El frío del sótano se le metía a Ernesto en los huesos. Pasó más de tres horas moviendo legajos pesados, sacudiendo nubes de polvo que le hacían arder los ojos y revisando carpetas carcomidas por la humedad. Muchos de los libros de 1980 tenían las páginas pegadas o la tinta tan corrida que era imposible descifrar una sola palabra. El avance era exasperante, lento, tal como el caso requería.
Finalmente, en el estante más bajo de la última hilera, encontró un tomo de cuero marrón, grueso y ajado, con una etiqueta descolorida que decía: Ingresos y Partos - Maternidad Rural. Año 1980.
Ernesto se sentó en un cajón de madera volcado, apoyó el libro sobre sus rodillas y comenzó a pasar las páginas con extremo cuidado, temiendo que el papel se deshiciera entre sus dedos. Avanzó mes a mes hasta llegar a abril.
Sus ojos recorrieron las listas escritas con caligrafía Palmer, prolija y antigua. Nombres de mujeres del campo, la mayoría asentadas con la anotación "sin documento", seguidas de la hora del parto y el sexo del bebé.
Llegó a la página del 14 de abril de 1980.
El corazón le dio un vuelco. A mitad de la hoja, figuraba el ingreso de una joven de veinte años llamada Elena Flores, procedente de un paraje rural cercano. La anotación de la partera de guardia decía: Ingreso: 22:30 horas. Trabajo de parto avanzado. Embarazo gemelar.
Ernesto contuvo la respiración. Sus dedos temblorosos bajaron por la línea del registro.
Nacimiento: 23:45 horas. Primera niña, sana, 2,800 kg. Segunda niña, sana, 2,750 kg.
Era la prueba. Estaba escrito con tinta azul, cuarenta y seis años atrás: dos niñas vivas, nacidas del mismo vientre. Pero lo verdaderamente siniestro apareció al final de la línea, en el espacio reservado para las observaciones médicas y la firma del profesional que autorizaba el alta o el traslado.
Una línea de tinta negra, gruesa y decidida tachaba por completo el renglón de las firmas de los médicos rurales del hospital. Encima de esa tachadura, con una caligrafía firme, de trazo culto y ajeno al personal del pueblo, se leía una anotación manuscrita:
"La segunda infanta nacida óbito (muerta). Cuerpo entregado a los progenitores para sepelio rural. Certifica: Dr. Arturo Elordi."
Ernesto sintió un vacío helado en el estómago. Se le erizó la piel. El nombre de su suegro estaba ahí, manuscrito en el registro de un hospital perdido en el norte.
Arturo Elordi no había ido a ese pueblo en una misión benéfica desinteresada. Había declarado muerta a una bebé sana. Había firmado una mentira médica aberrante para hacer desaparecer a una de las gemelas de los registros legales. Le había dicho a la madre biológica, o a la clínica, que una de las niñas no había sobrevivido, para poder llevarse a Camila a la ciudad y presentarla como su hija biológica en una clínica de lujo.
¿Y qué había pasado con Yamila? Elordi la había dejado atrás. O peor aún, se la había entregado a los supuestos "progenitores" que la anotación mencionaba: la familia de campesinos alcohólicos que terminó prostituyéndola desde niña. El doctor se había llevado a la niña que consideró apta para su estatus, abandonando a la otra al horror más absoluto.
Ernesto sacó su teléfono celular y tomó varias fotografías nítidas de la página del libro, asegurándose de que la firma de Arturo Elordi y la tachadura se vieran con total claridad. El rompecabezas estaba completo, pero la verdad era tan monstruosa que quemaba.
Cerró el libro de golpe, rompiendo el pesado silencio del sótano. Tenía las pruebas en sus manos, pero ahora se enfrentaba al abismo más peligroso: ¿Cómo regresar a la ciudad a mirar a Camila a los ojos? ¿Cómo decirle a Yamila que el hombre que le dio una vida de reina a su hermana fue el mismo que la condenó a ella al infierno de la calle?