encendió la lámpara de la sala. Al principio no vio a nadie, pero al mirar hacia el rincón junto a la ventana, descubrió a Yamila. No había tocado la cama. Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y las bolsas del supermercado intactas sobre la mesa de la cocina. Solo había abierto una botella de agua.
Al ver la luz, la joven parpadeó, encandilada, y se acomodó la chaqueta de cuero sintético sobre los hombros como si fuera una armadura.
—Pensé que no venías más —dijo con su voz rasposa, intentando que no se notara el alivio en su tono—. Estaba por saltar por la ventana. No me gusta estar encerrada, jefe. Siento que en cualquier momento entra la cana a buscarme.
—Te dije que estabas a salvo acá, Yamila —respondió Ernesto, dejando las llaves sobre el mostrador. Se agachó para quedar a su altura—. ¿Por qué no comiste nada? Te dejé varias cosas.
Yamila desvió la mirada, con los pómulos encendidos por una mezcla de orgullo y vergüenza. Señaló con la barbilla las cajas y latas que Ernesto había comprado por la mañana.
—No sé qué tienen adentro —confesó en un susurro áspero, casi inaudible—. Tienen dibujos de verduras y cosas, pero algunas tienen solo letras. No sé cuáles se abren con abrelatas, cuáles se calientan... En la calle, si me dan algo, me lo dan en la mano. Yo no sé manejarme en una cocina de ricos.
Ernesto sintió un vuelco en el corazón. El analfabetismo de Yamila no era solo no saber descifrar un libro; era una barrera que la aislaba del mundo más cotidiano, volviéndola completamente vulnerable. Camila, a esa misma hora, probablemente leía una novela en su tableta digital antes de dormir. Yamila ni siquiera podía elegir su cena porque los frascos no le hablaban.
—Vení —le dijo Ernesto con suavidad, extendiéndole una mano.
Yamila dudó un segundo, mirando la mano del inspector como si fuera una trampa, pero finalmente la aceptó. Su piel estaba áspera, agrietada por los inviernos en el campo y la intemperie de la ciudad.
Ernesto abrió una de las cajas de sopa instantánea, le mostró el contenido y encendió la hornalla. Mientras el agua hervía, se sentó con ella en la pequeña mesa. El avance tenía que ser lento, tanto con los Elordi como con ella. No podía abrumarla.
—Vengo de cenar con la familia de Camila —soltó Ernesto de repente, observando la reacción de la joven.
Yamila se tensó al escuchar el nombre de su hermana. Se frotó las manos sobre los muslos, con la mirada fija en el agua que empezaba a burbujear.
—¿Y? ¿Les dijiste algo de la rata de cañería que encontraste en los muelles? —preguntó con amargura.
—No. No les dije nada directamente —explicó él—. Pero hablé con el padre de Camila. El doctor Elordi. Le mencioné que había detenido a una mujer del norte, nacida en 1980.
Yamila levantó los ojos, clavándolos en Ernesto.
—¿Y qué hizo el viejo?
—Se puso nervioso. Intentó disimularlo, pero lo conozco hace años y sé cuándo oculta algo. En la primavera de 1980, él estaba haciendo una campaña médica en los pueblos del norte. Justo donde naciste.
Yamila guardó silencio durante un largo rato. Sus dedos se crispaban alrededor de la taza vacía que Ernesto le había puesto enfrente. La idea de que un hombre de alta sociedad, un médico respetado, tuviera las manos metidas en su destino miserable empezaba a tomar forma en su cabeza.
—Ese tipo... el médico... —dijo Yamila, con una chispa de rabia contenida en los ojos—. Si él estuvo allá... ¿él me dejó con esos viejos en el campo? ¿Él sabía lo que me iban a hacer?
—Eso es lo que vamos a averiguar, Yamila. Pero tenemos que ir con cuidado. Tu firma es tu huella digital, no tenemos documentos oficiales que te vinculen a ellos, y el acta de nacimiento de Camila parece perfecta. Necesito encontrar el registro original de ese hospital rural del norte de 1980. Y para eso, voy a tener que viajar.
Yamila se quedó mirándolo, asustada de repente por la posibilidad de quedarse sola otra vez en ese departamento que no entendía.
—No me dejes acá encerrada, inspector —pidió, y por primera vez, su voz sonó como la de una nena desprotegida—. Si te vas, la calle me va a tragar de vuelta.