Tinta y Cenizas

Capítulo 8: La marca del astillero (La historia de Yamila)

Cuando Ernesto cerró la puerta con doble cerrojo y sus pasos se perdieron pasillo abajo, el departamento del centro volvió a quedar sumergido en esa penumbra densa que a Yamila tanto le costaba respirar. Se quedó sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y la espalda apoyada contra la pared, fija en el mismo rincón donde el inspector la había encontrado horas antes. No quería tocar la cama de sábanas limpias; sentía que, si se acomodaba en ese colchón mullido, bajaría una guardia que le había tomado cuarenta y seis años construir.

La abstinencia del tabaco le hacía morderse el labio inferior hasta saborear el rastro salado de su propia sangre. Miró de reojo las latas mudas sobre la mesa de la cocina, esos cilindros de metal gris cuyas letras impresas se negaban a hablarle. Su analfabetismo no era solo una limitación social; era una oscuridad cotidiana que la obligaba a adivinar el mundo a través de los golpes.

Para Yamila, la vida nunca había sido un pentagrama de líneas rectas, sino una marea sucia y picada, como el agua aceitosa que golpeaba los pilotes de madera podrida en los muelles de la Boca. Su geografía no se componía de calles arboladas ni de salones perfumados, sino de esquinas oscuras donde el viento del río calaba los huesos y el olor a combustión de los barcos se mezclaba con el desinfectante barato de las comisarías.

Aprovechando el aislamiento del departamento, su mente, acelerada por el encierro, la arrastró inevitablemente hacia atrás, hacia los recuerdos que llevaba grabados a fuego bajo la piel. Se tocó la fina cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo, el relieve rugoso que le recordaba la noche exacta en que dejó de ser una nena para convertirse en mercancía. Tenía apenas diez años cuando Elías Pérez, el hombre alcohólico del campo al que llamaba padre, la subió a la caja de un camión de hacienda a cambio de unos fajos de billetes arrugados. "Ya no servís para juntar maíz, piba", le había gritado el viejo antes de escupir al barro. "Que te den de comer en la capital".

El viaje hacia Buenos Aires lo pasó tiritando entre lonas sucias, rodeada del olor a bosta y a gasoil. Al llegar, la ciudad no la recibió con las luces de los teatros ni con las veredas limpias de Palermo. La recibió la hostilidad de los boliches portuarios del Distrito Sur, habitaciones con techos bajos que olían a ginebra barata y al sudor rancio de hombres cuyos rostros nunca recordaba. Allí aprendió su primer mecanismo de supervivencia: volverse invisible, una sombra que se mimetizaba con el hollín de los astilleros para evitar los golpes sobrantes.

No sabía lo que era un cumpleaños, ni un regalo envuelto en papel brillante. Su noción del tiempo no se medía en almanaques, sino en inviernos crudos. Sabía que un año había pasado cuando las manos se le agrietaban tanto por el frío que la sangre le manchaba las mangas de la campera raída. Mientras una mujer idéntica a ella firmaba actas de beneficencia en el norte de la ciudad, Yamila mendigaba un pucho a los marineros extranjeros o contaba las monedas que le tiraban sobre las mesas de fórmica para poder comprar un sándwich de grasa al amanecer.

La calle la había endurecido, creándole una costra de cinismo y violencia que usaba como un escudo contra cualquiera que llevara un uniforme o una palabra amable. Por eso le había costado tanto no escupirle la cara al inspector Vidal cuando la miró con esos ojos cargados de una piedad intolerable en la celda de guardia.

Yamila apoyó la cabeza contra las baldosas frías, contemplando una grieta que cruzaba el techo del departamento. Sentía una rabia sorda, un fuego negro que le quemaba el estómago. Ahora sabía, por las palabras de Ernesto, que su desgracia no había sido un accidente del destino, ni una maldición de nacimiento. Había sido una elección quirúrgica. Un hombre de traje fino la había examinado en una camilla rural en 1980, había decidido que su llanto era demasiado débil y la había condenado al descarte, borrando su nombre con una tachadura de tinta negra.

Yamila cerró los ojos en la penumbra, apretando los dientes con una fuerza que le hizo doler la mandíbula. No le importaban las leyes de los ricos, ni las carpetas de plástico que los inspectores acumulaban en las oficinas. Pero una promesa empezó a madurar en su pecho con la misma fijeza con la que un animal acecha a su presa: si el destino la había puesto frente al espejo de la hermana rica, ella no iba a volver a esconderse en las sombras del puerto. Estaba dispuesta a romper el cristal de los Elordi, aunque tuviera que cortarse las manos con los pedazos.




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