Tinta y Cenizas

Capítulo 10: El pacto antes de la partida

Ernesto optó por lo más prudente: asegurar la situación de Yamila antes de lanzarse a la ruta. No podía dejarla sola en el departamento del centro durante cuatro días sin un puente con el mundo exterior. El analfabetismo y el pánico de la joven la empujarían a huir a la calle a la primera de cambio, y si volvía a los muelles, el hilo de la verdad se cortaría para siempre. En la zona roja de los muelles, una mujer como ella podía desaparecer en una noche de neblina sin dejar rastro, devorada por las dinámicas violentas del puerto o por el apuro de alguien que deseara silenciarla. El inspector sabía que mantenerla a salvo requería algo más que un techo y una puerta cerrada; requería contener su mente, que funcionaba como un animal acorralado al que de pronto le cambian el territorio.

Llegó al departamento a media tarde. Yamila estaba más tranquila, vestida con unos jeans y un buzo limpio que Ernesto le había conseguido. Se había lavado el pelo, y el parecido con Camila era ahora tan nítido que a Ernesto se le heló la sangre al abrir la puerta. Fue un impacto físico, un golpe seco en el centro del pecho que lo obligó a detenerse bajo el marco de la entrada. Era como ver a su esposa despojada de su joyería, de su vestuario exclusivo y de su maquillaje costoso, reducida a la esencia pura y descarnada de su mirada. Los mismos ojos almendrados, la misma caída aristocrática de los párpados ... pero en Yamila no había rastro de la serenidad que daba el dinero; había una tensión eléctrica, un tic nervioso que aparecía en la comisura de sus labios secos.

—Me voy al norte esta noche, Yamila —dijo Ernesto, dejando las llaves sobre la mesa, intentando que la normalidad de su tono ocultara el desorden de sus propios pensamientos —. Voy a buscar ese hospital rural. Voy a buscar tu nombre, o el de tu madre biológica. Necesito rastrear el inicio de todo.

Yamila se levantó de la silla de un salto, empujando el mueble hacia atrás con un ruido chirriante. El miedo volvió a asomar en sus ojos almendrados, una neblina de desconfianza salvaje que borraba la poca calma que había ganado.

—Te dije que no me dejes acá, jefe. No sé usar las cosas, el silencio de este lugar me vuelve loca. Prefiero el ruido de los boliches, ahí por lo menos sé de quién cuidarme. Sé leerle los ojos a los borrachos, sé cuándo un tipo saca un cuchillo. Acá cada ruido del edificio me hace pensar que me vienen a buscar. El ascensor, los pasos en el palier, las voces de los vecinos... siento que en cualquier momento se abre esa puerta y entra la cana a llevarme de vuelta al calabozo. Los frascos de la cocina no me hablan, las cajas tienen letras que no entiendo. Me dejas ciega en este lugar de ricos.

—Escúchame bien —Ernesto la tomó suavemente de los hombros, sintiendo la rigidez de sus músculos, obligándola a mirarlo de frente para transmitirle seguridad —. No te voy a dejar desamparada. Un amigo mío de absoluta confianza, un policía retirado que conoce este lugar, va a venir dos veces al día. Te va a traer comida hecha, no vas a tener que prender una hornalla ni descifrar ningún envase. No tenés que hablar con nadie, no tenés que abrirle la puerta a nadie más que a él. Él va a golpear tres veces seguidas, va a parar, y va a golpear una vez más. Esa va a ser tu contraseña. ¿Me lo prometés?

Yamila respiró agitada, mirando la firmeza inquebrantable en el rostro del inspector. El aire le salía de los pulmones con un silbido pastoso, fruto del tabaco y las noches de frío. Sabía que este hombre era su única oportunidad de salir del pozo, el único cabo suelto que no quería usarla como mercancía.

—Está bien... —cedió, con la voz quebrada por una mezcla de orgullo y desamparo —. Pero traeme algo, inspector. Aunque sea una mentira, pero traeme algo que me diga quién soy. No quiero morirme siendo solo una sombra que la cana levanta de la calle, una huella digital entintada en una ficha de calabozo que a nadie le importa.

Ernesto asintió, profundamente conmovido por la súplica. Le dio las últimas indicaciones, le dejó unos billetes sobre el mostrador por si surgía una emergencia y salió hacia la Jefatura para firmar su orden de comisión administrativa.

El viaje en auto hacia el norte comenzó exactamente a la medianoche, cuando la gran ciudad empezaba a apagarse bajo una capa de neblina baja. Kilómetro a kilómetro, los edificios altos, las torres vidriadas de Palermo y las autopistas iluminadas de la capital fueron quedando atrás, devorados por la oscuridad densa de la ruta y la inmensidad desierta del campo. El resplandor amarillo de los carteles publicitarios dio paso a la negrura absoluta de las llanuras, rota únicamente por el haz blanco de los faros del automóvil que cortaba el asfalto como un bisturí.

El paisaje se volvía más plano, más áspero a medida que cruzaba los límites de la provincia, reflejando fielmente el viaje hacia el pasado y la miseria que Ernesto estaba emprendiendo. El aire que entraba por la rendija de la ventanilla ya no olía a smog urbano, sino a tierra seca y a leña quemada.

Mientras manejaba bajo un cielo estrellado e indiferente, Ernesto no podía dejar de pensar en las dos hermanas. Sus manos se aferraban al volante con una tensión que le hacía doler los nudillos. Cuarenta y seis años atrás, en algún rincón de esa inmensidad oscura a la que se dirigía, el destino de dos bebés idénticas había sido sellado con un fajo de billetes o una firma falsa en una oficina médica perdida. Una se había quedado con las sábanas de hilo egipcio, los viajes y los idiomas; la otra, con los golpes, el analfabetismo y el frío de los muelles. El contraste era una aberración moral que le revolvía el estómago. Y él, un simple inspector de la comisaría del Distrito Sur era el único hombre dispuesto a desenterrar ese secreto maldito, sin importar las vidas que tuviera que romper en el proceso.




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