A la mañana siguiente, el sol de invierno se filtraba por las persianas del departamento de Palermo, dibujando líneas perfectas sobre el piso de madera hidro laqueada. Camila se encontraba en la cocina, preparando un café de filtro mientras revisaba unos documentos de la fundación benéfica en la que colaboraba. Escuchó los pasos de Ernesto y se dio la vuelta con una sonrisa, pero la expresión se le desvaneció al verle el rostro. Su esposo tenía las ojeras marcadas, la mirada esquiva y se movía con una rigidez que no era normal en él.
—Buen día, mi amor —dijo Camila, acercándose para apoyarle una mano en el pecho—. No te escuché entrar anoche. Estaba cansadísima. ¿Qué pasó después de la cena? Te fuiste muy rápido de lo de mis padres.
—Tuve que volver a la delegación, Camila —mintió Ernesto, esquivando sus ojos mientras se servía una taza de café—. Surgieron unas complicaciones con el papeleo del operativo de los muelles. Ya sabes cómo es la burocracia de la policía.
Camila lo observó en silencio mientras él le daba un sorbo al café. Llevaban tres años de casados y lo conocía lo suficiente como para saber cuándo Ernesto estaba bajo una presión extrema. Sin embargo, lo que más le llamaba la atención no era su cansancio, sino una extraña forma en que la miraba. Desde el día anterior, cada vez que Ernesto ponía los ojos en ella, parecía estar buscando algo en sus facciones, como si intentara descifrar un enigma en su propio rostro.
—Ernesto, me estás preocupando —confesó ella, cruzándose de brazos—. Ayer en la cena estuviste rarísimo con mi papá. Esas preguntas sobre el norte, sobre los registros.... Papá también se quedó un poco descolocado. Me llamó esta mañana para preguntarme si te pasaba algo.
Ernesto dejó la taza sobre la mesada con un golpe seco. La mención de Arturo Elordi le encendió las alertas. El viejo doctor ya estaba moviendo sus hilos, tanteando el terreno a través de su hija.
—No me pasa nada, Camila. Son solo cosas del trabajo. De hecho... voy a tener que hacer un viaje de servicio esta semana —soltó él, intentando sonar casual.
—¿Un viaje? ¿A dónde?
—Al norte. Hay una investigación en curso sobre una red de tráfico que tiene conexiones con nuestra jurisdicción y necesito revisar unos archivos en los municipios rurales de allá. Me va a llevar tres o cuatro días.
Camila parpadeó, sorprendida. Una vaga incomodidad, un presentimiento difuso que no lograba racionalizar, le oprimió el pecho. El norte de nuevo. La misma región de la que su padre había hablado con tanta distancia la noche anterior.
—Qué coincidencia —susurró Camila, mirando hacia la ventana—. Justo la zona donde papá hacía sus misiones médicas cuando era joven.
—Sí. Coincidencias de la vida —respondió Ernesto con una voz que sonó más fría de lo que pretendía. Se acercó a ella, le dio un beso rápido en la mejilla y tomó su campera—. Tengo que irme ya. Voy a dejar todo ordenado en la delegación antes de salir.
Camila lo vio marchar, quedándose sola en la inmensa y silenciosa cocina. Se tocó la mejilla donde él la había besado. Sentía que una distancia invisible, pero enorme, se estaba abriendo entre los dos, y que el mundo perfecto y ordenado que sus padres le habían construido empezaba a mostrar las primeras e inexplicables grietas.
El silencio que siguió a la partida de Ernesto fue ensordecedor. Camila dejó que los papeles de la fundación se esparcieran por la barra de granito. Intentó concentrarse en los balances de las donaciones para los comedores del sur, pero las cifras bailaban ante sus ojos. "El norte", repitió para sus adentros. La palabra resonaba en las paredes de la cocina como un eco metálico.
No pudo soportarlo más. Necesitaba apagar esa alarma silenciosa que le martilleaba el pecho. Tomó las llaves de su automóvil, se echó un abrigo de paño sobre los hombros y bajó al garaje con un pulso acelerado que no lograba dominar.
Treinta minutos más tarde, el vehículo de Camila se detenía ante las rejas de hierro forjado de la casa de sus padres. Entró utilizando su juego de llaves, sin avisar. El aroma familiar a madera lustrada y jazmines la recibió en el vestíbulo, pero la atmósfera se sentía inusualmente densa.
—¿Camila? Qué sorpresa, mi amor.
Beatriz Mendoza, su madre, apareció desde el salón principal. Vestía una blusa de seda impecable y sostenía una taza de porcelana china con la elegancia innata que siempre la había caracterizado. Sin embargo, al ver a su hija, un leve parpadeo de tensión cruzó sus ojos perfectamente delineados.
—Hola, mamá —dijo Camila, intentando que su voz sonara ligera—. Pasaba por el barrio y quise visitarte. Papá me llamó temprano y quedé un poco preocupada por él.
Beatriz la guio hacia la biblioteca, un espacio de paredes revestidas de roble francés y anaqueles repletos de enciclopedias médicas antiguas.
—Tu padre está descansando, querida —respondió Beatriz, sentándose en un sillón de terciopelo y acomodándose las faldas—. La cena de anoche lo agotó. Ese esposo tuyo tiene una manera muy tosca de conversar. Sus preguntas... no sé, parecían más un interrogatorio policial que una charla familiar. Arturo es un hombre mayor, un profesional retirado. No tiene por qué dar explicaciones sobre lo que hizo o dejó de hacer en sus años de juventud.
Camila se sentó frente a ella. Apoyó las manos en las rodillas y miró fijamente a la mujer que la había criado en algodones.