El amanecer encontró a Ernesto cruzando el límite provincial. El paisaje urbano se había disuelto por completo, reemplazado por interminables extensiones de tierra seca, llanuras agrietadas por el sol y caminos de tierra que se abrían paso entre la maleza. El aire aquí se sentía distinto: espeso, polvoriento, cargado del aroma a leña quemada y a sequía.
Cerca del mediodía, el automóvil ingresó a un pequeño pueblo rural llamado Colonia Santa Rosa. Era un paraje que parecía suspendido en el tiempo. Las calles eran de tierra batida, las casas tenían techos de chapa oxidada y unos pocos pobladores caminaban despacio bajo el calor pesado, cubriéndose con sombreros de paja. Este era el escenario de la infancia de Yamila; el barro del que había emergido antes de ser vendida a la ciudad.
Ernesto estacionó frente a lo que quedaba del centro asistencial del pueblo. El Hospital Rural de Santa Rosa era un edificio de paredes de ladrillo visto, desgastadas por las lluvias de décadas. En 1980, había sido el único punto de atención médica en un radio de cien kilómetros. Hoy, apenas funcionaba como una salita de primeros auxilios con recursos mínimos.
Al entrar, el contraste con las clínicas de alta complejidad donde Camila solía atenderse se hizo insoportable. No había aire acondicionado, ni pisos de porcelanato, ni tecnología avanzada. Solo un pasillo largo, el zumbido de un ventilador de techo viejo y el olor a humedad y desinfectante barato.
—Buenas tardes, oficial. ¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó una enfermera de mediana edad, mirando con extrañeza el uniforme de inspector de Ernesto, tan fuera de lugar en aquel pueblo olvidado.
—Buenas tardes. Soy el inspector Vidal, de la Jefatura Central —respondió Ernesto, mostrando su placa—. Estoy realizando una investigación oficial de carácter civil y necesito acceso a los archivos de maternidad e ingresos de la primavera de 1980. Específicamente del mes de abril de ese año.
La mujer soltó una risa amarga y cansada.
—¿De 1980? Uh, inspector, me temo que llegó cuarenta y seis años tarde. En esa época los registros se llevaban todos a mano, en libros de actas. Muchos de esos papeles se arruinaron con las inundaciones del 92, y el resto está amontonado en el sótano, bajo llave. Nadie baja ahí desde hace años.
—Es de vital importancia para una causa penal en curso —insistió Ernesto, manteniendo un tono firme y profesional que no admitía negativas—. Necesito que me permita revisar lo que quede de esos libros. Yo mismo me encargaré de la búsqueda.
La enfermera evaluó la seriedad en los ojos del inspector y suspiró, resignada. Sacó un manojo de llaves de un cajón del escritorio y le indicó que la siguiera hacia una puerta de madera vieja al fondo del pasillo.
Al abrirla, una escalera empinada y oscura descendió hacia el subsuelo del hospital. El aire abajo era frío, rancio y cargado de polvo. Apiladas en estanterías de metal cubiertas de herrumbre, se encontraban cientos de carpetas, legajos y libros de cuero gastado, sepultados bajo las sombras del olvido.
Ernesto encendió una linterna y se adentró en el sótano. Sabía que la búsqueda sería lenta, una tarea de hormiga en medio de un cementerio de papeles viejos. Pero en alguna de esas páginas amarillentas, escritas con tinta descolorida en abril de 1980, se encontraba la clave del crimen que había destrozado la vida de Yamila y construido la mentira de Camila.